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5 de octubre de 2013

Steve Jobs y las humanidades


EN el campo de la tecnología informática, Steve Jobs (1955-2011) es comparable a Einstein en el campo de la física (¿alguien creyó de verdad que los neutrinos podían sobrepasar la velocidad de la luz, invalidando la teoría de la relatividad?), comparable a Picasso en la pintura, a Hitchcock en el cine..., genios todos ellos que «pensaron diferente», como proclamaba la campaña publicitaria de Apple Computer de 1997, y que hoy ocupan un puesto de honor en la historia de la cultura universal del siglo XX. 

Como empresario, Jobs convirtió a Apple en la empresa más valiosa del mundo en septiembre de 2011, unas semanas antes de fallecer.

Poco después de la triste y luctuosa muerte de Steve Jobs se publicó una extraordinaria biografía a cargo de Walter Isaacson, escrita con esa agilidad típica de la divulgación anglosajona. Sus 700 páginas se leen como nada. Están llenas de diálogos dentro de los párrafos y escenas que transportan al lector hasta la misma sede de Apple en Cupertino, donde, como si estuviera allí mismo, puede imaginarse perfectamente a Jobs gritando a alguno de sus empleados: «¡Esto es una mierda! Lo puedes hacer mejor». Es una biografía ecuánime. No pasa por alto los defectos del personaje, bastante horribles, en medio de su gran capacidad creativa y la pasión por sus productos.


La biografía de Isaacson recoge en varios pasajes la idea que el cofundador de Apple poseía de la tecnología y las humanidades. Por resumirla en una sola frase, diríamos que, para el hombre más creativo del planeta entre los siglos XX y XXI, la tecnología sin las humanidades carecía de sentido («La tecnología por sí sola no es suficiente...; la combinación de la tecnología con las humanidades es lo que ofrece resultados que llenan nuestro espíritu de regocijo...; existe una profunda corriente de humanidad en nuestra innovación», declaró en diversas ocasiones). 

El primer contacto que tuvo el joven Jobs con las humanidades en el Reed College no fue la lectura de la Ilíada o el estudio de las guerras del Peloponeso que mandaban —y a él le repelían— a los muchos hippies matriculados en aquella universidad, sino unas clases no obligatorias de caligrafía a las que asistió. La caligrafía es el antecedente y el fundamento de la tipografía y ambas son formas indudables de belleza. Ese primer contacto con la estética afloró en Jobs diez años más tarde, cuando el Macintosh incorporó un conjunto de tipos diseñados por Susan Kare y que a algunos aún nos gusta utilizar. Ambos detalles aparecen reflejados en el reciente filme jOBS (Joshua Michael Stern, 2013). 

Las varias revoluciones digitales que propició Steve Jobs nacieron de una concepción humanista de la tecnología. En las presentaciones de sus más aclamados productos Jobs solía poner una última diapositiva con las señales entrecruzadas de las calles de la tecnología y de las humanidades (liberal arts). En esta intersección residía él, solía decir. Y recordaba que los primeros ingenieros de Apple habían sido también músicos o poetas.


La lección de Jobs y Apple está bastante clara: integrar. No separar, como hacen Europa (Bolonia) y España, apartando y rechazando de la tecnología la música, la poesía y el arte.
 
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W. Isaacson, Steve Jobs, Barcelona: Debate, 2011, pp. 17-18, 476-477, 618, 656-657, 703.
 

17 de mayo de 2013

Sin fines de lucro

LA paradoja o el sarcasmo quiso hacer coincidir en el tiempo y el espacio (lato sensu: 2012, Oviedo) a Martha C. Nussbaum, filósofa estadounidense, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2012, con José Ignacio Wert, sociólogo, a la sazón ministro de Educación y Cultura del decadente Reino de España, siendo como son dos figuras antagónicas.

Una, profesora en universidades norteamericanas prestigiosas, ensayista de numerosa obra, influyente en cuestiones de ética, educación y ciudadanía a nivel mundial, pese a quien pese; además, conocedora del pensamiento griego y galardonada con el premio Príncipe de Asturias por «su contribución a las humanidades, la filosofía del derecho y de la política, y por su concepción ética del desarrollo económico».

El otro, sociólogo de una universidad española, ministro de educación sin escaño, tertuliano, político tocado por el falible y arbitrario dedo de un presidente de Gobierno para, con poderes absolutos (democráticos, cierto), irrumpir como elefante en cacharrería en la educación de la sociedad española.

El preámbulo del primer anteproyecto de la LOMCE (25-09-2012) auspiciada por el ministro Wert contenía el siguiente disparate educativo neoliberal (posteriormente eliminado), que podemos situar en las antípodas del pensamiento de la filósofa premiada:  
La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global. 
El cambista y su mujer (detalle), Quentin Massys
Martha Nussbaum critica en un reciente ensayo, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010), los sistemas educativos que persiguen el beneficio económico. «Las sociedades democráticas que buscan la rentabilidad producirán generaciones de máquinas utilitarias», advierte (p. 20). Aboga por la presencia de materias de artes y humanidades en los planes de estudio universitarios y de enseñanza secundaria. Son estas materias, sin desdeñar las científicas y tecnológicas, las que dotan de pensamiento empático y crítico al estudiante y le blindan contra la retórica y la demagogia de los políticos; las que ayudan a vigilar y mejorar la salud de la democracia, formando ciudadanos que, como Sócrates, cuestionan la autoridad y no son fácilmente dóciles y obedientes.


Pero además de esto, los estudios en humanidades, dice Nussbaum, no están exentos de oportunidades en el mundo de la empresa: «En repetidas ocasiones, las empresas eligen contratar a las personas que tienen una formación de grado en disciplinas humanísticas antes que a las que cuentan con una formación preprofesional más estricta, precisamente porque consideran que las primeras poseen la flexibilidad y la creatividad necesarias para prosperar en un ámbito empresarial más dinámico» (p. 152), idea ésta concordante con la expresada por la actual presidenta y CEO de Yahoo!, Marissa Mayer.

Las últimas páginas del libro, sin embargo, revelan la decepción de Nussbaum ante Barack Obamaun político que, a pesar de haberse formado en humanidades (en el Occidental College y en la Universidad de Columbia), una vez en el poder viene insistiendo en un programa educativo típicamente tecnócrata y economicista. 

Este desolador panorama, de relegación de las humanidades en los EE UU, es el que últimamente ha empujado a Gerald Conti a presentar su renuncia como profesor de Historia y Humanidades en el instituto de Westhill de Nueva York después de nada menos que veintisiete años de docencia. El suyo ha sido un gesto que rebasa lo meramente personal para convertirse en simbólico, en el símbolo de la derrota ante una clase política (lo mismo da neoliberal que socialdemócrata) y una sociedad idiotizada que vuelven la espalda a los estudios humanísticos, en un tiempo que mercantiliza la educación y que por ello sólo podrá traernos «decadencia moral e intelectual».     

6 de diciembre de 2012

Humanistas para empresas 'high-tech'


A más de uno le sorprenderá y le parecerá increible. Google necesita y contratará a más de 4.000 titulados en Humanidades en los próximos años. En estos términos se expresaba Marissa Mayer (n. 1975), ingeniera, diseñadora, jefa de productos, ejecutiva..., vicepresidenta de Productos de Búsqueda y Experiencia de Usuario de Google en el momento de la noticia y, desde julio de 2012, flamante presidenta y CEO (consejero delegado) de Yahoo!

La carrera profesional de Mayer es tan espectacular como trascendental ha sido su trabajo en Google, aunque éste puede pasar inadvertido a muchos de los usuarios del buscador. Mayer ha supervisado casi todos los productos de comunicación del gigante tecnológico, incluída la homepage en la que el logotipo de la compañía aparece adornado en las grandes ocasiones con un garabato cultural (un doodle), o bien se alarga reflejando el proceso de búsqueda y la acumulación de páginas. Ambos detalles tienen más importancia de la que se pueda pensar a simple vista: combinando tecnología con humanismo, humanizan y hacen más amable la relación entre el programa y el usuario.

Marissa Mayer se diplomó en Ciencias y Artes (éstas, Artes Liberales; o sea, Humanidades y Ciencias Sociales) en la Universidad de Stanford (California), y se graduó en Sistemas Simbólicos teniendo asignaturas de Lingüística, Filosofía, Psicología, Comunicación, Educación; también de Programación Informática. 

Para Mayer, a la hora de crear una interfaz, que es de hecho un medio de comunicación, los humanistas —llamemos así a los titulados en Humanidades— aportan la observación y el conocimiento de las personas mejor que los matemáticos y los tecnólogos, por no decir la cultura que implica algo tan aparentemente sencillo como idear un doodle.