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31 de diciembre de 2025

'Gens una sumus (Jeans una sumus)'

EL mundo del ajedrez sigue revuelto. Ahora igual que en los tiempos del duelo Fischer-Spassky de 1972, cuando cada partida era una batalla incruenta entre la URSS y los EE UU.

Rusia ordena arrestar a Kaspárov. Kaspárov rechaza legitimar a un campeón del mundo (Gukesh) que no es el número uno del mundo. Carlsen (el número uno del mundo) acusa a Niemann de hacer trampas sobre el tablero. Niemann cuando gana solo comenta «el ajedrez habla por sí mismo». Nepómniashchi colapsa al ser vencido por Ding Liren en el campeonato del mundo; Nepo, un día comparte trofeo con Carlsen, otro se burla de Giri. Giri ofrece tablas a Carlsen en la cuarta jugada. Rapport se enfada si comparan su físico con el de Kurt Cobain. Nakamura deja de ganar dinero lejos de su pantalla de youtuber. Ding Liren está en crisis de juego tras perder su título contra Gukesh. Krámnik acosa a presuntos tramposos on-line y se dedica a mostrar estadísticas. Naroditsky es hallado muerto en su casa. Solo el primer aserto de este párrafo es reciente, no así el lema en latín de la FIDE, Gens una sumus, que desde su primer presidente, Alexander Rueb, bajo el icono del globo terráqueo y la figura de un caballo, une a todos estos nombres ilustres del ajedrez de distintas nacionalidades (rusa, india, noruega, estadounidense, neerlandesa, húngara, china...) en una sola nación: la nación del ajedrez.

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Desde hace décadas, el mundillo del ajedrez poco se parece a aquel, podríamos llamarlo romántico, de Bobby Fischer y «el mago de Riga», Mijaíl Tal, quien entre las volutas del humo del tabaco maquinaba el sacrificio de piezas en aras de la belleza del juego. Pues sin duda en el ajedrez hay belleza, no solo en las propias piezas, sino también en las bellas combinaciones, los sacrificios y las redes de mate. 

 

Hoy, los ajedrecistas de élite no se forman en los libros, descifrando las páginas y moviendo las piezas staunton sobre un tablero físico o, en equipo, sobre uno de pared, sino en los módulos, que calculan y ofrecen millones de variantes en un instante (de ahí la promoción actual del Fischer Random que inventara Bobby Fischer para, al barajarse las piezas de la primera fila, desactivar los primeros 20-25 movimientos memorizados de las aperturas). Es un mundo nuevo en el que un jugador se hace llamar Rey Enigma y oculto tras un disfraz de escaques desafía a quien sea en los parques de las ciudades, un niño prodigio de doce años derrota a los maestros más sesudos, un comentarista radia las partidas relámpago con la misma emoción y riesgo que un partido de fútbol, y los streamers ganan en un mes lo que un campeón clásico en un año.

Son una reliquia los relojes analógicos en su caja de doble esfera con la manecilla roja amenazando el final de la partida. Los grandes maestros no se presentan a los torneos oficiales en traje y corbata, la vestimenta antaño apropiada para el pensamiento de altos vuelos; como jóvenes que son, hoy llevan elegantes sudaderas con capucha o vaqueros de marca, como Magnus Carlsen, que el año pasado por estas fechas decidió abandonar el campeonato del mundo de rápidas al no permitírsele usar esa prenda prohibida por el reglamento.

Entonces alguien ingenioso retocó el viejo logo de la FIDE escribiendo Jeans una sumus y los 200 dólares de la multa. Fue un gesto oportuno, sin duda, llamando a la actualización de las normas, y en el hecho de sustituir la gens ancestral por los problemáticos jeans puso de manifiesto la nueva comunidad ajedrecística, unida ahora por el estilo vaquero. Fue también «gracioso», pero como el corazón que el turista graba en un sillar del Coliseo o la mancha de spray que el grafitero deja en el muro de una catedral, por no pensar que, como el trigo del poema de Ezra Pound, el latín es sagrado. Molesto se podía haber sentido Alexander Rueb de haber visto su divisa convertida en un meme de internet...

Este mismo año, con chinos o con vaqueros, Magnus ha vuelto a ganar el campeonato del mundo de rápidas y blitz en Doha, en un increible ejercicio de resiliencia después de caérsele la Dama al suelo, dar un puñetazo de rabia sobre la mesa, además de un empujón a un cámara, y de perder una partida contra Martirosyán porque se llevó por delante varias piezas a solo cuatro segundos del final. Si Carlsen son los jeans, Martirosyán y Abdusattórov en la imagen inferior son la gens: uno armenio, otro uzbeko (a la postre plata en la modalidad relámpago), ambos riéndose relajados tras haber llegado a tablas en una de las partidas del torneo. Por encima de fronteras y rivalidades, reflejan a la perfección el zaherido lema de la FIDE. 


17 de mayo de 2013

Sin fines de lucro

LA paradoja o el sarcasmo quiso hacer coincidir en el tiempo y el espacio (lato sensu: 2012, Oviedo) a Martha C. Nussbaum, filósofa estadounidense, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2012, con José Ignacio Wert, sociólogo, a la sazón ministro de Educación y Cultura del decadente Reino de España, siendo como son dos figuras antagónicas.

Una, profesora en universidades norteamericanas prestigiosas, ensayista de numerosa obra, influyente en cuestiones de ética, educación y ciudadanía a nivel mundial, pese a quien pese; además, conocedora del pensamiento griego y galardonada con el premio Príncipe de Asturias por «su contribución a las humanidades, la filosofía del derecho y de la política, y por su concepción ética del desarrollo económico».

El otro, sociólogo de una universidad española, ministro de educación sin escaño, tertuliano, político tocado por el falible y arbitrario dedo de un presidente de Gobierno para, con poderes absolutos (democráticos, cierto), irrumpir como elefante en cacharrería en la educación de la sociedad española.

El preámbulo del primer anteproyecto de la LOMCE (25-09-2012) auspiciada por el ministro Wert contenía el siguiente disparate educativo neoliberal (posteriormente eliminado), que podemos situar en las antípodas del pensamiento de la filósofa premiada:  
La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global. 
El cambista y su mujer (detalle), Quentin Massys
Martha Nussbaum critica en un reciente ensayo, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010), los sistemas educativos que persiguen el beneficio económico. «Las sociedades democráticas que buscan la rentabilidad producirán generaciones de máquinas utilitarias», advierte (p. 20). Aboga por la presencia de materias de artes y humanidades en los planes de estudio universitarios y de enseñanza secundaria. Son estas materias, sin desdeñar las científicas y tecnológicas, las que dotan de pensamiento empático y crítico al estudiante y le blindan contra la retórica y la demagogia de los políticos; las que ayudan a vigilar y mejorar la salud de la democracia, formando ciudadanos que, como Sócrates, cuestionan la autoridad y no son fácilmente dóciles y obedientes.


Pero además de esto, los estudios en humanidades, dice Nussbaum, no están exentos de oportunidades en el mundo de la empresa: «En repetidas ocasiones, las empresas eligen contratar a las personas que tienen una formación de grado en disciplinas humanísticas antes que a las que cuentan con una formación preprofesional más estricta, precisamente porque consideran que las primeras poseen la flexibilidad y la creatividad necesarias para prosperar en un ámbito empresarial más dinámico» (p. 152), idea ésta concordante con la expresada por la actual presidenta y CEO de Yahoo!, Marissa Mayer.

Las últimas páginas del libro, sin embargo, revelan la decepción de Nussbaum ante Barack Obamaun político que, a pesar de haberse formado en humanidades (en el Occidental College y en la Universidad de Columbia), una vez en el poder viene insistiendo en un programa educativo típicamente tecnócrata y economicista. 

Este desolador panorama, de relegación de las humanidades en los EE UU, es el que últimamente ha empujado a Gerald Conti a presentar su renuncia como profesor de Historia y Humanidades en el instituto de Westhill de Nueva York después de nada menos que veintisiete años de docencia. El suyo ha sido un gesto que rebasa lo meramente personal para convertirse en simbólico, en el símbolo de la derrota ante una clase política (lo mismo da neoliberal que socialdemócrata) y una sociedad idiotizada que vuelven la espalda a los estudios humanísticos, en un tiempo que mercantiliza la educación y que por ello sólo podrá traernos «decadencia moral e intelectual».     

7 de mayo de 2012

El latín y la Botánica

EL periodista tituló con evidente desapego: El latín, ni para la botánica. Con esta frase tan antipática expresó (a lo mejor ni quiso hacerlo) que el latín ya no sirve para nada, ni siquiera para describir las especies botánicas como hasta este momento ha sido. Podía haber titulado, cierto que con menos concisión: «El latín, destronado en la descripción botánica», o «El inglés se homologa al latín en la descripción botánica», o similar; pero eligió la vía peyorativa y no fue del todo justo con la noticia y con el latín.

La cuestión es que, al investigador que hasta ahora descubría una nueva especie botánica, la tradición le obligaba a hacer una breve descripción de la especie en latín (llamada diagnosis) para facilitar la identificación por la comunidad científica internacional. A partir de ahora, ya no va a ser obligatorio utilizar el latín, pues la mayoría de los científicos, no digamos los denominados «no occidentales», carecen de conocimientos de latín para redactar unas frasecillas que no tienen por qué ser más ambiciosas que las que en estilo 'tuit' ya escribió Linneo en su Species plantarum de 1753.



Linneo (Carl von Linné o, con su nombre académico, Carolus Linnaeus) fue un naturalista sueco del siglo XVIII, considerado el padre de la botánica y el primer clasificador sistemático de las plantas y los animales. A él se debe la primera taxonomía (clasificación) de las plantas escrita en latín, que todavía está vigente. Consiste en un binomio que nombra el genus y la especies de la planta; el botánico sabe por su nombre latino linneano que la margarita española o la daisy anglosajona es la misma flor, la Bellis perennis L. 


El latín no es sustituido ni erradicado, sino que permanece como optativo en la descripción de las nuevas plantas que se descubran. A muchos científicos les puede o les debería interesar estudiar latín; entre ellos, a los botánicos.