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28 de enero de 2025

Defensor incansable del latín

CUALQUIER adjetivo con el que queramos calificar a Arturo Pérez-Reverte en este blog va a resultar siempre redundante, uno más del rosario de términos relacionados con la extraordinaria libertad de expresión que ejerce el escritor, situada en las antípodas de lo políticamente correcto imperante en nuestros días y vinculada con lo que los antiguos griegos llamaban parresía, para él patente de corso

En muchas ocasiones Pérez-Reverte ha reivindicado en sus airados artículos el latín (la cultura clásica), enfrentándose a los políticos y pedagogos ignorantes con aspiraciones de erradicarlo o arrinconarlo en los planes de estudio de la enseñanza media y superior. He aquí una relación de estos artículos, que pueden seguramente encontrarse libremente en https://www.zendalibros.com/: 
 
  • «Una virtud romana» (XLSemanal, 17-01-2025) 
  • «Más latín y menos imbéciles» (XLSemanal12-07-2020) 
  • «Demasiado lejos de Troya» (XLSemanal, 24-09-2017) 
  • «El adiós de Héctor» (XLSemanal, 01-11-2015) 
  • «La profesora de Arte» (XLSemanal25-07-2011)
  • «Permitidme tutearos, imbéciles» (El Semanal, 23-12-2007) 
  • «Retorno a Troya» (El Semanal, 28-03-2004) 
  • «Carta a María» (El Semanal, 19-11-2000) 
  • «Los yankis, el latín y Maripili» (El Semanal, 29-01-1995) 
 
Entre todos ellos, traemos a nuestra antología de textos elogiosos del latín «Retorno a Troya», donde el escritor nos transmite las profundas resonancias literarias a la hora de traducir un verso del libro II de la Eneida de Virgilio (Nox atra cava circumvolat umbra, II 360), la repercusión en su memoria del estudio de un solo verso, acompañada del recuerdo de su profesor y los apuntes, en un momento irrepetible e irrecuperable de la enseñanza media en España.
 
RETORNO A TROYA
 
Nox atra cava circumvolat umbra. Me despierto con esas palabras en la cabeza, como un soniquete. Latín, claro. Son viejas conocidas. Me ducho repitiéndolas. Nox atra cava, etcétera. Don Antonio Gil, mi profesor del asunto, me las hizo traducir hace más de treinta años: «La noche negra nos rodea con su envolvente sombra». Cojo la toalla. De pronto me detengo, mirando en el espejo el careto de un fulano que ya en nada se parece al muchacho que traducía a Virgilio. «Envolvente» por cava suena raro: «envolvente sombra». ¿Es posible que lo recuerde mal? ¿O que la traducción que hice entonces no fuera buena? Nox atra cava circumvolat umbra. Toda la vida recordándolo así, y ahora dudo. Siempre fue mi fragmento favorito, el verso 360, cuando Eneas y sus compañeros, sabiendo que Troya está perdida, deciden morir peleando; y como lobos desesperados caminan hacia el centro de la ciudad en llamas, no sin que antes Eneas pronuncie ese Una salus victis, nullam sperar[e] salutem que tanto marcaría mi vida, mi trabajo, las novelas que aún no sabía que iba a escribir: «La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna». 

Cava umbra. El enigma me anima el día. Con los dedos hormigueantes voy a la biblioteca, donde el viejo diccionario Spes, maltrecho pero fiel, me recuerda que cavo, transitivo de la primera, significa cavar, vaciar, ahuecar, horadar, ahondar. Envolver, ni por el forro. Estoy perplejo. Don Antonio Gil —tres años de latín en el instituto después de que me expulsaran de los maristas— era un catedrático joven y comprensivo, pero también muy riguroso. Nunca me habría dejado pasar una alegría, pienso. ¿Y si toda mi vida lo he recordado mal? Consulto otras traducciones. La que tengo más a mano simplifica: «rodeados por las tinieblas de la noche». No me vale. Recurramos al canon. Acudo a los estantes de la biblioteca clásica Gredos. Volumen 166. Lo abro: «La negra noche vuela en derredor ciñéndonos en su cóncava sombra». Recristo, me digo. Doctores tiene la materia, pero lo de «volar en derredor» suena pretencioso, libérrimo e inexacto. Aunque lo de «cóncava», la verdad, es más literal que «envolvente». Sólo literal, ojo. Pues lo cóncavo, si estás dentro, envuelve. Y vista la cosa desde la perspectiva de los guerreros troyanos que se disponen a morir en la oscuridad de la noche, que ésta sea cóncava o convexa se la debe de traer a cada uno de ellos bastante floja. Lo que se ven es envueltos, claro. La imagen  no es casual. Caminan envueltos en la noche negra de sus vidas y su ciudad, hacia la muerte. 


Me voy a la parte menos accesible de la biblioteca, desempolvo cajas, pilas de viejos libros desencuadernados y hechos polvo. Y al fin me alzo con el botín: mi Ilíada, mi Odisea y mi Eneida anotadas. «A. P-R. Preu. Letras». Abro el Virgilio: Arma virumque cano. Cuánto tiempo, pardiez. Cuántos años y cuántas cosas. Con emocionada melancolía paso los dedos por las líneas de los hexámetros virgilianos con mis trazos a lápiz marcando cada dáctilo, espondeo y cesura, y con la traducción anotada a bolígrafo junto a cada verso. Y ahí está, en el libro II. Nox atra cava circumvolat umbra: «La noche negra nos rodea con su envolvente sombra». No hay duda. En aquel curso 1968-69, don Antonio Gil dio por bueno el envoltorio que dispuse para los guerreros troyanos. Sonrío, evocador. Luego recuerdo el título de un ensayo de don Manuel Alvar: La lengua como libertad. Sonrío más y me recuesto en la silla, pensando que tengo el privilegio de poseer una lengua, la española, que es una herramienta eficaz y maravillosa. Y qué profunda —envolvente y cóncava—, concluyo, es la deuda con quienes me ayudaron a conocer sus nobilísimas claves y a utilizarla, antes de que ministros y psicólogos imbéciles pasaran a cuchillo la formación de los jóvenes, confundiendo renovación con igualitarismo educativo —igualitario por abajo— y desmemoria. 

Y así estoy, sentado con Virgilio, cuando regresa mi hija de clase, ve el libro y charlamos un rato sobre aqueos, troyanos y peligrosos caballos de madera con soldados cubiertos de bronce ocultos en su vientre. Mi vástaga estudia Historia y Arqueología, pero en su facultad —tiene intríngulis la cosa— no puede estudiar latín ni griego. Debe apañarse con lo que pudo estudiar en el colegio y buscarse la vida por su cuenta. Ya lo definió Virgilio, claro: Nox atra cava circumvolat umbra. A todos.

Hijos de puta, pienso, cerrando la Eneida. Hijos de la gran puta.   
                                         
                                                             
 Arturo PÉREZ REVERTE
 El Semanal, 28-03-2004


Federico Barocci, Eneas saliendo de Troya, 1598


4 de abril de 2024

Una lengua antigua

LOS primeros relatos —no ficticios— de Apuntes del natural (2007), del director y guionista cinematográfico Mario Camus (1935-2021), se remontan a la infancia y adolescencia del autor, los primeros años de 1940 en un pequeño pueblo de apenas treinta casas, Vernejo, al lado de Cabezón de la Sal, en la provincia de Santander. 

Su escritura no ofrece alardes literarios, ya que a lo que aspira es a reflejar con sencillez y cierta intriga, mediante breves narraciones, algunos recuerdos de aquella lejana época. 

Antonio López Torres: Niños jugando a las bolas (1946)
Nos llama la atención la ausencia casi total de situaciones dramáticas y de personajes terribles en estos relatos iniciales, si tenemos en cuenta el momento histórico en el que transcurren. De este modo los niños van a la escuela y se ilusionan con el nuevo maestro con el que aprenden («Los primeros amigos»), los jóvenes jugadores de baloncesto quedan fascinados por un entrenador contratado por el colegio («El entrenador»), y el latín... es agradable de oír y algo útil y vivo y no una lengua muerta sino antigua («A vueltas con una lengua antigua»).
Siempre me gusta oír el latín. El hermano Gregorio suele leer durante la clase párrafos de La guerra de las Galias y fragmentos de los discursos de Cicerón. El cura que dice la misa diaria en el colegio, se vuelve hacia nosotros y canta sin alzar demasiado la voz: Credo in unum Deo... [sic] El sonido, el cuidado que requiere cada palabra, su música, el significado que adivinas muy próximo aunque la mayoría de las veces no lo entiendas, y el tono claro y siempre ceremonioso que se emplea al leerlo lo hacen especialmente atractivo
Así comienza el relato (p. 29) en el que el latín del colegio no sólo sirve para traducir a César o Cicerón o para rezar, sino también para comunicarse como lingua franca entre un viejo profesor inglés y el cura del pueblo. En la estación de trenes de Cabezón, un grupo de escolares ingleses que ha llegado para acampar en Comillas es objeto de la curiosidad de la gente. La idea de entenderse en latín en esa parte del mundo es ocurrencia del profesor inglés, que pide con un dibujo buscar al cura del pueblo. 

Resuelto ya el problema de comunicación, en el recuerdo de este episodio oímos la puntilla de uno de los alumnos más aventajados de la clase: «Locus aestiva castra... Se veía venir...».
 
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 Mario Camus, Apuntes del natural (2007)

13 de abril de 2022

Una larga lucha (sin final)

UNA nueva ley educativa está completando sus pasos, la LOMLOE, llamada «ley Celáa», la octava de la democracia. Antes ha habido otras siete leyes y, para dejar en ellas su nebulosa impronta, veinte ministros y ministras cuyo nombre, olvidado ya pero consultable en la Wikipedia por quien quiera, ha quedado vinculado para siempre al calamitoso sistema educativo español. 

Ninguno de esos nombres alcanzará el reconocimiento en su campo que tuvo el no hace mucho fallecido Francisco Rodríguez Adrados (1922-2020) en la defensa del estudio del Latín, el Griego y la Cultura Clásica en la enseñanza secundaria. Quien fue el helenista más importante de España y profesor de Instituto durante quince años y de Universidad, además de desarrollar una inabarcable actividad investigadora y docente, dedicaba mucho tiempo a entrevistarse con las autoridades ministeriales de turno para intentar salvar la situación cada vez más precaria en que caían las lenguas clásicas en el Bachillerato con cada nueva ley educativa.
 

Rodríguez Adrados batalló contra la deriva política y pedagógica desde las páginas de los periodicos, en artículos luego recogidos, hasta 2002, en el libro Humanidades y enseñanza. Una larga lucha. Extraemos ahora algunas ideas, sin apostillas por nuestra parte, de este libro, en realidad ya antiguo, en su larga lucha en favor de las Humanidades, en favor de todos nosotros, a veces como vox clamantis in deserto. Lo que sigue es una relación sincrónica de los frentes abiertos, vigentes hasta hoy mismo, después de veinte años, de los estudios clásicos frente a la Administración educativa. 
 
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Las lenguas clásicas en el Bachillerato

La decadencia del bachillerato se aprecia en la progresiva reducción de cursos, hasta llegar al actual de dos años. Un «mini-bachillerato» de dos años no es homologable en Europa, no se da en parte alguna, salvo en Suecia. No se pueden proponer años de facilidad y luego, abruptamente, un Bachillerato especializado de dos años (p. 69). 

La decadencia continúa con la eliminación o reducción drásticas de las materias consideradas «difíciles», entre ellas muy singularmente las lenguas clásicas, que, junto con la Literatura, la Historia y la Filosofía, son materias humanísticas. La lengua española que se estudia no es sino un instrumento para la vida corriente, sin mayor relación con la literatura y la cultura. ¿Qué historia del español u otras lenguas románicas –se pregunta Adrados– va a hacerse sin las lenguas clásicas? Sin embargo, entran en el currículum de las enseñanzas medias asignaturas (Economía, Sociología, Psicología, Pedagogía), que han sido siempre disciplinas universitarias. «Mientras no se cree un Bachillerato de cuatro años ni las Humanidades Clásicas ni lo demás tienen futuro» (p. 185). El descenso de las Humanidades en la Enseñanza Media es, pues, un síntoma de la decadencia de ésta.

La Universidad

La Universidad está en conexión con las enseñanzas medias: si en estas el nivel de exigencia y de estudio de las lenguas clásicas desciende hasta lo impensable, se pregunta Adrados qué sentido tiene formar ampliamente a los alumnos universitarios. 

La facultad de Filología la han constituido siempre las lenguas clásicas y las modernas. Pero ahora se asiste a su fragmentación en numerosas facultades, a las que se añaden titulaciones como la llamada «de Humanidades»; piensa Adrados que las Universidades crearon demasiadas secciones de Filología Clásica, así es que muchas están en declive, con escasos alumnos (p. 235).

La importancia del latín y el griego

Muchas veces el defender la importancia de las lenguas y culturas clásicas requiere poner ejemplos que la Administración sea capaz de entender, caiga en la cuenta del error y rectifique en el tratamiento de estas asignaturas en los planes de estudio.

De Grecia provienen los conceptos de Ciencia, Democracia, Enseñanza para todos y el vocabulario científico en general. «Fueron los griegos los que inventaron el término cosmopolita, 'ciudadano del mundo'. Fueron los romanos los que dieron el modelo de toda organización supranacional, de toda comunidad entre las más varias naciones», señala el profesor Adrados, para quien el latín es una disciplina relacionada con todas las Humanidades, materia central de la cultura y tan universal que ha llegado a Rubén, Unamuno, Altolaguirre, Cernuda, Gil Albert, Lorca, Miguel Hernández, Pérez de Ayala, Baroja (su Zalacaín tiene temas de la Ilíada). «Sin el Humanismo clásico no se comprenderían el Renacimiento, la actitud del hombre europeo ante América, la Revolución Francesa, la misma idea de Europa» (p. 123). Colón no hubiera descubierto América si no hubiera sabido latín, afirma Adrados (p. 73).

El valor universal de los estudios clásicos queda recogido en este párrafo: «Las Humanidades Clásicas no son sólo para unos pocos especialistas, son también para los cultivadores del Derecho, la Historia, la Filosofía, la Sociología, el Periodismo, Ciencias de la Información, Políticas, la Literatura. Y, en la medida que sea, las Ciencias: su espíritu es griego y su vocabulario sigue siendo, en lo esencial, griego y latino» (p. 187).

Defensa social de las Humanidades

Las lenguas clásicas han estado necesitadas de apoyos y adhesiones. Adrados consigna el 'Congreso de la Unión Latina' de 1990 del que se hizo eco El País, diario muy significado a la hora de defender el latín (editorial de 24-IV-1985); o el 'Manifiesto por las Lenguas Clásicas' de 1997, de gran acogida entre personalidades de letras ajenas al gremio de los latinistas, que en esos momentos de tribulación para las clásicas escribían en la prensa artículos de recuerdo y elogio del latín, lo que lleva a decir a Adrados: «Está mucho menos muerto de lo que se decía: mueve pasiones» (p. 50).

Políticos y pedagogos

El político no lee mucha literatura, dice Adrados; y es ante él ante quien hay que esgrimir los argumentos («alguien ha de hacer la tarea», p. 133) que salven la posición o aminoren el recorte al latín y el griego en los planes de estudio de los diferentes gobiernos. Aparecen a lo largo de estos artículos nombres de ministros, partidos políticos y posturas ideológicas: la retórica pedagogizante y antihumanística de los pedagogos, las promesas de Javier Solana, el gobierno del Partido Popular que se limitó a gestionar la anterior legislación (p. 160). Con las Autonomías llegó la desnacionalización de la enseñanza (p. 41) y el ascenso de diecisiete «ministros» de educación («Los ministros van a más y los maestros a menos, pese a las etimologías», p. 133).    

Auge de traducciones clásicas

El panorama educativo para el latín, el griego y la cultura clásica es desalentador. Pero, paradójicamente, sucede todo lo contrario en el mundo editorial y del público lector. Las traducciones al español de los clásicos se han renovado a lo largo de los últimos años, tanto que toda editorial de divulgación de conocimientos generales que se precie tiene en su catálogo una colección de clásicos grecolatinos. El Tucídides que Adrados tradujera en 1952-1955, por ejemplo, se puede conseguir en otras varias traducciones más aparecidas recientemente en poco tiempo.

13 de enero de 2015

Nadie olvida a un buen maestro

UN laureado entrenador de baloncesto, Pepu Hernández (Madrid, 1958), recordaba en una entrevista radiofónica (RNE, No es un día cualquiera, 14 sep 2014) la importancia que tuvo para él su profesor de Latín, Francisco Torrent, "personalidad extraordinaria dentro y fuera del aula".

—Tengo que reconocer que para mí ha sido una de las personas más importantes de mi vida, a pesar de que aprobaba muy pocas veces con él.

Cuando tienes que estar con los profesores directamente lo único que te preocupa es la nota que te pongan. Después te das cuenta de qué es lo que significan las personas. Pasan los años y dices: ¡lo que me han enseñado!, o ¡cómo me hubiera gustado a mí ser profesor!, que eso siempre me ha pasado por la cabeza.

¿Qué tendría este profesor de latín, ya fallecido, del Ramiro de Maeztu de Madrid, para que tan rotundamente un «irregular» estudiante de latín, pero consciente y sincero, declare, pasado el tiempo, su devoción por él?… 

O se los ama o se los odia. Estoy convencido de que hoy en día se los ama cada vez más, y unos pocos del pasado tuvieron mala suerte con ellos, lo que no les impidió valorar y amar la lengua de la antigua Roma.

Nadie olvida a un buen maestro es el título de un libro que recogía en 1999 una serie de entrevistas a relevantes personajes de la época sobre el recuerdo de sus profesores y sus estudios, que, de pasada, contenía frecuentes alusiones y opiniones acerca del latín y las humanidades que retomaremos en otro momento.

Pepu Hernández tendría un puesto de honor en un libro de esas mismas características si hoy se volviera a publicar: por sus méritos deportivos y por su intenso recuerdo de un profesor de latín sin necesidad de haber sacado sobresaliente en su materia.


14 de diciembre de 2014

Griego y latín a contracorriente

CONFIESA Luis Racionero (Seu de Urgell, 1940) que fue obligado por su madre a estudiar una carrera de Ciencias, aunque él prefería haber hecho Filosofía y Letras, por la rama de Historia, que era lo que le gustaba. 

Por esta razonable sinrazón, Racionero se convirtió en ingeniero industrial, en licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona, en doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid y en doctor en Urbanismo por la Universidad de Berkeley. 

Resaltamos a propósito este su currículum académico para, con toda ingenuidad, poner de manifiesto ante el lector cómo un a la postre falso hombre de ciencias recomienda, en el texto periodístico que ponemos debajo, el estudio del griego, el latín y la cultura clásica en carreras técnicas y en la enseñanza media. 

Racionero tiene en su haber unos treinta y cinco libros, más ensayos que novelas, entre ellos una interesante autobiografía titulada Memorias de un liberal psicodélico (2011), escrita de forma fresca y amena, en la que relata su trayectoria intelectual, desde su conocimiento y divulgación en España de las filosofías orientales y culturas underground hasta su paso por la Biblioteca Nacional.

Recuerda en ese libro a los magníficos profesores de Berkeley («Asistir a algunas de las clases de la universidad me resultaba tan grato como ir al cine»), cuyo enfoque humanístico en el máster de urbanismo le abrieron horizontes. Recuerda el día en que Spiro Kostof explicó los edificios de la Acrópolis de Atenas mediante una recreación visual y auditiva de la procesión de las Panateneas, que culminó con unos versos de Esquilo y el aplauso generalizado de los estudiantes, el suyo el primero. La amplitud de conocimientos de Richard Meier le hizo querer ser un hombre universal. Son dos simples ejemplos.

Por «hombre universal» de nuestros días creemos entender la unión en un solo individuo de filosofías orientales y occidentales, ortodoxas y heterodoxas (o contraculturales), humanísticas y técnico-científicas, siendo compatibles en él el individualismo de un libertario y el cosmopolitismo de un viajero, el capitalismo rampante y la solidaridad hippyla meditación budista y la conversación en el ágora. ¿Es esto posible? Al menos en Racionero, sí.     

Racionero se ha interesado por Leonardo da Vinci, emblema del hombre universal del Renacimiento, la Florencia de los Medici y la Atenas de Pericles. Para escribir sobre el primero viajó a Florencia, se entrevistó con Eugenio Garin («hablaba de Ficino y de Pico della Mirandola como si los hubiese visto la noche antes») y se acercó en autobús a Vinci. Con Atenas de Pericles, en cambio, ingresó en el gremio de los plagiarios…  

Recomendar en los tiempos actuales el estudio de las lenguas y culturas grecolatinas por quien en su día nadó culturalmente contra corriente vuelve a ser un acto de valentía contra el actual sistema cultural y educativo, y así se lo reconocemos.   

GRIEGO Y LATÍN
Por si fuera poca la especialización que conlleva la tecnología actual, nuestros queridos gobernantes se suman al carro de la deshumanización y amenazan con eliminar el griego y el latín de la enseñanza media. Con todos los respetos, quien esto escribe opina que, por el contrario, debería introducirse un curso entero de humanidades en las carreras técnicas, y se lo dice desde la experiencia —casi diría ordalía— que le confiere el haber completado, hasta el doctorado, dos carreras de ciencias.

Es improcedente, vulgar y bárbaro saber cómo se hacen las cosas sin saber por qué se hacen. Casi diría que es inhumano, pues lo que nos distingue —según dicen— de los seres no pensantes, es reflexionar sobre lo que estamos haciendo. El contenido de las asignaturas de humanidades —cuya base es el griego y el latín— consiste en lo mejor que se ha pensado y escrito sobre la condición humana. Los defectos y las virtudes de griegos o romanos son los nuestros; los siete pecados capitales siguen aquí, aunque hayan pasado de moda el carro, la bicicleta o la guillotina. La condición humana ha cambiado muy poco en 2000 años y si nos enfrentamos a los mismos problemas que los griegos, necios seríamos al ignorar las soluciones que ellos les dieron.

El lector puede hacer una prueba: tome las cartas de Séneca a Lucilio; en ellas encontrará todas las situaciones, escollos, problemas, soluciones, errores, buenos deseos, propósitos y desastres que conoce en su propia vida. ¿Cómo es posible que Séneca escriba de cosas tan actuales? Porque la estupidez es intemporal.

Ahora que los jóvenes ambiciosos quieren ser yupies, no estará de más recordar que los banqueros de la City londinense son licenciados en humanidades por Oxford y Cambridge. El imperio británico fue administrado por gentes educadas en las humanidades, no en análisis de sistemas.

Unas asignaturas más de técnica, ganadas a costa de la literatura e historia antiguas, de las lenguas muertas, no cambiará el nivel de los ingenieros; en cambio, una dosis de humanidades le puede cambiar la vida a muchos. Quizás sea eso lo que no se desea: que los técnicos tengan criterio. ¿No es ésta la idea matriz de la democracia, que necesita ciudadanos educados —todos— para decidir sobre la "res publica"? Al final, si uno lo mira bien, resultará que eliminar el griego y el latín de las escuelas es un atentado contra la democracia.                                              

                            Luis RACIONERO, Republica.com 10-11-2013                                                                                                







Luis Racionero, Memorias de un liberal psicodélico, Barcelona: RBA, 2011, pp. 42-48; 165; 383.

5 de julio de 2014

Latín en verano

EL hispanista y gran biógrafo Ian Gibson (Dublín, 1939) lee latín bíblico en verano. Nunca lo habríamos imaginado, no por él, ni por su interés o gusto por el latín, sino por ser éste precisamente latín de la Biblia (la traducción Vulgata de San Jerónimo) y ponerse a leerlo en verano. ¿Latín durante el verano? ¿Latín eclesiástico?

Et creavit Deus hominem... (Gn 1, 27)
Así lo confiesa en el siguiente artículo de alabanza general del latín: 

LATÍN DE VERANO
Tuve la mala suerte de nacer en el seno de una secta protestante cuyo culto ignoraba de manera contundente el latín. El latín era de católicos, de la misa, del Vaticano, de los falsos cristianos con su Papa, su clero célibe, su transubstanciación, su nefasto sistema de confesión oral, su Virgen María, sus indulgencias, sus bulas, sus conventos... Nosotros, que nos considerábamos los auténticos siervos de Jesús, lo rechazábamos, remitiéndonos exclusivamente a la famosa versión inglesa de la Biblia conocida como del rey Jaime (The authorised king James version), ejecutada en el siglo XVII y reputada uno de los mayores monumentos del idioma.

Víctima de tal estulticia, terminé mis estudios universitarios sin haber abierto jamás la Biblia Vulgata. Y tardé unas décadas más en darme cuenta del grave perjuicio que había supuesto para mi formación cultural la exclusión de aquel latín eclesiástico sin el cual no se entiende nada de nuestro entorno. Exclusión que hoy atañe, irónicamente, a toda la cristiandad al haber sometido la Iglesia el —a mi juicio— inmenso, por no decir imperdonable, error de suprimir el latín en la misa y así contribuir al desconocimiento del idioma universal que hoy caracteriza a nuestros jóvenes. 

Universal, sí, ¿cómo ponerlo en tela de juicio? No puedo olvidar mi lectura, todavía adolescente, de un libro del autor anglofrancés Hilaire Belloc, El camino de Roma (The path to Rome). Libro que no he vuelto a ver desde entonces, aunque por internet me entero de que se sigue reeditando. No se trataba del camino hacia la verdad católica, sino de un viaje real —un peregrinaje— emprendido, a pie, por llanos y montes, desde el este de Francia (Belfort, si no me equivoco) hasta la ciudad eterna. Lo que recuerdo en especial es el elogio que se hace allí de la misa latina, de la misa que entonces se podía oír igual en el pueblo más insignificante de cualquier país de Europa —Belloc era un gran europeísta que en la propia catedral de San Pedro. Eso sí que era universalidad y, para los creyentes, un consuelo y un orgullo. De ello sabía mucho James Joyce, cuya deuda para con el latín de la Iglesia queda plasmada en la primera página del Ulises, con la parodia de la misa que corre a cuenta de Buck Mulligan («Introibo ad altare Dei...»).

El latín clásico era otra cosa... una pesadumbre para alumnos y profesores. ¿Cómo diablos hacer grato a los jóvenes el complejo idioma de Virgilio y Horacio, cómo convencerles de la importancia, necesidad u obligación de saber de nominativos y ablativos, declinaciones, verbos deponentes y gerundios? ¿Cómo ayudarles a sortear tanta dificultad gramatical? Un amigo mío tenía la respuesta: habría que cambiar el sistema de cabo a rabo y empezar con una mezcla de latín vulgar y latín medieval, con el latín que ya se hacía menos latín clásico, con más preposiciones y menos desinencias. O sea, que ya se iba convirtiendo en romance. Como ejemplo proponía la Cantilena de Santa Eulalia, de finales del siglo IX, considerada el primer texto literario francés. Recuerdo unos versos: «Buona pulcella fut Eulalia / bel auret corps et bellezour anima / voldrent la vaincre li inimi Dei / voldrent la faire diable servir». Para quien nace hablando francés o español o catalán... apenas necesitan traducción, de modo que pido disculpas: «Buena chica fue Eulalia / tenía un cuerpo bello y aún más bella el alma / quieren vencerla los enemigos de Dios / quieren forzarla a servir al diablo». ¡Pobre Eulalia! ¡Li inimi Dei! Un milenio más tarde Federico García Lorca retomaría el hilo. 

Perdonen ustedes la insistencia, pero quería romper una pequeña lanza a favor del latín, del latín del que todos nos nutrimos cada día sin apenas darnos cuenta de ello. Dicen que se trata de una lengua muerta. No es así. El latín actualizado está más pujante que nunca, es la no reconocida lingua franca de muchísimos millones de seres humanos. Parece mentira que se menosprecie, que se haya enseñado tan mal y que hasta la Iglesia lo tenga ahora abandonado. Si esta nota induce a alguien a abrir la Vulgata y hacer allí un pequeño descubrimiento veraniego, me daré por super satisfecho.

                                  Ian GIBSON, elPeriodico.com, 11-07-2011 

Gibson tiene escrita una novelaViento del sur. Memorias apócrifas de un inglés salvado por España (2001), que se presenta al lector como la autobiografía de un hispanista inglés. Un hispanista irlandés escribe una novela sobre la autobiografía de un hispanista inglés...: difícil no identificar a ambos, autor real y autor implícito, como la misma persona, y difícil no pensar que se trate más bien de una autobiografía disfrazada de novela en la que quizá sólo los nombres estén modificados.

En esta «autobiografía novelada», decíamos, Gibson (perdón, John Hill, su trasunto) revela la gran rigidez de principios de su familia metodista, que prohibía el alcohol, decir tacos y los juegos de azar, como enemigos mortales de sus estrictas costumbres. El presente artículo añade que el latín, por su vinculación cultural al catolicismo, era también detestable para los protestantes. Pero nada más lejos de los posteriores gustos del joven Ian.

Los profesores de latín que aparecen en la obra son recordados con gratitud por el protagonista. En la escuela de Greytowers, un tal Gardner, profesor de francés y de latín, le ayudó, sin darse cuenta, a desarrollar cierta aptitud para los idiomas. Greytowers estaba presidida por el lema o mote latino Per ardua ad astra 'Por caminos difíciles hasta las estrellas', muy del gusto de los anglosajones, que el director explicaba a sus alumnos diciéndoles que «el éxito en la vida se conseguía a base de voluntad y tesón y superación de los obstáculos».   

Más tarde, en Fernhill (un internado cuáquero mixto), Philip Wilson estimuló la afición de Gibson a la lengua latina. Aprendió de él que las lenguas romances no eran más que versiones actualizadas del latín.

Ya en la Universidad, el joven hispanista David Mansfield le hizo ir a las fuentes latinas subyacentes en obras de Rubén Darío, gran amante de la Grecia antigua y escritor del interés profesional de Hill. En el cuento de Rubén titulado «Palomas blancas y garzas morenas», de su libro Azul, aparecía un verso, Mel et lac sub lingua tua 'Miel y leche bajo tu lengua', que Gibson tuvo que consultar en el Cantar de los Cantares: fue así como, de paso, descubrió impresionado un delicioso poema de amor conyugal (Duo ubera tua sicut duo hinnuli 'Tus dos pechos [son] como dos gacelas'), recuerda con arrobo el escritor.


Tras pasar por París y Madrid, Hill acaba por establecerse, igual que Gibson, en España. En un pueblo de Andalucía encuentra una casa y un paisaje ideales para el inglés seducido y salvado que al final ya es por la cultura mediterránea española. En ese momento los poemas bucólicos y campesinos de Virgilio adquieren un nuevo sentido estético con su relectura en latín:
<< Leídos en Inglaterra, los poemas de Virgilio, con el azul del Mediterráneo al fondo, y su evocación de feraces campiñas bañadas de sol, provocaban una especie de intolerable nostalgia o añoranza de sur. Disfrutarlos ahora a dos pasos del Mare Nostrum, en un paraje bellísimo donde Venus había sido objeto de culto, era convencerme una vez más de que había hecho bien en huir hacia el mediodía. Y si las Églogas evocaban una Arcadia idealizada, más griega que italiana, con sus cantos alternativos de pastores amorosos, las Geórgicas demostraban que Virgilio tenía un conocimiento extenso y práctico del campo y de sus usos y productos. Gocé profundamente leyéndole, y mejorando al mismo tiempo mi latín>> (p. 247).
Se ve por tanto que el latín, clásico o eclesiástico, como las bicicletas, también puede ser para el verano.

Ian Gibson, Viento del sur. Memorias apócrifas de un inglés salvado por España, Barcelona: Plaza&Janés, 2001, pp. 50, 54, 60, 87, 247.

3 de noviembre de 2013

¿Por qué Grecia?

PRESTO especial atención a los artículos y pasajes de Mario Vargas Llosa que retratan a algún personaje literario o cultural de su tiempo, como el reciente sobre Martín de Riquer o aquel otro magistral sobre Julio Cortázar que luego amplió para la revista Claves con la valoración literaria del escritor argentino. Algunas veces, como las citadas, estos artículos son mucho más que obituarios (y nada rutinarios; no hay una sola línea rutinaria en ellos), puesto que trascienden las típicas características del género.

También son interesantes aquellos artículos que glosan o critican ensayos contemporáneos. De forma indirecta nos ponen al día de las corrientes de pensamiento que surgen en el mundo, aunque, como es sabido, desde una óptica conservadora, liberal, laica y cosmopolita. Uno de estos artículos político-culturales es el que Vargas Llosa dedicó no hace mucho a la helenista francesa Jacqueline de Romilly (1913-2010) y su obra Pourquoi la Grèce? (1992).

El escritor coincidió con la helenista en una cena, y en su artículo recuerda la fascinación que le produjo tanto ella personalmente como el libro que de ella había leído en el pasado, libro para el que reclama su lectura obligatoria. Cuando tantas veces expresa su discrepancia ideológica con otros intelectuales, en esta ocasión el premio Nobel de Literatura se rinde a las palabras y el pensamiento de Jacqueline de Romilly y al legado y los valores de la Grecia clásica, vigentes en la actualidad. Europa, concluye Vargas Llosa en este gran artículo, nació en Grecia y Grecia es el símbolo de Europa y no puede desaparecer engullida por la crisis económica y política.

 
¿POR QUÉ GRECIA?
En aquella cena, hace ya varios años, me sentaron junto a una señora de edad que cubría sus ojos con unos grandes anteojos oscuros. Era amable, elegante, hablaba un francés exquisito y, pese a que hacía grandes esfuerzos por disimularlo, en todo lo que decía y opinaba se traslucía una enorme cultura. Sólo a media cena advertí, por las grandes precauciones con que manejaba los cubiertos, que era ciega o, cuando menos, que su visión era mínima. Sólo después de despedirnos, averigüé que Jacqueline de Romilly era una gran helenista, catedrática de griego clásico en la École Normale y en la Sorbona, la primera mujer en ser elegida miembro del Colegio de Francia y una de las pocas representantes del género femenino en la Academia Francesa. 

El primer libro suyo que leí, Pourquoi la Grèce?, me deslumbró tanto como su persona. Aunque lo que dice y cuenta en él ocurrió hace 25 siglos, es de una extraordinaria actualidad y su lectura debería ser obligatoria en estos días para aquellos europeos que, espantados con lo que está ocurriendo en Grecia, su deuda vertiginosa, su anarquía política, su empobrecimiento pavoroso y la ascensión de los extremismos fascista y comunista en sus últimas elecciones, creen que la salida de ese país de la moneda única, e incluso de la Unión Europea, es inevitable y hasta necesaria. 

El libro cuenta cómo la joven Jacqueline leyó en sus años escolares a Tucídides y cómo la impresión que hizo en ella uno de los dos fundadores de la disciplina histórica (con Heródoto) orientó su vocación a los estudios de la Grecia clásica, a la que dedicaría su vida. El ensayo pasa revista, de manera clara, entretenida y profunda —rara alianza para una especialista— a ese milagroso siglo V antes de nuestra era en el que la historia, la filosofía, la tragedia, la política, la retórica, la medicina, la escultura alcanzan en Grecia su apogeo y sientan las bases de lo que con el tiempo se llamaría la cultura occidental. Homero y Hesíodo son bastante anteriores al siglo V, desde luego, y hay artistas, pensadores y comediógrafos posteriores a ese marco temporal. El ensayo no vacila en retroceder o avanzar para incluirlos en el legado griego, aunque el grueso de lo que llama “una visita guiada a través de los textos” se concentra en ese pequeño período de 100 años en que en el reducido espacio del mundo heleno hay como una eclosión frenética, enloquecida, de creatividad en todos los dominios del espíritu, con ideas, modelos estéticos, patrones intelectuales, inventos y descubrimientos, gracias a los cuales la civilización del logos tomaría una distancia decisiva respecto a todas las otras culturas del pasado y de su tiempo y, sin pretenderlo ni saberlo, cambiaría para siempre la historia del mundo. 

Jacqueline de Romilly muestra que en Grecia nacieron, o cobraron una realidad y dinamismo que nunca tuvieron antes en la vida social de pueblo alguno, los factores determinantes del progreso humano, como la democracia, la libertad, el derecho, la razón y el arte emancipados de la religión, las nociones de igualdad, de soberanía individual, de ciudadanía, y una manera absolutamente nueva de relacionarse el hombre con el más allá y con los dioses, además, por supuesto, de una idea de la belleza y de la fealdad, de la bondad y la maldad, de la felicidad y la desdicha, que, aunque con los inevitables matices y adaptaciones que ha ido imponiéndoles la historia, siguen vigentes. 

Maravilla que un pueblo tan pequeño y tan poco cohesionado políticamente, hecho de unas cuantas ciudades y colonias repartidas por Europa y el Asia Menor, que conservaban un enorme margen de autonomía entre ellas, un pueblo tan instintivamente reticente a conformar un imperio, a practicar el imperialismo y a someterse a la prepotencia de un tirano (como hicieron todos los otros) haya sido capaz de dejar en la historia de la humanidad una huella tan honda, tan presente todavía tantos siglos después, en tanto que casi todos los otros grandes imperios o civilizaciones —los persas y los egipcios, por ejemplo— sean ahora sobre todo, sin olvidar ninguna de sus maravillas, piezas de museo.

No fue un accidente, ni obra del azar, hubo razones para ello y el libro de Jacqueline de Romilly las hace desfilar ante nuestros ojos con la misma desenvoltura, belleza y elegancia con que su conversación me hechizó a mí aquella noche. Los diálogos socráticos y platónicos, además de una manera de filosofar, nos explica, enseñaron a los seres humanos que conversar, hablar en grupo, es una manera más civilizada y ética de convivir que dando órdenes u obedeciéndolas, una forma de la comunicación que reconoce o establece de entrada una igualdad de base, una reciprocidad de derechos, entre los interlocutores. Así fue surgiendo la libertad, desanimalizándose el hombre, naciendo de verdad la humanidad del ser humano. 

Esta demostración en Pourquoi la Grèce? no aparece como un discurso abstracto, sino a través de comentarios y de citas literarias, porque, como su autora no se cansa de repetirlo, todo aquello que constituye una cultura está esencialmente representado en sus obras literarias, y la verdadera crítica es aquella que escudriña la poesía, la narrativa, el drama, los ensayos que una sociedad produce en busca de esas verdades recónditas que alimentan su imaginación e impregnan las aventuras y los personajes a que sus artistas dieron vida para aplacar la sed de absoluto, de vivir otras vidas, de sus gentes. 

“Sin saberlo, respiramos el aire de Grecia a cada instante”, dice en una de sus páginas. No es la menor de las paradojas que los griegos, que nunca conquistaron a pueblo alguno y sólo combatieron en defensa de su libertad, hayan dominado luego discretamente al mundo entero, empezando por Roma, cuyas legiones creyeron apoderarse de Grecia sin esfuerzo, cuando, en verdad, sería el pueblo vencido el que terminaría por infiltrarse en la mente, el espíritu y hasta la lengua del conquistador. (El ensayo revela que, durante buen tiempo, fue de buen gusto entre las familias romanas contemporáneas de Cicerón y de Virgilio hablar en lengua griega). 

Es verdad que la Grecia de nuestros días es muy distinta de aquella donde se construyó el Partenón, en la que peroraba Solón y esculpía Fidias sus estatuas. En los 25 siglos intermedios su pueblo ha experimentado acaso más infortunios y catástrofes que la mayoría de los otros: guerras externas e internas, ocupaciones que por siglos acabaron con su libertad, tiranías y segregaciones que varias veces amenazaron con desintegrarla. Esta mañana leo en el International Herald Tribune una espeluznante descripción del estado de su economía, los grotescos privilegios de que han gozado en todos estos años sus armadores, banqueros y empresarios más prósperos, exonerados de pagar impuestos, y las fortunas que han fugado y siguen fugando del país hacia Suiza y los paraísos fiscales más seguros del planeta, en tanto que el pueblo griego se sigue empobreciendo, viendo encogerse sus salarios o pasando al paro, a la mendicidad y al hambre. 

Ante este panorama, lo que debería sorprender no es que muchos griegos hayan votado en las últimas elecciones por nazis y extremistas de izquierda; sino, más bien, que haya todavía tantos griegos que sigan creyendo en la democracia, y que las encuestas para la próxima elección señalen que los partidos de centro izquierda, centro y centro derecha, que defienden la opción europea y aceptan las condiciones que ha impuesto Bruselas para el rescate griego, podrían obtener la mayoría y formar gobierno.

Mi esperanza es que así sea porque, simplemente, Grecia no puede dejar de formar parte integral de Europa sin que ésta se vuelva una caricatura grotesca de sí misma, condenada al más estrepitoso fracaso. Europa nació allá, al pie de la Acrópolis, hace 25 siglos, y todo lo mejor que hay en ella, lo que más aprecia y admira de sí misma, incluyendo la religión de Cristo —una de las páginas más hermosas del ensayo de Jacqueline de Romilly explica por qué buena parte de los Evangelios se escribieron en lengua griega—, así como las instituciones democráticas, la libertad y los derechos humanos tienen su lejana raíz en ese pequeño rincón del viejo continente, a orillas del Egeo, donde la luz del sol es más potente y el mar es más azul. Grecia es el símbolo de Europa y los símbolos no pueden desaparecer sin que lo que ellos encarnan se desmorone y deshaga en esa confusión bárbara de irracionalidad y violencia de la que la civilización griega nos sacó. 

                               Mario VARGAS LLOSA, El País, 03-06-2012