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24 de junio de 2026

Formación académica y carrera docente de Antonio Machado

Machado

LA formación académica y carrera docente de Antonio Machado (1875-1939), aunque conocida, puede resumirse como sigue (*).

De niño, estudió en Madrid en la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza que dirigía Francisco Giner de los Ríos, sin libros de texto ni exámenes y al margen del currículum oficial (1883-1889). Tras aprobar el ingreso en el Bachillerato, en el Instituto San Isidro suspendió Latín y Castellano, asignaturas que, el curso siguiente en el Cisneros, tampoco aprobó, ni siquiera en septiembre. Machado solo completaría el Bachillerato en 1900, ocupado como estaba en viajes a París. Ingresar a través de examen en la Universidad de Madrid no supuso completar, ni siquiera proseguir, estudios universitarios.

Por sugerencia de Giner de los Ríos, opositó a una cátedra de Francés en 1906 con el bachillerato como único requisito académico en esa época para poder presentarse a una plaza de Instituto de Segunda Enseñanza. Desde ese momento fue presa de la burocracia que supone la «carrera docente», en aspectos como oposiciones y traslados. Hubo de superar cuatro pruebas ante un tribunal de siete miembros, entre los que estaba el lingüista Julio Cejador y Fragua.

Su primer «destino» fue el Instituto de Soria (1907-1912). En esta ciudad castellana comenzó su andadura por provincias con la intención de llegar algún día a Madrid, donde ya había estudiado y cuya vida política y cultural ansiaba. Fue vicedirector del Instituto. La Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas le concedió, a solicitud, una «beca» de estudios filológicos en París, donde asistió a conferencias de Bergson y a un curso de Meillet de Gramática Comparada. De vuelta en Soria, la muerte de Leonor le empujó a abandonar este su primer lugar de trabajo y buscar otro destino.  

Por mediación de su hermano Manuel, solicitó ayuda —llamémosle «administrativa»— a Giner de los Ríos, con respuesta negativa. Surgió plaza en Baeza, adonde se trasladó, lejos del dolor de Soria (1912-1919). En Baeza, nunca llegó a estar a gusto por falta de vida cultural. Para poder estar en Madrid o bien acercarse, pidiéndole interviniera, escribió a José Martínez Ruiz, «Azorín», a la sazón subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, sin que este pudiera hacer nada para saltarse las normas.

Machado sintió entonces que debía «hacer méritos», esto es, conseguir una licenciatura, y así, a los 40 años, se matriculó por libre en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Entre las asignaturas a las que se presentó para obtener el título estaban el Latín y el Griego. Una carta a Julio Cejador, antes del examen de Lengua Latina, revela la formación autodidacta y perseverancia de Machado en el estudio y práctica de la traducción de algunos autores clásicos:

Deseando allegar medios oficiales para mejorar de fortuna, emprendí los estudios de Filosofía, y llevo, con la de V., cinco asignaturas, entre ellas el Griego. Reducido a mis propios recursos, con la mezquina base del Latín aprendido hace treinta años, gracias a su buen método he traducido la Epístola de Horacio y cuanto tiene V. en su texto, y algo, también, de Salustio y de Cicerón, abarcando cuanto más he podido, y, seguramente, apretando poco. Pero ¿para qué decirle lo que ha de ver? Sólo pretendo declararle mi buen deseo, para recomendarme a su benevolencia y para que no vea en mí al fresco capaz de sonrojar a los amigos, ni tampoco al petulante poeta modernista, pues después de traducir, aunque a trancas y barrancas, versos de Virgilio, el «cur ego salutor poeta» del maestro Horacio es cosa que me digo a mí mismo. Vea V. en mí un caso de anacronismo escolar y a un viejo y desmemoriado estudiante que de todas sus bondades necesita (p. 364↓).

Terminada la carrera, el poeta y profesor se doctoró en Filosofía —sin trabajo de investigación, solo con la defensa de conocimientos de Metafísica— ante un tribunal presidido por su admirado Ortega y Gasset. Después consiguió el traslado a Segovia, al Instituto General y Técnico, destino interesante por su cercanía a Madrid, a tres horas de distancia en tren. En Segovia, colaboró de forma altruista en la recién creada Universidad Popular Segoviana, que ofrecía clases nocturnas y gratuitas. En el Instituto le acumularon la cátedra de Literatura Castellana. Un horario concentrado entre lunes y miércoles posibilitaba que los jueves el poeta amaneciera en la capital.

El 24 de marzo de 1927 Machado fue elegido miembro de la Real Academia Española. Motivo de disgusto para él fue tener que formar parte de un tribunal de oposiciones en el verano de 1930, cuando el tiempo lo tenía ocupado en escribir el discurso de ingreso en la Academia (que nunca llegaría a leer) y la reseña literaria y promoción de un libro de poemas de su «musa y diosa» Pilar de Valderrama

La llegada de la República (14 de abril de 1931) trajo consigo la creación de numerosas escuelas, institutos de segunda enseñanza y las llamadas Misiones Pedagógicas, que aspiraban a llevar la cultura a pueblos olvidados de España. Machado, autor de teatro exitoso en esa época con obras escritas en verso con su hermano Manuel y adepto a las ideas republicanas desde siempre, asumió un puesto directivo en este organismo y en marzo de 1932 se le autorizó oficialmente a residir en Madrid para organizar el Teatro popular. 

Fueron creados, como se ha dicho, en Madrid y otras provincias institutos cuyas plazas se ocuparían interinamente por un año (que es probable llegaran a tres), con lo que, después de trece años en Segovia, Machado accedió al Instituto Calderón de la Barca en Madrid. Aquí tuvo entre sus colegas docentes a Rafael Lapesa, futuro académico. El 1º de abril de 1936 tomó posesión de la cátedra de Lengua y Literatura Francesas en el Instituto Nacional Cervantes de Segunda Enseñanza. 

A comienzos de la guerra civil, intelectuales y científicos prestigiosos, entre ellos Antonio Machado, fueron evacuados de la capital de España con destino Valencia (noviembre de 1936). Una póstuma humillacion burocrática le fue infligida por el Ministerio de Educacion Nacional del nuevo régimen cuando, dos años después de haber fallecido en Colliure en 1939, decidió «la separación definitiva del servicio de D. Antonio Machado con la pérdida de todos sus derechos pasivos».   

Machado se ganó la vida honradamente como profesor no vocacional, como escribió en su 'Retrato', poema introductorio de Campos de Castilla (1912):          

            A mi trabajo acudo, con mi dinero pago                 
            el traje que me cubre y la mansión que habito,                 
            el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.    
 
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 (*) Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Barcelona 2021, 2ª ed.

17 de abril de 2019

Latín en el Caribe

HOY hace un lustro nos dejaba uno de los grandes escritores en lengua castellana, Gabriel García Márquez (1927-2014), figura indiscutible de la literatura española y universal del siglo XX.


La cultura clásica y el latín no fueron ajenos al Nobel colombiano, como vamos a exponer a vuelapluma en las siguientes líneas que para este momento hemos decidido completar.

En Memoria de mis putas tristes (2004)el nonagenario protagonista sin nombre había sido «maestro de gramática castellana y latín» y consideraba el latín su lengua madre. Se entiende así que cite a Cicerón, aunque no en latín, y busque una máxima, sin hallarla, eCésar y en las obras de sus biógrafos antiguos y modernos (Suetonio y Carcopino). En un rincón de su biblioteca, el anciano atesora una colección de clásicos griegos y latinos, que se niega a vender cuando alguien le ofrece comprársela. 

Esta colección del anciano personaje de Memoria puede tener su referente real en la biblioteca del erudito Gustavo Ibarra Merlano, que García Márquez conoció en Cartagena de Indias y cuyos libros utilizó cuando daba sus primeros pasos como periodista. «Tenía ediciones de los clásicos griegos, latinos y españoles tan bien tratadas que no parecían leídas, pero los márgenes de las páginas estaban garrapateados de notas sabias, algunas en latín», recuerda García Márquez en Vivir para contarla

Al futuro escritor que desdeñaba los clásicos grecolatinos, salvo la Odisea, porque le parecían «aburridos e inútiles», Ibarra le advirtió: «Podrás llegar a ser un buen escritor, pero nunca serás muy bueno si no conoces bien a los clásicos griegos». Y acto seguido le puso en las manos las tragedias de Sófocles, que García Márquez leyó como una auténtica revelación: «Edipo rey se me reveló en la primera lectura como la obra perfecta». 

Crónica de una muerte anunciada (1981) cumple esta aspiración del escritor de lograr una estructura tan redonda como la de Edipo rey. La Crónica está presidida por el fatum o destino ineluctable al que está sometido el héroe trágico, un concepto esencial de la tragedia griega. El destino del protagonista, Santiago Nasar, le es dado a conocer al lector desde la primera línea de la novela, produciendo en él el mismo efecto que la tragedia griega en sus primitivos espectadores, que conocían de antemano –innovaciones aparte– el destino de cualquier personaje mitológico llevado a la escena. Hay que añadir que el Edipo rey será también la base del guion que Gabo hiciera para la película Edipo Alcalde (1996). 

Pero Sófocles estaba ya presente en la primera –y extraordinaria– novela del escritor colombiano, La hojarasca (1955). Allí se partía de una cita de Antígona, clave del argumento y el tema esencialmente sofocleos del individuo enfrentado a la sociedad. El coronel protagonista desafía los intentos de la comunidad de Macondo de malograr el digno entierro de un médico asocial y posiblemente criminal. Escribe García Márquez, en Vivir para contarla, que fue Ibarra quien, tras leer el borrador, le dijo que lo que en esa novela subyacía era el mito de Antígona, y que a raíz de ello, entre feliz y desilusionado por parecerse a Sófocles, hizo algunos cambios e incorporó la cita introductoria. 

En El amor en los tiempos del cólera (1985) no hay influencia confesa ni lectura directa de los clásicos grecolatinos, como en el caso de Sófocles, sino solo asimilación a través de la novela de folletín, a la que el escritor rinde homenaje. Junto a esta, El amor condensa, como ha sido señalado por los estudiosos, diversas influencias culturales –el melodrama, el culebrón, el bolero, la tradición decimonónica francesa, la parodia de la novela rosa–; y, en medio de ellas, son evidentes tópicos de la novela griega y de la elegía amorosa latina, entre los que se pueden enumerar el pacto de amor (foedus amoris), los síntomas de amor (signa amoris), el flechazo a través de los ojos, la esclavitud amorosa (servitium amoris), la locura de amor (insania furor amoris), la amada como diosa, el amor y muerte, los regalos de amor (obsequia amoris), todos ellos característicos de la poesía helenística y la elegía amorosa latina y dispersos por las páginas de esta gran novela de García Márquez.

Como ejemplo de uno de esos tópicos podemos poner el de 'las señales o síntomas de amor', que fueron descritos en la Antigüedad por Safo y Catulo en sendos poemas y que en García Márquez encontramos modificados en versión Caribe:
Cuando Florentino Ariza la vio por primera vez, su madre lo había descubierto desde antes de que él se lo contara, porque perdió el habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama. Pero cuando empezó a esperar la respuesta a su primera carta, la ansiedad se le complicó con cagantinas y vómitos verdes, perdió el sentido de la orientación y sufría desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado no se parecía a los desórdenes del amor sino a los estragos del cólera. [...] Tenía el pulso tenue, la respiración arenosa y los sudores pálidos de los moribundos. (pp. 97-98). 


Además del citado maestro de Memoria, otros personajes de García Márquez, no sólo eclesiásticos, sino también médicos, tienen estudios de latín. En Del amor y otros demonios (1994) destaca Abrenuncio de Sa Pereira Cao, «el médico más notable y controvertido de la ciudad». En su casa tiene una vitrina llena de frascos de porcelana con rótulos en latín y abundan los libros, muchos en latín; entre estos, como rareza bibliográfica, las Cartas filosóficas de Voltaire traducidas al latín («Voltaire en latín es casi una herejía», bromea Cayetano Delaura al ver el ejemplar). Abrenuncio saluda al padre de Sierva María espetándole la fórmula Benedictus qui venit in nomine veritatis, y suele despedirse de él con una sentencia latina, que a veces traduce. Abrenuncio habla consigo mismo en latín y también a su caballo. 

En su encuentro con el padre Cayetano Delaura, bibliotecario de la diócesis y eventualmente exorcista, Abrenuncio se fija en la pureza del latín de la que el cura hace gala cuando conversan, Abrenuncio en su estilo propio, Cayetano en latín clásico: «'Es de una perfección absoluta', dijo asombrado. '¿De dónde es?'. 'De Ávila', dijo Delaura. 'Pues más meritorio aún', dijo Abrenuncio».

Este Abrenuncio, que lee francés (ya se ha visto su dominio del latín), pero «además griego, inglés, italiano, portugués y un poco de alemán», nos parece hecho de la misma pasta que el Aureliano Buendía de Cien años de soledad, que «además del sánscrito, había aprendido el inglés y el francés, y algo del latín y del griego». 

Hemos ido retrocediendo en el tiempo hasta llegar finalmente a los Cien años de soledad (1967), la novela que encumbró a García Márquez al Olimpo de la literatura universal. En boca del fundador de Macondo, José Arcadio Buendía, perdida ya la razón, oímos la explicación que da en latín de por qué levita el padre Nicanor Reyna al tomar chocolate:
Hoc est simplicissimum —dijo José Arcadio Buendía—. Homo iste statum quartum materiae invenit.
El padre Nicanor levantó la mano y las cuatro patas de la silla se posaron en tierra al mismo tiempo. 
Nego —dijo—. Factum hoc existentiam Dei probat sine dubio. 
Fue así como se supo que era latín la endiablada jerga de José Arcadio Buendía.


Latín en el Caribe, como si esta lengua fuera la más cercana a lo maravilloso, al llamado realismo mágico, idónea para curas y acólitos preconciliares que ofician la misa siempre en latín o, como hace el doctor Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera, para enseñar a un loro a responder y citar pasajes del Evangelio según San Mateo.

En Vivir para contarla (2002), Gabo recuerda sus sempiternos problemas con la ortografía. Una vez escribió exhuberante en un discurso y recibió la oportuna corrección por parte del rector del liceo (así se explica que tiempo después en Zapatecas quisiera jubilar la ortografía). Los conocimientos de latín parecen limitarse en Gabo, según confiesa, a sus años de monaguillo en Aracataca, lo que no significa que su prosa caribeña no esté trufada de cultismos puros y duros; en Memoria de mis putas tristes, su última novela, leemos 'honorar', 'sólito', 'tusar', 'disturbar', 'diferendo', 'ineluctable', 'obnubilado', 'frémito'…, cultismos que brillan con luz propia que no recordamos haber hallado en su temprana La hojarasca. Podría ser interesante estudiar la evolución léxica del cultismo desde las primeras a las últimas obras del fabulador colombiano. En Del amor, por ejemplo, aparece 'insulto' como inusitado latinismo semántico («los insultos de la rabia», se dice allí), lo que podría ser un hápax en toda su producción literaria. Aunque estudiar todo esto quizá no nos conduzca a ninguna parte.

Tragedia griega, elegía amorosa latina, personajes imbuidos en latín, cultismos refulgentes. Cuatro aspectos en los que el conocimiento del mundo clásico es asumido y patente en Gabriel García Márquez.

                           

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Memoria de mis putas tristes, Madrid 2004, Mondadori
Vivir para contarla, Madrid 2004, Debolsillo, pp. 359-360, 294
El amor en los tiempos del cólera, Barcelona 1985, Bruguera, pp. 39, 82, 88, 96, 97, 98, 111, 150, 153, 155, 157, 216, 243, 247, 403, 409, 499.
Del amor y otros demonios, Barcelona 1995, Círculo de Lectores, pp. 28, 41, 42, 45, 48, 154, 155.
Cien años de soledad, Madrid 1984, Cátedra, p. 159.


17 de mayo de 2013

Sin fines de lucro

LA paradoja o el sarcasmo quiso hacer coincidir en el tiempo y el espacio (lato sensu: 2012, Oviedo) a Martha C. Nussbaum, filósofa estadounidense, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2012, con José Ignacio Wert, sociólogo, a la sazón ministro de Educación y Cultura del decadente Reino de España, siendo como son dos figuras antagónicas.

Una, profesora en universidades norteamericanas prestigiosas, ensayista de numerosa obra, influyente en cuestiones de ética, educación y ciudadanía a nivel mundial, pese a quien pese; además, conocedora del pensamiento griego y galardonada con el premio Príncipe de Asturias por «su contribución a las humanidades, la filosofía del derecho y de la política, y por su concepción ética del desarrollo económico».

El otro, sociólogo de una universidad española, ministro de educación sin escaño, tertuliano, político tocado por el falible y arbitrario dedo de un presidente de Gobierno para, con poderes absolutos (democráticos, cierto), irrumpir como elefante en cacharrería en la educación de la sociedad española.

El preámbulo del primer anteproyecto de la LOMCE (25-09-2012) auspiciada por el ministro Wert contenía el siguiente disparate educativo neoliberal (posteriormente eliminado), que podemos situar en las antípodas del pensamiento de la filósofa premiada:  
La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global. 
El cambista y su mujer (detalle), Quentin Massys
Martha Nussbaum critica en un reciente ensayo, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010), los sistemas educativos que persiguen el beneficio económico. «Las sociedades democráticas que buscan la rentabilidad producirán generaciones de máquinas utilitarias», advierte (p. 20). Aboga por la presencia de materias de artes y humanidades en los planes de estudio universitarios y de enseñanza secundaria. Son estas materias, sin desdeñar las científicas y tecnológicas, las que dotan de pensamiento empático y crítico al estudiante y le blindan contra la retórica y la demagogia de los políticos; las que ayudan a vigilar y mejorar la salud de la democracia, formando ciudadanos que, como Sócrates, cuestionan la autoridad y no son fácilmente dóciles y obedientes.


Pero además de esto, los estudios en humanidades, dice Nussbaum, no están exentos de oportunidades en el mundo de la empresa: «En repetidas ocasiones, las empresas eligen contratar a las personas que tienen una formación de grado en disciplinas humanísticas antes que a las que cuentan con una formación preprofesional más estricta, precisamente porque consideran que las primeras poseen la flexibilidad y la creatividad necesarias para prosperar en un ámbito empresarial más dinámico» (p. 152), idea ésta concordante con la expresada por la actual presidenta y CEO de Yahoo!, Marissa Mayer.

Las últimas páginas del libro, sin embargo, revelan la decepción de Nussbaum ante Barack Obamaun político que, a pesar de haberse formado en humanidades (en el Occidental College y en la Universidad de Columbia), una vez en el poder viene insistiendo en un programa educativo típicamente tecnócrata y economicista. 

Este desolador panorama, de relegación de las humanidades en los EE UU, es el que últimamente ha empujado a Gerald Conti a presentar su renuncia como profesor de Historia y Humanidades en el instituto de Westhill de Nueva York después de nada menos que veintisiete años de docencia. El suyo ha sido un gesto que rebasa lo meramente personal para convertirse en simbólico, en el símbolo de la derrota ante una clase política (lo mismo da neoliberal que socialdemócrata) y una sociedad idiotizada que vuelven la espalda a los estudios humanísticos, en un tiempo que mercantiliza la educación y que por ello sólo podrá traernos «decadencia moral e intelectual».