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6 de julio de 2020

Corazón de Ulises

HA pasado mucho tiempo desde que anunciamos que comentaríamos en este blog el libro de Javier Reverte Corazón de Ulises. Un viaje griego, libro de 1999 que conjuga a la perfección la cultura clásica de la Grecia antigua con los restos que quedan de ella en la Grecia actual, aunando el pasado y el presente de la cultura helena en un solo volumen.

Ahora que los ramalazos del coronavirus convierten el viaje en una actividad de riesgo sacamos del cajón aquellas líneas que teníamos empezadas sobre el libro de Reverte y las concluimos. El conocido viajero y escritor hizo un viaje más o menos circular a una Grecia anterior al euro y, claro está, a la crisis financiera de 2008 que sumió al país heleno en una profunda depresión económica. En ese viaje, que le llevó también a Turquía y a Egipto, Reverte no pasó por Olimpia ni Epidauro en el Peloponeso. La estructura del libro es la misma que en otras ocasiones: alternar la experiencia viajera con la erudición de manual sobre la historia del país visitado.

Vathy (Ítaca)_Jeff O'Reilly_Flickr
No seguiremos el recorrido del libro paso a paso, sino que nos centraremos en tres constantes que, a nuestro modo de ver, recorren este Corazón de Ulises: el turismo, la literatura y los tipos humanos. Y podríamos añadir un apartado más: las decepciones.

El turismo

El viajero Reverte se ve inmerso en riadas de turistas cuando llega a los enclaves fundamentales de la Grecia clásica, incluso a lugares de menor importancia. Y constata que, donde no hay turismo, es porque allí no hay nada que merezca la pena. En Mileto, por ejemplo, solo hay una decena de visitantes, y ello es porque en Mileto apenas quedan restos de la que fue cuna de la civilización griega.

Reverte nos recuerda que Micenas es un sitio muy pequeño y que hay que abrirse paso a codazos para contemplar a gusto la Puerta de los Leones. En Éfeso, se topa con una avalancha de turistas; y después de hacerse una idea aproximada de cómo fue aquella ciudad, decide marcharse de allí para buscar ingenuamente el río de Heráclito. Siguiendo sus indicaciones, un taxista escéptico le lleva hasta un arroyo de aguas sucias y malolientes. «El río de Heráclito no es ahora más que una imponente riada de turistas», había sentenciado el escritor en la página 163.

Javier Reverte no es, pues, otra cosa que un turista más, y sobre el turismo reflexiona en un par de páginas sinceras (pp. 63-65). 

         

La literatura

Para Reverte, el viaje cobra su sentido más auténtico cuando parte de la literatura, idea con la que estamos de acuerdo. «Solo el libro vale el viaje», se ha dicho alguna vez. Y viaje literario como ninguno es el viaje a Grecia, que se alimenta de Homero y de los tragediógrafos, de filósofos y de líricos como Safo y Píndaro; en definitiva, de los comienzos de la literatura occidental. 

Pero nuestro hombre sigue también los pasos de grandes escritores contemporáneos que vivieron, visitaron, amaron y escribieron sobre Grecia; entre ellos, Byron, Kavafis, Hemingway, Durrell y Miller, convenientemente leídos y citados. Y si puede, se hospeda en los mismos hoteles que ellos —hoteles literarios—, para ver de atrapar e imbuirse del espíritu de los grandes de la Literatura.

Los tipos humanos

El viajero solitario se cruza con infinidad de tipos humanos que sienten curiosidad por él, tipos singulares que «dan sentido al viaje» (p. 317). El dueño de la pensión en Vathy (Ítaca), el matrimonio y su hija en el restaurante, la típica pareja de novios en el barco, los taberneros, los taxistas, guías turísticos, barberos, gente que se sienta a su lado en el autobús, que le pide un cigarrillo, que le pregunta al pie de la Acrópolis de dónde es. Personajes de un día o de varios, que le cuentan su vida o a los que no duda en mentir sobre su origen y presencia allí si le son antipáticos. El viaje queda en el recuerdo por los tipos que el escritor conoció y fijó para siempre en su libro.

Las decepciones 

En busca del alma griega el viajero sufre inevitables decepciones. No pocas, la verdad. Ciudades bonitas en realidad solo ha visto Alexandrópolis, Tesalónica y Nauplia (p. 307). Desde luego Atenas no, cuya entrada en tren desde Tebas le resulta horripilante. No comparte Reverte el arrobamiento que sintieron Durrell y Miller en Festos; y a diferencia de este último, lo que Reverte sintió en Eleusis fue decepción. Muchos lugares antiguos son ya simples nombres de lo que allí ocurrió, sin vestigios que puedan siquiera recrear físicamente la Antigüedad, y por lo tanto hoy ya pálidos ecos de transmisión cultural.

Como en el río de Heráclito, en el que uno no puede bañarse dos veces, el viaje y el libro que hace el viajero auténtico es único e irrepetible, un instante en el tiempo. Y como en el poema de Kavafis, debe desearse que sea largo y colmado de experiencias. Así es también este libro de Javier Reverte, lleno de geografía, historia, literatura y mitología clásicas, un homenaje desde el corazón a Grecia y a la Odisea, la obra que una vez le hizo ser escritor y viajero.

5 de noviembre de 2019

Homero deambula por Río de Janeiro

HOMERO deambula por Río de Janeiro, escribe Nélida Piñon, y ella es su más declarada aprendiz a pesar de vivir al otro lado del Atlántico. La escritora brasileña (n. 1937) fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005. En su libro Aprendiz de Homero (2008) recoge el discurso de agradecimiento de tal premio y otros artículos, en los que desvela sus raíces literarias. Entre las más profundas, Homero.

Homero y sus personajes, dice la escritora, pueblan su imaginación. Su verdad poética es actual, vive hoy en las modernas ciudades contemporáneas y se propaga por todo el mundo. Homero le pertenece, es propiedad suya, fuente de permanente inspiración para ella. Muchos temas actuales se encuentran en Homero, y ella dialoga y conversa con él. 

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Nélida Piñón, Aprendiz de Homero, Madrid (Alfaguara), 2008, pp. 296-304.
 

6 de septiembre de 2014

Ostia, el bullicioso puerto de Roma

LOS últimos descubrimientos arqueológicos en Ostia Antica revelan una ciudad de mayor extensión que Pompeya.


Ostia (lat. ostium 'desembocadura'), a 23 km al SO de Roma, fue fundada en el s. IV a. C. como un puesto fortificado (castrum) para controlar el acceso fluvial a Roma a través del río Tíber. De colonia militar pasó a ser importante ciudad comercial durante la República.

      





A lo largo de cinco siglos alcanzó notables dimensiones. En el s. I a. C. conoció nuevas murallas y tres entradas: Porta Romana, Porta Marina y Porta Laurentina. La calle principal (decumanus maximus) tenía nueve metros de ancho y casi dos kilómetros de largo. La intersección de las calles cardo y decumanus recuerda el origen militar de la ciudad. 

Las mercancías llegaban a Roma en pequeñas embarcaciones (naves codicariae) que remontaban el Tíber arrastradas por tiros de bueyes. Quien se dirigiera a Ostia por tierra debía tomar la via Ostiensis, que encontraría flanqueada por tumbas y sepulcros, según la costumbre, y llevaba hasta la Porta Romana, la entrada principal de la ciudad.

Entre la época de Domiciano y la de Adriano, la ciudad adquirió la fisonomía cuyos vestigios hoy conocemos, con sus grandes edificios públicos, sus almacenes (horrea) y sus altas casas de ladrillo de varios pisos, llamadas insulae

Edificios públicos destacados eran el teatro de tiempos de Augusto; el Foro de época de Tiberio, con restos de las columnas de su pórtico; un nuevo Capitolium de época de Adriano, precedido por una gran escalinata ante la cual quedan restos del altar; la curia y una basílica, edificadas en el Foro en época de Trajano; edificadas en época de Adriano, las termas de Neptuno.

En determinados barrios se multiplicaron los horrea, almacenes donde se depositaban cereales, aceite y vino, que garantizaban el abastecimiento de estos productos en Roma.



Hoy en Ostia se conservan intactos edificios privados, como las insulaeviviendas de alquiler de hasta cinco pisos de altura. En la planta baja de estos bloques se abrían al público las tabernae ('tiendas'), donde se podían comprar mercancías de todo tipo, no sólo vino, como pudiera parecer por el significado moderno de la palabra.

El emperador Claudio decidió crear un nuevo puerto artificial a la derecha del Tíber, que fue ampliado por Trajano con una gran dársena en forma de hexágono perfecto (Portus) y terminado durante el reinado de NerónEl emplazamiento del primer puerto, anterior a estos dos, fue descubierto a finales de 2012. Y la sorpresa se ha repetido recientemente, al haberse descubierto que el Tíber no era el límite de la ciudad, sino que la dividía en dos, y que por tanto ésta era mucho mayor de lo que se pensaba. 

Ostia, una de las ciudades más populosas y cosmopolitas de Italia, llegó a ser incluso mayor que Pompeya. Allí, relacionados con las actividades portuarias, se afanaban carpinteros, fabricantes y vendedores de estopa y de cuerdas (restiones), armadores de barcos (fabri navales), estibadores (geruli), cargadores (saccarii), bomberos (vigiles), buceadores (urinatores, de urina 'orina', porque, además de sumergirse para rescatar cargas hundidas en los frecuentes naufragios, limpiaban pozos, cisternas y alcantarillas), colectivos algunos de los cuales se agrupaban en collegia 'colegios'; funcionarios, pescadores, marineros, pregoneros, ladrones, esclavos fugitivos..., toda una mezcolanza de profesiones, razas y lenguas. 

Actualmente, Ostia Antica es uno de los mejores complejos arqueológicos de Italia, el segundo en importancia después de Pompeya. La superficie total del recinto es de aproximadamente 34 ha, más o menos dos tercios de su primitiva extensión. 

 

26 de febrero de 2014

Un águila romana en Londinium


RECIENTEMENTE (octubre de 2013) se ha hallado en la City londinense un águila romana de piedra caliza en perfectas condiciones. Una escultura extraordinaria de 66 cm de altura, que data del s. I o II. El águila agarra en el pico una serpiente, simbolizando el bien que vence al mal. El lugar en el que se encontró enterrada, el centro financiero de Londres (Londinium), se sabe que fue un cementerio romano. En la figura, que ha perdido la pintura que la recubría, se aprecia la lengua bífida de la serpiente y el plumaje del ave. Se trata, en definitiva, de una de las mejores esculturas romanas localizadas en el Reino Unido.

El mimo dispensado a la cultura clásica...

El primer romano que decidió poner pie en Britania fue César (55 a. C.), después de haber conquistado la Galia, aunque no se adentró en el país para verlo por sí mismo. No obstante, sabía que los britanos frumenta non serunt, sed lacte et carne vivunt pellibusque sunt vestiti 'no siembran trigo, sino que viven de la leche y la carne y se visten con pieles' (BG V 14). Aquella expedición fue sólo de reconocimiento. Los soldados de César desembarcaron en Cantium (Kent), con el signífero de la X legión a la cabeza. Pero los barcos sufrieron graves daños por las tormentas y la pleamar y César mandó retirar sus tropas. Volvió al año siguiente con 800 barcos, cinco legiones y 2000 jinetes. Cruzó el río Tamesa (Támesis) para atacar a Casivelauno, el rey más poderoso del sur, al que derrotó.

En 43, el emperador Claudio, ansioso por obtener un triunfo para su prestigio personal, mandó a Britania, bajo las órdenes de Aulo Plaucio, cuatro legiones (la II, la IX, la XIV y la XX) más tropas auxiliares: un total de 40.000 hombres. Y en torno a Camulodunum (Colchester) consiguió una especie de provincia guarnicionada por la XX legión. Por estas fechas se fundó Londinium, que se convirtió en la capital de la provincia y fue teniendo foro, basílica y anfiteatro, pero sin alcanzar el esplendor de las grandes ciudades del Imperio romano.

6 de septiembre de 2013

Cultivar la vid siguiendo a Virgilio

EN Catania (Sicilia), en las laderas del Etna, quieren hacer un experimento arqueológico consistente en cultivar viñedos siguiendo las indicaciones de los escritores clásicos Virgilio y Columela

Virgilio, el poeta más importante de la literatura latina y uno de los más grandes de la literatura universal, compuso todo un poema didáctico dedicado a la agricultura, las Geórgicas, y, dentro de él, en el libro II, una buena porción de versos se centraba en el cultivo de la vid (II 274-419). Columela, gaditano de nacimiento, escribió a mediados del siglo I el tratado técnico más completo sobre la agricultura, el De re rustica.

Podemos pensar que Virgilio se familiarizó con la viticultura en algunas de las regiones italianas que conoció: el valle del Po (en Mantua nació, en Cremona recibió su formación inicial), la Campania (en Nápoles compuso las Geórgicas) o la Magna Grecia (en Tarento residió con frecuencia). Ser hijo de campesino no debió de serle inútil en su conocimiento del mundo rural. 

Luego, empapado de autores anteriores que escribieron obras técnicas sobre agricultura, fue animado por Mecenas a componer un poema en el que, entre otras muchas cosas, trata sobre el cultivo de la vid.


...Elegir el terreno (en llano o en pendiente). Alinear las cepas. Espaciar las hileras de forma simétrica. Plantar superficialmente. No orientar el viñedo a poniente. No plantar árboles entre las vides (no avellanos o acebuches; olmos, sí). Plantar en primavera o en algún día frío de otoño. Abonar con abono espeso. Cubrir el abono con piedras absorbentes. Aporcar las raíces. Trabajar el suelo. Arar la tierra. Poner estacas y horquillas de sujeción. Arrancar las hojas con las manos. Podar las ramas. Poner cercas (para que no entre el ganado). Sacrificar un cabrón a Baco (con el mismo propósito). Antes de todo esto, roturar la tierra cada año tres o cuatro veces. Cavar la tierra. Limpiar la maleza. Quemar los sarmientos. Atar las vides. Temer a Júpiter (porque pueda llover o granizar). Vendimiar tarde… 

Son preceptos que el poeta transformó en poesía inmortal, no en ciencia, y que ahora, imaginamos, habrán seguido los investigadores para ofrecernos dentro de unos años una primera cosecha de vino tal como lo elaboraban los antiguos romanos.   


25 de agosto de 2013

'Hay luz en casa de Publio Fama'

ATÍPICA novela histórica ambientada en Barcino (Barcelona), colonia romana de la Hispania Tarraconense. Su autor, Juan Miñana (Barcelona, 1959).

Atípica porque no tiene un detective sagaz, ni un emperador depravado, ni un general heroico, ni un gladiador invencible. No es una novela de acción y sus peripecias son escasas. No muchos personajes la pueblan: provincianos, ficticios, secundarios. Una especie de intrahistoria de Barcino focalizada en una sola familia patricia que tardará tiempo en darse cuenta de que ha sido objeto de boicots. El otro tema central de la novela es el rechazo de la sociedad faventina a un soldado veterano de la Flota recién llegado a la colonia.


Entre los personajes, Cneo Publio Fama (así, con dos praenomina, pues los nombres en la novela no siguen ningún criterio cabal) es un «subrostrano» (los rostra 'rostros' eran la tribuna desde la que se pronunciaban en el foro romano discursos ante el pueblo), esto es, lo que en el futuro será la profesión de periodista, que vive de informar y entretener a sus convecinos y de la espórtula (limosna en forma de alimentos o dinero) de la familia principal. Paula Silvia Faventina es la joven patricia apicultora que mantiene una relación de amistad con Fama desde la infancia. Y Servio Curcio Vera, el soldado antipático, jugador de dados, que contra viento y marea se hace ostricultor.


Podemos añadir, sólo por el maltrato que recibe del autor, a un tal Algestes de Alejandría, profesor y filósofo estoico, con trazas más bien de cínico (en el sentido filosófico). «Hediondo preceptor griego de uñas negras» (p. 178), es una de las numerosas perlas que el autor le dedica. Eso, a pesar de que no de otro Fama y Silvia aprendieron el griego que hablan en determinado momento de la novela para distinguirse de los demás personajes.    

Los hechos narrados transcurren a lo largo de un año, de verano a verano, setenta años después de la (segunda) fundación de Barcino por el emperador Augusto; y puesto que Silvia se cartea con el naturalista Plinio, a cuento de la común afición a las abejas, deducimos que estamos en época de Vespasiano.  


La novela es muy descriptiva, mucho más que narrativa. Paisajes, olores, comidas, con numerosas escenas de así vivían los romanos, reales y posibles. Termas, comicios, juegos, fiestas, cenas, matrimonio, viviendas... No cae en didactismos innecesarios.

Estamos inmersos en el mundo romano cuando leemos 'domo', 'gladio', 'áger', 'vico', 'tonsor', etc., con buen criterio (salvo la única vez que se emplea un latinismo, que se hace erróneamente: de motu proprio, p. 298). Mas nos alejamos de Roma cuando el novelista escribe 'almadía', 'batea', 'dársena', 'club', 'almirez', 'arrope', 'ponche'..., haciendo uso de importaciones léxicas, quizá legítimas y precisas, pero anacrónicas. Si es por esto, la acción podría ubicarse en cualquier otro momento histórico.

El tono de la novela es lánguido y moroso. Posee la misma languidez que muchos cuadros de Alma-Tadema, uno de los cuales adorna la cubierta del libro recogiendo el espíritu de esta estimable y personal novela.
<< Miró la doble llama de la lucerna iluminando el basto papel marrón lleno de lamparones, reutilizado para escribir después de haber servido para envolver salazón, y la tinta petrificada en su tintero, oscura y gomosa, como un concentrado incomprensible de pensamientos, y los pequeños juncos nudosos de las cánulas de escritura. Con un solo impulso, podía levantarse y hacer honor a la confianza y generosidad de su antigua amiga, o podía rodar a un lado hasta tenderse completamente sobre el jergón de paja.
Ni siquiera llegó a tomar una decisión. La luz de la lucerna quedó encendida sobre los propósitos aplazados y los papeles por escribir. Una noche más. El único ingenio desvelado ardía en el espíritu perfumado del aceite. Y el centinela anónimo de la colonia, la atenta mirada pública, el criterio vigilante, el defensor de la verdad y de las hermosas palabras que forman racimos de la fruta más convincente, el mejor y único subrostrano de Barcino, ya babeaba incongruencias con la mejilla hundida en la blanda paz de los sueños>> (p. 19).
Lawrence Alma-Tadema, A Question (Sotheby's)
Juan Miñana, Hay luz en casa de Publio Fama, Barcelona: RBA, 2009.

1 de agosto de 2013

Vuelve a escena 'Julio César'

EL teatro romano de Mérida (en otro tiempo Emerita Augusta) ha acogido una nueva representación del Julio César de Shakespeare, dirigida por el escenógrafo Paco Azorín e interpretada por Mario Gas (Julio César), Sergio Peris-Mencheta (Marco Antonio) y Tristán Ulloa (Bruto), dentro del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, edición de 2013.

Muere entonces César... (Foto: Jero Morales)
Se trata de una adaptación a los tiempos actuales. Los personajes no visten togas, sino uniformes militares gris marengo de estética inequívocamente fascista. Vemos en el escenario sillas de madera en lugar de asientos curules, y una pantalla gigante al fondo en la que escrutar los rostros de los actores en primeros planos. De esta novedosa guisa, con la pérdida de la iconografía clásica, vuelve por enésima vez a escena la inmortal tragedia shakespeariana.

Nosotros, sin embargo, echamos de menos las togas pretextas, los cívicos calcei romanos e incluso el flequillo en la frente de los actores para estar seguros, como decía Barthes del Julio César de Mankiewicz, de estar realmente en la antigua Roma, a la que tan sabiamente nos transportó el genio de Shakespeare. 

Pero, en fin, bienvenido sea también este interesante montaje. 

Julio César contiene dos piezas maestras de la oratoria de todos los tiempos: los discursos de Bruto y de Marco Antonio, que nuestra memoria cinematográfica, que podemos refrescar en cualquier momento, a diferencia del teatro, nos trae en las actuaciones memorables de dos grandes actores míticos, James Mason y Marlon Brando, en el mencionado Julio César de Joseph L. Mankiewicz, de 1953. 

Pero, ¿nos sirve la elocuencia shakespeariana (moldeada según los cánones estéticos de la poesía inglesa del Renacimiento) para hacernos una idea de cómo fue la oratoria romana antigua, la que practicaron los verdaderos Bruto, Antonio y Cicerón? 

Pensamos que sí. 

El discurso de Bruto creado por Shakespeare es deliberativo: breve, lacónico, sincero, creíble y convincente, presidido por el logos. El de Antonio, laudatorio y mucho más variado en recursos retóricos: despliega ironía, histrionismo, demagogia, pathos, hasta conseguir arrastrar a la muchedumbre, que acaba invadida por la emoción.

En el original inglés, el discurso de Bruto está escrito en prosa; el de Antonio, en verso suelto no rimado. Es importante la traducción española, que ha de ser elocuente, y la de Ángel-Luis Pujante lo es para esta representación de Paco Azorín; aunque nosotros preferimos, a pesar de sus defectos, la que realizara Luis Astrana Marín allá por 1921, por su estilo ampuloso y su fuerza retórica («...igual que he muerto a mi mejor amigo por la salvación de Roma, tengo el mismo puñal para mí propio cuando plazca a mi patria necesitar mi muerte»), pensando, ilusoriamente, que Shakespeare escribía así.

En Mérida, las últimas noches del mes de julio, los espectadores han aplaudido esta moderna adaptación de Julio César, que vuelve de nuevo a la escena entre nosotros.   

Me dejaría conmover si fuese como vosotros...
W. Shakespeare, Julio César, trad. y ed. Ángel-Luis Pujante, Madrid: Espasa, Austral, 1990.

19 de marzo de 2013

El caballo de Troya cobra nueva vida

EN el canto VIII de la Odisea Ulises pide al aedo Demódoco, en la corte de los feacios, que cante el episodio del caballo de madera. Han pasado diez años de la caída de Troya y ya los poetas tienen en su repertorio el desenlace de la guerra. Homero es quien resume en tan solo veintidós hexámetros lo que el aedo debió de desarrollar en muchos más, dejando un vacío de detalles que deben buscarse en obras anteriores o posteriores a la Ilíada y la Odisea. La ironía del caso es que el héroe que escucha el poema en la corte del rey Alcínoo es también el protagonista del mismo, sin que hasta ese instante nadie haya reparado en ello.

Virgilio describió detalladamente el último día de Troya en el libro II de la Eneida a través de los recuerdos de Eneas que la reina de Cartago Dido pidió evocar en su palacio al superviviente troyano. 

El episodio del caballo gigante de madera es uno de los más famosos de la mitología clásica. La estratagema se le ocurrió a Ulises, el artefacto lo construyó Epeo y ambos contaron con la ayuda de Atenea. Era una falsa ofrenda de paz para esta diosa, pues su interior escondía guerreros aqueos dispuestos a todo. Troya fue saqueada e incendiada e imaginamos que el caballo acabaría siendo pasto de las llamas. 


En nuestros días, tres equinos gigantes nos recuerdan y transportan a aquella leyenda inmortal. Dos están en Turquía: en Çanakkale, adonde llevaron el caballo construido para la película Troya (W. Petersen, 2004), del que, por cierto —horresco referens—, vemos salir vivo y coleando a Aquiles; y en Hissarlik, el emplazamiento arqueológico moderno de la antigua Troya.

El tercer caballo ha sido creado en Valencia por el maestro Manolo Martín, de Na Jordana, para la edición de las Fallas de este año de 2013. Su destino será sin embargo, ¡ay!, perecer envuelto en fuego hoy mismo, igual que le ocurriera a aquel otro caballo legendario que construyeron los héroes griegos; aunque en esta ocasión por mor de la fiesta y no de la guerra. Algo nos consuela que el ninot indultado (cuyo autor es Sergio Penadés, también de Na Jordana) representa a un abuelo y su nieta leyendo juntos la Odisea, con el significativo título de «Los clásicos nunca mueren».

12 de enero de 2013

Pompeya, más cerca

TODO amante del mundo clásico debe tener en su agenda o en su bagaje cultural la visita a la antigua ciudad de Pompeya. Tendrá que acercarse a Nápoles y desde allí dirigirse (por ejemplo, en la ferrovia Circumvesuviana) a la ciudad que en el año 79 d. C., junto con las vecinas Herculano, Estabia y Oplontis, quedó sepultada por la erupción del Vesubio, uno de los volcanes más devastadores de la historia. Herculano y el Museo Arqueológico Nacional en Nápoles son también lugares imprescindibles de visita una vez emprendido este viaje. Los naturalistas seguramente suban también al cráter del volcán.

Antonio Carnicero, Vista de la erupción del Vesubio (1824)
En menos de tres días, Pompeya quedó totalmente enterrada bajo las toneladas de materiales volcánicos que vomitó el Vesubio. Luego, un manto de olvido cubrió la ciudad durante siglos. Hasta el año de 1738, cuando Carlos III de Borbón, el «rey arqueólogo», a la sazón rey de Nápoles y de Sicilia, sufragó las excavaciones que iniciaron la recuperación de la primitiva fisonomía de la ciudad; eso sí, fosilizada en los últimos instantes de la catástrofe. 

La Pompeya actual ofrece a nuestros ojos los barrios (insulae) y las calles (viae), con sus numerosas fuentes públicas, una casi en cada cruce; las villas (villae) y las casas particulares (domus), y, entrando en éstas, las preciosas pinturas y los mosaicos que decoraban paredes y suelos, hoy la mayoría en el Museo Arqueológico de Nápoles. En la Vía de la Abundancia se acumulan los talleres (officinae) las tiendas abiertas a la calle (tabernae): una hostería de comida rápida (caupona), un establecimiento de bebidas calientes (thermopolium), una lavandería (fullonica)... Las paredes de alguno de estos comercios muestran pintadas (grafitti) obscenas y de propaganda electoral. Una tahona (pistrinum) en buenas condiciones hay cerca del mercado (macellum). El prostíbulo (lupanar) más «lujoso», de dos plantas, se encuentra, haciendo esquina, no lejos de las termas Estabianas; dentro, pinturas eróticas para excitar a la clientela. Estos eran los espacios de la gente corriente y moliente. Ah, y las termas y el anfiteatro, los lugares de diversión más populares entre los pompeyanos. 

Thermopolium de Vetutius Placidus
Falta aún por excavar una quinta parte de Pompeya. Al mismo tiempo que se producen nuevos hallazgos, como los talleres de los perfumistas, asistimos alarmados a la degradación de la ciudad por culpa de las lluvias pertinaces o de la incuria de las autoridades políticas, responsables de que algunas casas y columnas se vengan abajo por sí solas o mientras se restauran.

Los objetos encontrados en Pompeya por los arqueólogos están en los museos y de vez en cuando se llevan a exposiciones como Pompeya. Catástrofe bajo el Vesubio (Centro de Exposiciones Arte Canal, Madrid, 6 diciembre 2012-5 mayo 2013), que muestra más de seiscientas piezas de la vida cotidiana, privada y social, de los pompeyanos. Fíbulas zoomorfas y de navicela, instrumentos quirúrgicos, hombreras y cascos de gladiadores, dados, fichas, monedas, ungüentarios y lámparas, estatuas itifálicas y falos-amuleto, la vajilla de plata de la inmensa casa de Menandro, pan y dátiles carbonizados... Entre las pinturas destacan el famoso retrato de una muchacha pompeyana, a la que todo el mundo conoce como la poetisa Safo, y una vista del puerto de Puteoli (Pozzuoli).


1 de agosto de 2012

Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad

SEAMOS oportunistas y recordemos a la masa insciente o esquiva de la cultura clásica que los Juegos Olímpicos nacieron en la Antigua Grecia en 776 a. C. Se celebraban cada cuatro años (período de tiempo denominado 'olimpiada') en pleno verano, en Olimpia, ciudad de la Élide, región situada al NO del Peloponeso, y en otros lugares de la geografía griega. 

Tenían carácter panhelénico (es decir, participaban todos los Estados de Grecia) y un trasfondo religioso. En Olimpia había un santuario con templos dedicados a Zeus y Hera, gimnasio, palestra, estadio (que recibe el nombre de la prueba que en él se celebraba) y otros edificios, cuyos restos se visitan hoy día en el recinto arqueológico de Olimpia. A Olimpia peregrinaban los representantes de todas las ciudades griegas amparados por una tregua sagrada, y llevaban tesoros a los dioses. Los Juegos no eran sólo atléticos, sino también poéticos y musicales. 

En principio sólo se corría el stadion (carrera de 192 metros: velocidad). Con el tiempo se incorporaron el diaulos (2 estadios: media distancia), el dolichos (24 estadios: larga distancia) y el pentathlon (cinco pruebas eliminatorias: estadio, salto de longitud, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha). Disciplinas de combate fueron la lucha, convertida en disciplina independiente, el pugilato (boxeo) y el pancracio (suma de las dos anteriores y, por lo tanto, la más brutal). También se practicaron carreras con armas y carreras de cuadrigas y de caballos. El certamen pasó a durar cinco días en lugar de uno.


Participaban en los Juegos los hombres libres, ninguna mujer; aficionados, no profesionales; desnudos. Un jurado vigilaba y castigaba severamente las infracciones. No pensaban en batir récords; sólo en vencer, imbuidos por el espíritu competitivo que se llama agonal, esencial de la mentalidad griega, que les llevaba a luchar en todas las facetas de la vida: en concursos de teatro, en los tribunales de justicia, en la guerra.

Los vencedores recibían como premio una corona de olivo (o de laurel, o de apio, según el lugar), un banquete, una estatua, lujos y honores de por vida. Pero, sobre todo, la gloria de ser ensalzados por poetas como Píndaro (siglos VI/V a. C.), que engrandeció en sus epinicios (odas triunfales) a muchos campeones. La victoria carecía de valor si no la cantaba un poeta. La poesía, mucho más que la escultura, otorgaba la inmortalidad al vencedor (Nemea V 1-6):
<< No soy escultor como para modelar estatuas que se alcen en su pedestal para quedar inmóviles. ¡Ponte pues en camino a bordo de un mercante cualquiera o en un barco de vela, dulce canto, desde Egina, para proclamar que el hijo de Lampón, el prepotente Piteas, ganó la corona del pancracio en los juegos de Nemea, cuando no se mostraba aún en su barbilla esa sazón que cría la tierna pelusa de la uva! >> 

23 de abril de 2012

'Quid pro quo'

EN El silencio de los corderos, Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) utiliza un latinismo: quid pro quo ('algo a cambio de algo'). Quiere intercambiar información de interés psiquiátrico y morboso con la agente del FBI Clarice Starling (Jodie Foster).



El novelista Thomas Harris parece hacer descender de los Visconti de Milán al psiquiatra caníbal. En la secuela Hannibal encontramos al huído Lecter en Florencia, la ciudad del arte, donde aspira a ser conservador y bibliotecario del Palazzo Capponi por méritos propios (es especialista en Dante y posee «una extraordinaria competencia lingüística, al traducir sin titubeos el latín y el italiano medieval de manuscritos redactados con la letra gótica más enrevesada»). A Lecter, ahora distinguido erudito, lo descubre el inspector Pazzi (Giancarlo Giannini), que tiene la intención de cobrar por él una gran recompensa de un particular.

Las escenas que me interesan en la película de Ridley Scott son las que transcurren en Florencia. El estudio de Lecter, en el ático del palacio, está poblado de obras de arte y códices y un piano al que interpreta de memoria las Variaciones Goldberg de J. S. Bach. Luego, sobrevolando a la bella mujer de Pazzi (Francesca Neri) en una ópera al aire libre, suena el final del precioso Vide Cor Meum de Patrick Cassidy en las voces de Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti, ellos mismos en escena. Esta aria, en italiano y latín, está inspirada en un soneto de Dante de La vita nuova.


Antes de deshacerse de Pazzi, Lecter le recuerda cómo fue ajusticiado aquel antepasado suyo que, junto con otros, atentó contra los Medici acabando con la vida de Giuliano e hiriendo a Lorenzo el Magnífico. Un final semejante le tiene preparado al Pazzi actual. 

La exquisitez y erudición impensables van unidas al crimen atroz en el personaje de Hannibal Lecter.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). 
Hannibal (Ridley Scott, 2001). Thomas Harris, Hannibal, Barcelona: Plaza&Janés, 1999, cap. 21, p. 162.

20 de abril de 2012

Hallada una sandalia de legionario romano

TREINTA y tantas tachuelas encontradas en una zanja en el Raval de Barcelona han servido para reconstruir la sandalia (la suela) de un legionario romano del siglo II. ¿No es increíble? Una humilde huella —nunca mejor dicho— de la antigua Roma en Barcino (Hispania) nos retrotrae a la vida militar de los soldados de a pie romanos, como con entusiasmo contagioso hace el periodista al elaborar esta noticia.



Este tipo de sandalias se llamaban caligae y las llevaban los soldados rasos y los centuriones. Germánico se las ponía a su hijo cuando le paseaba por el campamento entre los soldados; ellos fueron los que apodaron al niño Calígula, sobrenombre con el que la Historia identifica a quien llegó a ser uno de los emperadores más perturbados de Roma.
  
Las tachuelas, apretadas en la suela de la sandalia, permitían no sólo no resbalarse en la refriega, sino también machacar al enemigo a pisotones...

30 de marzo de 2012

Salvó la vida por saber latín

A finales del siglo XVI Londres tenía unos 200.000 habitantes y al menos seis teatros estables (la Fortuna, el Cisne, el Globo, la Rosa, la Cortina y el Teatro), algunos autores eran también actores (como Shakespeare, la figura que se convirtió en la más destacada de esa época y luego de la Literatura Universal) y no pocos actores eran también unos consumados espadachines. En el duelo en el que desembocó una riña, el dramaturgo Ben Jonson mató al empresario teatral Gabriel Spencer, pero este a su vez, dos años antes, ya había apuñalado y matado en una pelea a un tal James Feake...


Jonson fue encarcelado y, tiene gracia, sólo se libró de la horca gracias a saber latín. Se acogió a una ley medieval eclesiástica invocando en latín el llamado neck-verse (salmo 51 del Libro de los Salmos: 'Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam', «Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu misericordia»). La causa pasó de civil a religiosa, y fue así como el «bueno» de Benjamin salvó el cuello y la vida. 
 
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James Shapiro, 1599. Un año en la vida de William Shakespeare, Madrid: Siruela, 2007, p. 32.