14 de marzo de 2017

Ante la muerte del padre

EL libro El amor te hará inmortal (2016) de Ramon Gener, conocido presentador del programa This is Opera (La 2), surge a raíz de las dos muertes de su padre: la muerte que le sobrevino cuando se vio afectado por la enfermedad de Alzheimerla muerte física y definitiva. Y todavía hay una tercera muerte que se produce cuando el difunto cae en el olvido. (Difunto: palabra triste, demasiado coloquial y sin embargo bella que significa 'el que ya ha cumplido'). Tres momentos trascendentales que el polifacético divulgador musical aspira a conjurar con la escritura de este libro.

Existen muchas obras literarias que tienen como tema central al padre fallecido, desde las Coplas de Jorge Manrique hasta la más reciente de Javier Gomá, «Inconsolable», recogida en La imagen de tu vida (2017). ¿Cuál es la singularidad que ofrece el ensayo de Ramon Gener para ser comentado en este blog languideciente de cultura clásica? La lectura del siguiente fragmento permite deducirlo:
<< Liberados de sus padres, Michael y María se convirtieron en auténticos héroes mitológicos. Él fue el rey del pop y ella, la prima donna assoluta. Como si fueran Hipnos o Circe, hipnotizaron y hechizaron a sus audiencias gracias a sus talentos sin par. Adorados por el público hasta donde no rige la razón, sus carreras no tuvieron parangón. Se desprendieron de sus padres y volaron tan alto como el mismísimo Ícaro. Disfrutaron de su libertad y de su éxito. Todo les parecía maravilloso, pero con el tiempo se dieron cuenta de que algo les impedía llegar a ser tan felices como habían imaginado. Ese algo eran las lágrimas que los dioses inmortales han destinado a todo gran artista. Pues el éxito acaba casi siempre aislando al cantante en una burbuja irreal y excéntrica en la que todo termina siendo soledad y lágrimas >>  (pp. 166-167). 
Está claro. Hablando de Michael Jackson y Maria Malibran, Gener recurre a héroes mitológicos, a Hipnos, Circe, Ícaro, a los dioses inmortales. Y así ocurre durante todo el libro, que está lleno de personajes e historias de la mitología clásica. Las Moiras —las tres diosas del destino, Átropos, Laques y Cloto— se presentan al autor para llevarle de la mano en un viaje por el tiempo y el espacio, para hacerle testigo de las vidas de personajes de la música clásica y moderna y así aprender de ellas a superar el momento de shock que supone la muerte del padre. No es un libro luctuoso, sino de comprensión o de autoindagación a través de las vidas de otros. 


Verdi, Callas o Toscanini, por poner unos ejemplos, cada uno bajo el signo de un mito griego (Odiseo, Penélope, Afrodita), le muestran al autor del libro el camino de la reconciliación con el triste suceso que es la muerte del padre. Es curioso cómo llega de Odiseo a Verdi: Odiseo es Nadie, nadie es Nemo, Nemo es Verne (Verdi)... Metáforas bien traídas: cada capítulo se acoge a un personaje de la mitología clásica, que es en sí mismo fuente de experiencias y conocimiento, como lo han sido desde que los mitos existen. Las historias bien narradas de Ulises, Eos (la Aurora), Dido y Eneas, Afrodita, Sísifo, Aquiles, el juicio de Paris, en relación con los músicos clásicos y alguno pop, ayudan al autor a perfilar sus sentimientos y reflexionar: «Es inútil luchar contra el destino» (p. 216).

Buena literatura de divulgación para el gran público, de temática musical, de comprensión humana (que nos ha tocado muy de cerca), de trasfondo mitológico. Nos ha gustado leer en sus páginas todos esos mitos, y las personificaciones de la luna y el sol en Selene y Apolo, y sólo nos ha chirriado el desgraciado topicazo 'pistoletazo de salida' (p. 158); también, lógicamente, 'pueris cantores' (p. 110), posible errata.

29 de octubre de 2016

'Ben-Hur' | Fallido 'remake' en la era digital

EL libro de Pedro L. Cano Cine de romanos (2014) nos ha enseñado que una genuina película de romanos, para encuadrarse merecidamente dentro del género, debe contar con la necesaria presencia de un munus; dicho en términos cinematográficos, una escena espectacular del mundo antiguo. Un munus, dos al menos. En Gladiator teníamos la batalla de Germania y la lucha de los gladiadores en el Coliseo. En Espartaco, la lucha de gladiadores y la batalla entre las legiones romanas y los esclavos. En Ben-Hur, la batalla naval y la carrera de cuadrigas. 


Realizar un nuevo Ben-Hur en 2016 para la gran pantalla tiene, aparte del comercial, el único –pero precario– sentido de poner al día en la era digital los dos munera emblemáticos de la película tras los éxitos de las versiones de 1925 y 1959 (hubo una primitiva de 1907). Porque el resto del filme no soporta la comparación con el clásico Ben-Hur de Wyler, pese a su buen diseño de producción. Mucho menos con los cambios de guion que, si quieren distanciarse del precedente, no lo mejoran ni lo igualan llevando la psicología de los personajes por nuevos derroteros: Ben-Hur y Mesala no son amigos, sino hermanastros; Ben-Hur se casa con la criada; Mesala es nieto de uno de los asesinos de Julio César y debe resarcirse moralmente de tal ignominia… 

En cambio, como decimos, no defraudan las dos consabidas set pieces de esta película, que aquí están espectacularizadas al máximo de acuerdo con los nuevos tiempos y públicos juveniles: la carrera de cuadrigas, que es una efectiva combinación de planos objetivos y subjetivos, estos últimos dotados de gran intensidad gracias al uso de microcámaras; y la batalla naval, donde se nos muestra el claustrofóbico escenario del interior de la galera realzado por una muy adecuada fotografía. 

El resto, francamente, no apetece visionarlo; no apetece volverse a encontrar esos encuadres nerviosos e inútiles, muy en boga hoy en día, que aspiran a transmitir un dramatismo que debería emanar del propio guion y de la interpretación de los actores, no del movimiento de la cámara.  



Ben-Hur (2016)  
Pedro L. Cano Alonso, Cine de romanosMadrid: UCM, 2014, p. 16 y ss.
Ben-Hur (Timur Bekmambetov, 2016).

2 de agosto de 2016

'Donde aúllan las colinas'

NOS ha llamado la atención esta novela de Francisco Narla (Lugo, 1978) por varias y simples razones: por su brevedad, por no formar parte de una serie y por ser su autor español. Estos son requisitos que, en orden inverso y hoy por hoy, nos imponemos a la hora de leer una novela histórica de temática grecorromana.

Luego, hemos visto en ella una forma de narrar poco convencional. Ejemplo (pp. 14-15):
<< Eran hombres de rostros cincelados, con las trazas de haber sido engendrados en forjas. Encurtidos en sangre derramada. Asomando bajo los correajes, llevaban apiñadas cicatrices que mentaban guerras libradas en los confines del mundo. El tinte de rubia en sus capotes eran apenas un pálido recuerdo encarnado. Disciplinados, habían formado al borde de la arboleda. Y sus monturas, inquietas, cabeceaban más allá, sacudiéndose de los flancos el sudor del largo viaje.>> 
También el argumento se sale de lo habitual. En los días en los que Julio César ejerce el poder absoluto en Roma, un lobo va persiguiendo a una patrulla de seis hombres desde las «tierras mágicas» (p. 65) del noroeste de Hispania hasta el centro de Roma. El lobo se mueve por venganza, el grupo por lealtad; y en el fondo está la codicia de los poderosos. «Nos cazará, uno a uno» (p. 55), vaticina refiriéndose a la fiera uno de los personajes. Entre estos destacan el veterano centurión Lucio Trebellio y el trampero hispano Cainos; pero los seis hombres, además de César, están muy bien caracterizados, con precisión y economía de medios.

El protagonista en todo caso es el lobo. No un lobo corriente, sino un superlobo. Un lobo capaz de recorrer inmensas distancias y de orientarse en la caótica Roma (bien descrito el Esquilino, p. 109) para consumar su objetivo. Nos parece inverosímil, pese a que se diga, casi al final, que «no era más que un lobo» (p. 239); la novela se acerca entonces, posiblemente sin querer, a la fantasía (a la fantaciencia, respondiendo además a un esquema de thriller de persecución) y ya no nos resulta convincente.

El texto se estructura en escenas paralelas, exhibe un estilo conciso, vigoroso y tajante, contiene pasajes de sabor épico, sintaxis clásica (ablativos absolutos, predicativos), combinaciones léxicas inusuales, pero también incorrectas («granjear el paso», p. 22), ininteligibles («los años retiran confianza», p. 107), anacrónicas («una verdad incómoda», p. 171), extrañas («muerte vertida de a poco», p. 239) o infumables («el lobo negociaba la esquina», p. 209).

Descontados estos detalles, de Donde aúllan las colinas (2015) nos quedamos con las descripciones de lugares y personajes en el contexto clásico, el modo de narrar la historia, la originalidad de la trama y la intensidad y la pasión de su escritura. Por todo ello y más, merece la pena leerse y es altamente recomendable.