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21 de julio de 2026

Mitos clásicos en la poesía de Antonio Machado

COMO se vio anteriormente, Antonio Machado estudió en algunas asignaturas de Filosofía y Letras a los clásicos grecolatinos y tenía conocimiento de filosofía y poesía antiguas. Aquí escogemos tres momentos de su poesía en que recurrió a mitos o personajes de la mitología clásica. Sobra decir que ésta tiene un valor anecdótico en su obra. Mucho más importante, en cambio, es su concepción poética y filosófica: «La poesía es la palabra esencial en el tiempo», de raíz heraclitiana, como en «La fuente de piedra / vertía su eterno / cristal de leyenda» (Poesías completas, VIII). El panta rhei de Heráclito figura explícitamente en uno de los poemas al lado de su contrario nada corre (CLXXIII, -III-).    

1. «¡Ah, cuando yo era niño...»    Proverbios y cantares, XVIII (Poesías completas, CXXXVI)

                ¡Ah, cuando yo era niño
                soñaba con los héroes de la Ilíada!
                Áyax era más fuerte que Diomedes,
                Héctor, más fuerte que Áyax,
                y Aquiles el más fuerte; porque era
                el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia!  
                ¡Ah, cuando yo era niño  
                soñaba con los héroes de la Ilíada!
 

Es un breve poema nostálgico de la infancia que evoca a los héroes de la Ilíada mediante una gradación de menos a más fuerte según la consabida tradición: Diomedes, Áyax, Héctor y el más fuerte de todos ellos, Aquiles. Recordarlos, decir sus nombres, jerarquizarlos por su fuerza sin saber por qué, era el pensamiento inocente de aquel niño que soñaba con los héroes de la Ilíada

After killing Hector in hand-to-hand combat as revenge for the death of his friend Patroclus, Achilles drags Hector's body behind his chariot in... 

2. «A la muerte de Rubén Darío»                    Elogios (Poesías completas, CXLVIII)

En algunos poemas de Machado aparecen personajes de la mitología clásica con los que el poeta relaciona a ilustres intelectuales y escritores de su tiempo, con intención meliorativa por sí misma. El contexto es el encomio y en él cuadra la alusión mitológica como timbre de prestigio. Azorín aparece vinculado con Ulises («de la mar de Ulises / viniste»); Narciso Alonso Cortés, con Teseo («el poeta... quiere obrar la hazaña a que no osó Teseo»); un Valle-Inclán de «plúrima barba», con Caronte («tú, Caronte / de ojos de llama, el fúnebre barquero / de las revueltas aguas de Aqueronte»); Rubén Darío, con Apolo y Pan, como vamos a ver.

En «A la muerte de Rubén Darío» Machado pregunta retóricamente al admirado poeta que acaba de desaparecer:

           ¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno           (5)
           y con las nuevas rosas triunfante volverás?

Y concluye con el epitafio del padre del Modernismo:                 

           Pongamos, españoles, en un severo mármol,        
           su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
           nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,          
(15)
           nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

La lira es el instrumento característico de Apolo, el dios griego de la poesía y la música al que nadie podía superar, y la flauta el de Pan, divinidad pastoril. Solo estos dos dioses clásicos de la música están por encima de la poesía de Rubén Darío. Si están en este elogio fúnebre es porque eran patrimonio poético de Darío más que de Machado. Pan, Apolo, Términos barbudos y joviales y muchas otras figuras de la mitología clásica pueblan los poemas de las Prosas profanas (Buenos Aires, 1896) del poeta nicaragüense. En «Palabras de la satiresa», precisamente, están los versos de Darío que Machado recoge para su homenaje: «Y amando a Pan y Apolo en la lira y la flauta, / ser en la flauta Pan, como Apolo en la lira».

ilustraciones, imágenes clip art, dibujos animados e iconos de stock de pan enseñando a apolo, panpipe - apollo and pan

De aquí provienen los ecos mitológicos machadianos y del poema fúnebre por Verlaine titulado «Responso», de las mismas Prosas profanas, que comienza así:

            Padre y maestro mágico, liróforo celeste
            Que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
                    Diste tu acento encantador;
            Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
            Hacia el propileo sacro que amaba tu alma triste,      
(5)
                    Al son del sistro y del tambor! 

            Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
            Que se humedezca el áspero hocico de la fiera,
                    De amor si pasa por allí;
            Que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;                
(10)
            Que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne
                    Y de claveles de rubí.

Tras la primera estrofa de invocación al «maestro mágico» como descendiente de Pan («Panida»), como Pan mismo incluso, sigue el resto del poema en una sucesión de subjuntivos desiderativos, que son los que adoptará Machado al final de su epicedio («nadie esta lira pulse», «nadie esta flauta suene»).

El poema de Machado refleja además ecos léxicos de Rubén:    

'nuevas rosas' ← 'sangrientas rosas' (v. 11)
'severo mármol' 'tumba' (13), 'sepulcro' (7, 20)
'ruiseñor de los mares' Filomena (el ruiseñor mitológico) (16)
'armonía del mundo'  'harmonía sideral' (36)

Darío escribió en la muerte de Verlaine y Machado en la de Darío. Darío llamó a Verlaine «liróforo celeste» y Machado a Darío «jardinero de Hesperia». Los dos poemas están enlazados por estilo y espíritu y tienen como punto de partida al poeta simbolista Verlaine (Simbolismo Modernismo Intimismo romántico).                           

3. «Olivo del camino»    Nuevas canciones (Poesías completas, CLIII)

Solo en este poema, que sepamos, Machado utilizó un mito griego extensamente. Se trata del protagonizado por Deméter (Ceres para los latinos), diosa de la agricultura, que se detuvo en Eleusis en su búsqueda por el mundo de su hija Perséfone (Prosérpina), raptada por el dios Hades.  

La fuente clásica en que principalmente se desarrolla este mito es el Himno homérico a Deméter. Deméter, en efecto, recorría el mundo buscando a su hija. Adoptó la figura de una anciana y se trasladó a Eleusis, cerca de Atenas. «Afligida en su corazón, sentóse cerca del camino, en el pozo Partenio, adonde iban por agua los ciudadanos, a la sombra, pues en su parte alta había brotado un frondoso olivo» (vv. 98-100). Se dirigió al palacio de Céleo, rey del país, y entró al servicio de Metanira, esposa de Céleo, en calidad de nodriza. El niño que le confiaron era Demofonte. La diosa trataba de hacerlo inmortal poniéndolo al fuego durante las noches para despojarlo de sus elementos mortales, y aplicándole luego ambrosía ('inmortalidad'). Con esta ayuda divina el niño crecía de manera prodigiosa, hasta que Metanira sorprendió a Deméter y, dando gritos, interrumpió ese acto mágico. Deméter dejó el niño, que quedó entonces como simple mortal, pero con la gloria al menos de haber sido cuidado por una diosa.

El largo poema, de 125 versos, inspirado en el citado himno que Machado leyó en traducción francesa de Leconte de Lisle (así se deduce de las transcripciones de los nombres propios griegos, 'Keleos' aquí, 'Dionysos' en el citado poema a Rubén Darío), consta de siete partes que resumimos en forma de paráfrasis:

(I) Un viejo olivo solitario de ramas descuidadas junto a una fuente en los campos de Córdoba es, a ojos del poeta, semejante a las encinas de Castilla. 

(II) Este olivo quiere ser contemplado con el mismo sentimiento que antaño albergó el poeta hacia las encinas castellanas (paralelismos: olivo/encina, Andalucía/Castilla). A la diosa de ojos glaucos, Atenea, pide protegerlo.

(III) Expresa tres deseos en relación con el olivo: que acoja al suplicante, que sirva de reposo a la diosa Deméter en su paso por Eleusis y que vuelva a florecer el rito del peregrinaje de la diosa (¿simbolismo?). Bajo las ramas de este olivo hospitalario el poeta en su meditación quiere recordar a Homero.

➤ (IV) Llega Deméter disfrazada de humilde criada al palacio del rey Keleos, y la esposa de este la toma como nodriza de su débil hijo Demofón. El niño crece vigorosamente en manos de la diosa. 

(V) Una noche la madre, que espía a la nodriza, descubre que lo tiene envuelto en llamas y, aterrada, pone el grito en el cielo. 

(VI) Deméter se dirige a la escandalizada madre y al niño diciéndoles: a ella, que el fuego utilizado es el divino de una diosa; al niño, que no olvide fue una diosa quien lo crió más sano y fuerte y con el deseo de que fuera eternamente joven.

(VII) Describe todo aquello que en el campo favorece Deméter: el trigo, la siega con los bueyes, los huertos, los árboles frutales, las vides, las aceitunas que maduran. Concluye —en esta misma parte VII y no en una VIII—: Las aceitunas del apartado olivo del camino junto a la fuente (I) no serán cosechadas debido a que serán alimento de zorzales y estorninos. Como en (III), expresa tres deseos: que en las ramas de ese olivo anide el búho de la sabia Atenea; que la sed de una madre angustiada (Deméter) la haga detenerse allí; que con sus ramas pueda el poeta hacerse un fuego en un hogar en el campo junto a un río ✝ mejor que en un pueblo junto al mar (¿simbolismo?).

a single olive tree - olivo fotografías e imágenes de stock

Los críticos han considerado fallido este «Olivo del camino» que encabeza el libro Nuevas canciones (1924). «...Un poema del olivar cordobés, todo mezclado de pagana y exótica mitología (Atenea, Keleos, Demofón, Deméter). Al que viene de la emoción desnuda y traspasada de Campos de Castilla, este poema le produce —salvo destellos aquí y allá— una penosa sensación de acartonamiento», «el campo andaluz en una rígida cartonería mitológica» (D. Alonso). «Poema pesado, arqueológico [...], resulta malo, algo incoherente. Algunos versos al principio, y luego al final, sobre el olivo o las tierras rebosantes de frutos [...] ponen ciertas notas de color, mas en total es un peso muerto en la obra de Machado» (A. Sánchez Barbudo).

Una primera versión del poema —un «ante-texto»— publicada en la revista Índice de 1922 no desarrollaba la historia mitológica de Deméter en Eleusis (IV-V-VI) ni se extendía con los beneficios campestres que produce la diosa de la agricultura (VII). Era así un poema más breve, con «significado personal» y «cierto paralelismo formal con "A un olmo seco"» (J. M. Valverde). La vida del poeta quedaría simbolizada por los dos árboles: antaño, por un olmo seco con un brote de esperanza; hoy, por un olivo solitario, abandonado y apartado del resto. 

Machado había mencionado el mito de Deméter y Demofón tres años antes en el prólogo a la segunda edición de Soledades, galerías y otros poemas, de 1919 (la primera edición era de 1907). En ese texto compara los dos momentos culturales en que se publicaron ambas ediciones: el primero, «sofístico», dotado de «imaginería de cartón piedra»; el más reciente, el preferido por él por traer «una nueva oleada de vida». Y concluye aludiendo al mito de Deméter con la mente puesta en la renovación política y social de España: «Sólo lo eterno, lo que nunca dejó de ser, será otra vez revelado, y la fuente homérica volverá a fluir. Deméter, de la hoz de oro, tomará en sus brazos —como el día antiguo al hijo de Keleo— al vástago tardío de la agotada burguesía y, tras criarle a sus pechos, le envolverá otra vez en la llama divina». 

Con esta declaración y concomitancia con otros versos («divina lumbre») se ha intentado reinterpretar la parte mitológica (simbólica) del poema «Olivo del camino» en clave socio-política (E. Perulero Pardo-Balmonte), conforme a las siguientes correspondencias:

Demofón juventud española
Metanira («tal es, raza mortal, tu cobardía», v. 71) → burguesía
Deméterrenovación. 

Nosotros, en cambio, solo vemos dos:

Demofón burguesía débil
Deméter nueva juventud española (renovación),

pues en la frase «el vástago tardío de la agotada burguesía» la preposición 'de' no nos parece con valor posesivo (el vástago tardío de Metanira), sino explicativo o epexegético (el vástago tardío que es la agotada burguesía). Si es así, la burguesía agotada es Demofón, el hijo débil y tardío de Céleo, que recuperará su vigor cuando Deméter (la «nueva oleada de vida») se haga cargo de ella con su fuego taumatúrgico.

24 de junio de 2026

Formación académica y carrera docente de Antonio Machado

Machado

LA formación académica y carrera docente de Antonio Machado (1875-1939), aunque conocida, puede resumirse como sigue (*).

De niño, estudió en Madrid en la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza que dirigía Francisco Giner de los Ríos, sin libros de texto ni exámenes y al margen del currículum oficial (1883-1889). Tras aprobar el ingreso en el Bachillerato, en el Instituto San Isidro suspendió Latín y Castellano, asignaturas que, el curso siguiente en el Cisneros, tampoco aprobó, ni siquiera en septiembre. Machado solo completaría el Bachillerato en 1900, ocupado como estaba en viajes a París. Ingresar a través de examen en la Universidad de Madrid no supuso completar, ni siquiera proseguir, estudios universitarios.

Por sugerencia de Giner de los Ríos, opositó a una cátedra de Francés en 1906 con el bachillerato como único requisito académico en esa época para poder presentarse a una plaza de Instituto de Segunda Enseñanza. Desde ese momento fue presa de la burocracia que supone la «carrera docente», en aspectos como oposiciones y traslados. Hubo de superar cuatro pruebas ante un tribunal de siete miembros, entre los que estaba el lingüista Julio Cejador y Fragua.

Su primer «destino» fue el Instituto de Soria (1907-1912). En esta ciudad castellana comenzó su andadura por provincias con la intención de llegar algún día a Madrid, donde ya había estudiado y cuya vida política y cultural ansiaba. Fue vicedirector del Instituto. La Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas le concedió, a solicitud, una «beca» de estudios filológicos en París, donde asistió a conferencias de Bergson y a un curso de Meillet de Gramática Comparada. De vuelta en Soria, la muerte de Leonor le empujó a abandonar este su primer lugar de trabajo y buscar otro destino.  

Por mediación de su hermano Manuel, solicitó ayuda —llamémosle «administrativa»— a Giner de los Ríos, con respuesta negativa. Surgió plaza en Baeza, adonde se trasladó, lejos del dolor de Soria (1912-1919). En Baeza, nunca llegó a estar a gusto por falta de vida cultural. Para poder estar en Madrid o bien acercarse, pidiéndole interviniera, escribió a José Martínez Ruiz, «Azorín», a la sazón subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, sin que este pudiera hacer nada para saltarse las normas.

Machado sintió entonces que debía «hacer méritos», esto es, conseguir una licenciatura, y así, a los 40 años, se matriculó por libre en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Entre las asignaturas a las que se presentó para obtener el título estaban el Latín y el Griego. Una carta a Julio Cejador, antes del examen de Lengua Latina, revela la formación autodidacta y perseverancia de Machado en el estudio y práctica de la traducción de algunos autores clásicos:

Deseando allegar medios oficiales para mejorar de fortuna, emprendí los estudios de Filosofía, y llevo, con la de V., cinco asignaturas, entre ellas el Griego. Reducido a mis propios recursos, con la mezquina base del Latín aprendido hace treinta años, gracias a su buen método he traducido la Epístola de Horacio y cuanto tiene V. en su texto, y algo, también, de Salustio y de Cicerón, abarcando cuanto más he podido, y, seguramente, apretando poco. Pero ¿para qué decirle lo que ha de ver? Sólo pretendo declararle mi buen deseo, para recomendarme a su benevolencia y para que no vea en mí al fresco capaz de sonrojar a los amigos, ni tampoco al petulante poeta modernista, pues después de traducir, aunque a trancas y barrancas, versos de Virgilio, el «cur ego salutor poeta» del maestro Horacio es cosa que me digo a mí mismo. Vea V. en mí un caso de anacronismo escolar y a un viejo y desmemoriado estudiante que de todas sus bondades necesita (p. 364↓).

Terminada la carrera, el poeta y profesor se doctoró en Filosofía —sin trabajo de investigación, solo con la defensa de conocimientos de Metafísica— ante un tribunal presidido por su admirado Ortega y Gasset. Después consiguió el traslado a Segovia, al Instituto General y Técnico, destino interesante por su cercanía a Madrid, a tres horas de distancia en tren. En Segovia, colaboró de forma altruista en la recién creada Universidad Popular Segoviana, que ofrecía clases nocturnas y gratuitas. En el Instituto le acumularon la cátedra de Literatura Castellana. Un horario concentrado entre lunes y miércoles posibilitaba que los jueves el poeta amaneciera en la capital.

El 24 de marzo de 1927 Machado fue elegido miembro de la Real Academia Española. Motivo de disgusto para él fue tener que formar parte de un tribunal de oposiciones en el verano de 1930, cuando el tiempo lo tenía ocupado en escribir el discurso de ingreso en la Academia (que nunca llegaría a leer) y la reseña literaria y promoción de un libro de poemas de su «musa y diosa» Pilar de Valderrama

La llegada de la República (14 de abril de 1931) trajo consigo la creación de numerosas escuelas, institutos de segunda enseñanza y las llamadas Misiones Pedagógicas, que aspiraban a llevar la cultura a pueblos olvidados de España. Machado, autor de teatro exitoso en esa época con obras escritas en verso con su hermano Manuel y adepto a las ideas republicanas desde siempre, asumió un puesto directivo en este organismo y en marzo de 1932 se le autorizó oficialmente a residir en Madrid para organizar el Teatro popular. 

Fueron creados, como se ha dicho, en Madrid y otras provincias institutos cuyas plazas se ocuparían interinamente por un año (que es probable llegaran a tres), con lo que, después de trece años en Segovia, Machado accedió al Instituto Calderón de la Barca en Madrid. Aquí tuvo entre sus colegas docentes a Rafael Lapesa, futuro académico. El 1º de abril de 1936 tomó posesión de la cátedra de Lengua y Literatura Francesas en el Instituto Nacional Cervantes de Segunda Enseñanza. 

A comienzos de la guerra civil, intelectuales y científicos prestigiosos, entre ellos Antonio Machado, fueron evacuados de la capital de España con destino Valencia (noviembre de 1936). Una póstuma humillacion burocrática le fue infligida por el Ministerio de Educacion Nacional del nuevo régimen cuando, dos años después de haber fallecido en Colliure en 1939, decidió «la separación definitiva del servicio de D. Antonio Machado con la pérdida de todos sus derechos pasivos».   

Machado se ganó la vida honradamente como profesor no vocacional, como escribió en su 'Retrato', poema introductorio de Campos de Castilla (1912):          

            A mi trabajo acudo, con mi dinero pago                 
            el traje que me cubre y la mansión que habito,                 
            el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.    
 
____________________
 (*) Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Barcelona 2021, 2ª ed.

28 de enero de 2025

Defensor incansable del latín

CUALQUIER adjetivo con el que queramos calificar a Arturo Pérez-Reverte en este blog va a resultar siempre redundante, uno más del rosario de términos relacionados con la extraordinaria libertad de expresión que ejerce el escritor, situada en las antípodas de lo políticamente correcto imperante en nuestros días y vinculada con lo que los antiguos griegos llamaban parresía, para él patente de corso

En muchas ocasiones Pérez-Reverte ha reivindicado en sus airados artículos el latín (la cultura clásica), enfrentándose a los políticos y pedagogos ignorantes con aspiraciones de erradicarlo o arrinconarlo en los planes de estudio de la enseñanza media y superior. He aquí una relación de estos artículos, que pueden seguramente encontrarse libremente en https://www.zendalibros.com/: 
 
  • «Una virtud romana» (XLSemanal, 17-01-2025) 
  • «Más latín y menos imbéciles» (XLSemanal12-07-2020) 
  • «Demasiado lejos de Troya» (XLSemanal, 24-09-2017) 
  • «El adiós de Héctor» (XLSemanal, 01-11-2015) 
  • «La profesora de Arte» (XLSemanal25-07-2011)
  • «Permitidme tutearos, imbéciles» (El Semanal, 23-12-2007) 
  • «Retorno a Troya» (El Semanal, 28-03-2004) 
  • «Carta a María» (El Semanal, 19-11-2000) 
  • «Los yankis, el latín y Maripili» (El Semanal, 29-01-1995) 
 
Entre todos ellos, traemos a nuestra antología de textos elogiosos del latín «Retorno a Troya», donde el escritor nos transmite las profundas resonancias literarias a la hora de traducir un verso del libro II de la Eneida de Virgilio (Nox atra cava circumvolat umbra, II 360), la repercusión en su memoria del estudio de un solo verso, acompañada del recuerdo de su profesor y los apuntes, en un momento irrepetible e irrecuperable de la enseñanza media en España.
 
RETORNO A TROYA
 
Nox atra cava circumvolat umbra. Me despierto con esas palabras en la cabeza, como un soniquete. Latín, claro. Son viejas conocidas. Me ducho repitiéndolas. Nox atra cava, etcétera. Don Antonio Gil, mi profesor del asunto, me las hizo traducir hace más de treinta años: «La noche negra nos rodea con su envolvente sombra». Cojo la toalla. De pronto me detengo, mirando en el espejo el careto de un fulano que ya en nada se parece al muchacho que traducía a Virgilio. «Envolvente» por cava suena raro: «envolvente sombra». ¿Es posible que lo recuerde mal? ¿O que la traducción que hice entonces no fuera buena? Nox atra cava circumvolat umbra. Toda la vida recordándolo así, y ahora dudo. Siempre fue mi fragmento favorito, el verso 360, cuando Eneas y sus compañeros, sabiendo que Troya está perdida, deciden morir peleando; y como lobos desesperados caminan hacia el centro de la ciudad en llamas, no sin que antes Eneas pronuncie ese Una salus victis, nullam sperar[e] salutem que tanto marcaría mi vida, mi trabajo, las novelas que aún no sabía que iba a escribir: «La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna». 

Cava umbra. El enigma me anima el día. Con los dedos hormigueantes voy a la biblioteca, donde el viejo diccionario Spes, maltrecho pero fiel, me recuerda que cavo, transitivo de la primera, significa cavar, vaciar, ahuecar, horadar, ahondar. Envolver, ni por el forro. Estoy perplejo. Don Antonio Gil —tres años de latín en el instituto después de que me expulsaran de los maristas— era un catedrático joven y comprensivo, pero también muy riguroso. Nunca me habría dejado pasar una alegría, pienso. ¿Y si toda mi vida lo he recordado mal? Consulto otras traducciones. La que tengo más a mano simplifica: «rodeados por las tinieblas de la noche». No me vale. Recurramos al canon. Acudo a los estantes de la biblioteca clásica Gredos. Volumen 166. Lo abro: «La negra noche vuela en derredor ciñéndonos en su cóncava sombra». Recristo, me digo. Doctores tiene la materia, pero lo de «volar en derredor» suena pretencioso, libérrimo e inexacto. Aunque lo de «cóncava», la verdad, es más literal que «envolvente». Sólo literal, ojo. Pues lo cóncavo, si estás dentro, envuelve. Y vista la cosa desde la perspectiva de los guerreros troyanos que se disponen a morir en la oscuridad de la noche, que ésta sea cóncava o convexa se la debe de traer a cada uno de ellos bastante floja. Lo que se ven es envueltos, claro. La imagen  no es casual. Caminan envueltos en la noche negra de sus vidas y su ciudad, hacia la muerte. 


Me voy a la parte menos accesible de la biblioteca, desempolvo cajas, pilas de viejos libros desencuadernados y hechos polvo. Y al fin me alzo con el botín: mi Ilíada, mi Odisea y mi Eneida anotadas. «A. P-R. Preu. Letras». Abro el Virgilio: Arma virumque cano. Cuánto tiempo, pardiez. Cuántos años y cuántas cosas. Con emocionada melancolía paso los dedos por las líneas de los hexámetros virgilianos con mis trazos a lápiz marcando cada dáctilo, espondeo y cesura, y con la traducción anotada a bolígrafo junto a cada verso. Y ahí está, en el libro II. Nox atra cava circumvolat umbra: «La noche negra nos rodea con su envolvente sombra». No hay duda. En aquel curso 1968-69, don Antonio Gil dio por bueno el envoltorio que dispuse para los guerreros troyanos. Sonrío, evocador. Luego recuerdo el título de un ensayo de don Manuel Alvar: La lengua como libertad. Sonrío más y me recuesto en la silla, pensando que tengo el privilegio de poseer una lengua, la española, que es una herramienta eficaz y maravillosa. Y qué profunda —envolvente y cóncava—, concluyo, es la deuda con quienes me ayudaron a conocer sus nobilísimas claves y a utilizarla, antes de que ministros y psicólogos imbéciles pasaran a cuchillo la formación de los jóvenes, confundiendo renovación con igualitarismo educativo —igualitario por abajo— y desmemoria. 

Y así estoy, sentado con Virgilio, cuando regresa mi hija de clase, ve el libro y charlamos un rato sobre aqueos, troyanos y peligrosos caballos de madera con soldados cubiertos de bronce ocultos en su vientre. Mi vástaga estudia Historia y Arqueología, pero en su facultad —tiene intríngulis la cosa— no puede estudiar latín ni griego. Debe apañarse con lo que pudo estudiar en el colegio y buscarse la vida por su cuenta. Ya lo definió Virgilio, claro: Nox atra cava circumvolat umbra. A todos.

Hijos de puta, pienso, cerrando la Eneida. Hijos de la gran puta.   
                                         
                                                             
 Arturo PÉREZ REVERTE
 El Semanal, 28-03-2004


Federico Barocci, Eneas saliendo de Troya, 1598


5 de noviembre de 2019

Homero deambula por Río de Janeiro

HOMERO deambula por Río de Janeiro, escribe Nélida Piñon, y ella es su más declarada aprendiz a pesar de vivir al otro lado del Atlántico. La escritora brasileña (n. 1937) fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005. En su libro Aprendiz de Homero (2008) recoge el discurso de agradecimiento de tal premio y otros artículos, en los que desvela sus raíces literarias. Entre las más profundas, Homero.

Homero y sus personajes, dice la escritora, pueblan su imaginación. Su verdad poética es actual, vive hoy en las modernas ciudades contemporáneas y se propaga por todo el mundo. Homero le pertenece, es propiedad suya, fuente de permanente inspiración para ella. Muchos temas actuales se encuentran en Homero, y ella dialoga y conversa con él. 

____________________
Nélida Piñón, Aprendiz de Homero, Madrid (Alfaguara), 2008, pp. 296-304.
 

2 de agosto de 2016

'Donde aúllan las colinas'

NOS ha llamado la atención esta novela de Francisco Narla (Lugo, 1978) por varias y simples razones: por su brevedad, por no formar parte de una serie y por ser su autor español. Estos son requisitos que, en orden inverso y hoy por hoy, nos imponemos a la hora de leer una novela histórica de temática grecorromana.

Luego, hemos visto en ella una forma de narrar poco convencional. Ejemplo (pp. 14-15):
<< Eran hombres de rostros cincelados, con las trazas de haber sido engendrados en forjas. Encurtidos en sangre derramada. Asomando bajo los correajes, llevaban apiñadas cicatrices que mentaban guerras libradas en los confines del mundo. El tinte de rubia en sus capotes eran apenas un pálido recuerdo encarnado. Disciplinados, habían formado al borde de la arboleda. Y sus monturas, inquietas, cabeceaban más allá, sacudiéndose de los flancos el sudor del largo viaje.>> 
También el argumento se sale de lo habitual. En los días en los que Julio César ejerce el poder absoluto en Roma, un lobo va persiguiendo a una patrulla de seis hombres desde las «tierras mágicas» (p. 65) del noroeste de Hispania hasta el centro de Roma. El lobo se mueve por venganza, el grupo por lealtad; y en el fondo está la codicia de los poderosos. «Nos cazará, uno a uno» (p. 55), vaticina refiriéndose a la fiera uno de los personajes. Entre estos destacan el veterano centurión Lucio Trebellio y el trampero hispano Cainos; pero los seis hombres, además de César, están muy bien caracterizados, con precisión y economía de medios.

El protagonista en todo caso es el lobo. No un lobo corriente, sino un superlobo. Un lobo capaz de recorrer inmensas distancias y de orientarse en la caótica Roma (bien descrito el Esquilino, p. 109) para consumar su objetivo. Nos parece inverosímil, pese a que se diga, casi al final, que «no era más que un lobo» (p. 239); la novela se acerca entonces, posiblemente sin querer, a la fantasía (a la fantaciencia, respondiendo además a un esquema de thriller de persecución) y ya no nos resulta convincente.

El texto se estructura en escenas paralelas, exhibe un estilo conciso, vigoroso y tajante, contiene pasajes de sabor épico, sintaxis clásica (ablativos absolutos, predicativos), combinaciones léxicas inusuales, pero también incorrectas («granjear el paso», p. 22), ininteligibles («los años retiran confianza», p. 107), anacrónicas («una verdad incómoda», p. 171), extrañas («muerte vertida de a poco», p. 239) o infumables («el lobo negociaba la esquina», p. 209).

Descontados estos detalles, de Donde aúllan las colinas (2015) nos quedamos con las descripciones de lugares y personajes en el contexto clásico, el modo de narrar la historia, la originalidad de la trama y la intensidad y la pasión de su escritura. Por todo ello y más, merece la pena leerse y es altamente recomendable.


14 de diciembre de 2014

Griego y latín a contracorriente

CONFIESA Luis Racionero (Seu de Urgell, 1940) que fue obligado por su madre a estudiar una carrera de Ciencias, aunque él prefería haber hecho Filosofía y Letras, por la rama de Historia, que era lo que le gustaba. 

Por esta razonable sinrazón, Racionero se convirtió en ingeniero industrial, en licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona, en doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid y en doctor en Urbanismo por la Universidad de Berkeley. 

Resaltamos a propósito este su currículum académico para, con toda ingenuidad, poner de manifiesto ante el lector cómo un a la postre falso hombre de ciencias recomienda, en el texto periodístico que ponemos debajo, el estudio del griego, el latín y la cultura clásica en carreras técnicas y en la enseñanza media. 

Racionero tiene en su haber unos treinta y cinco libros, más ensayos que novelas, entre ellos una interesante autobiografía titulada Memorias de un liberal psicodélico (2011), escrita de forma fresca y amena, en la que relata su trayectoria intelectual, desde su conocimiento y divulgación en España de las filosofías orientales y culturas underground hasta su paso por la Biblioteca Nacional.

Recuerda en ese libro a los magníficos profesores de Berkeley («Asistir a algunas de las clases de la universidad me resultaba tan grato como ir al cine»), cuyo enfoque humanístico en el máster de urbanismo le abrieron horizontes. Recuerda el día en que Spiro Kostof explicó los edificios de la Acrópolis de Atenas mediante una recreación visual y auditiva de la procesión de las Panateneas, que culminó con unos versos de Esquilo y el aplauso generalizado de los estudiantes, el suyo el primero. La amplitud de conocimientos de Richard Meier le hizo querer ser un hombre universal. Son dos simples ejemplos.

Por «hombre universal» de nuestros días creemos entender la unión en un solo individuo de filosofías orientales y occidentales, ortodoxas y heterodoxas (o contraculturales), humanísticas y técnico-científicas, siendo compatibles en él el individualismo de un libertario y el cosmopolitismo de un viajero, el capitalismo rampante y la solidaridad hippyla meditación budista y la conversación en el ágora. ¿Es esto posible? Al menos en Racionero, sí.     

Racionero se ha interesado por Leonardo da Vinci, emblema del hombre universal del Renacimiento, la Florencia de los Medici y la Atenas de Pericles. Para escribir sobre el primero viajó a Florencia, se entrevistó con Eugenio Garin («hablaba de Ficino y de Pico della Mirandola como si los hubiese visto la noche antes») y se acercó en autobús a Vinci. Con Atenas de Pericles, en cambio, ingresó en el gremio de los plagiarios…  

Recomendar en los tiempos actuales el estudio de las lenguas y culturas grecolatinas por quien en su día nadó culturalmente contra corriente vuelve a ser un acto de valentía contra el actual sistema cultural y educativo, y así se lo reconocemos.   

GRIEGO Y LATÍN
Por si fuera poca la especialización que conlleva la tecnología actual, nuestros queridos gobernantes se suman al carro de la deshumanización y amenazan con eliminar el griego y el latín de la enseñanza media. Con todos los respetos, quien esto escribe opina que, por el contrario, debería introducirse un curso entero de humanidades en las carreras técnicas, y se lo dice desde la experiencia —casi diría ordalía— que le confiere el haber completado, hasta el doctorado, dos carreras de ciencias.

Es improcedente, vulgar y bárbaro saber cómo se hacen las cosas sin saber por qué se hacen. Casi diría que es inhumano, pues lo que nos distingue —según dicen— de los seres no pensantes, es reflexionar sobre lo que estamos haciendo. El contenido de las asignaturas de humanidades —cuya base es el griego y el latín— consiste en lo mejor que se ha pensado y escrito sobre la condición humana. Los defectos y las virtudes de griegos o romanos son los nuestros; los siete pecados capitales siguen aquí, aunque hayan pasado de moda el carro, la bicicleta o la guillotina. La condición humana ha cambiado muy poco en 2000 años y si nos enfrentamos a los mismos problemas que los griegos, necios seríamos al ignorar las soluciones que ellos les dieron.

El lector puede hacer una prueba: tome las cartas de Séneca a Lucilio; en ellas encontrará todas las situaciones, escollos, problemas, soluciones, errores, buenos deseos, propósitos y desastres que conoce en su propia vida. ¿Cómo es posible que Séneca escriba de cosas tan actuales? Porque la estupidez es intemporal.

Ahora que los jóvenes ambiciosos quieren ser yupies, no estará de más recordar que los banqueros de la City londinense son licenciados en humanidades por Oxford y Cambridge. El imperio británico fue administrado por gentes educadas en las humanidades, no en análisis de sistemas.

Unas asignaturas más de técnica, ganadas a costa de la literatura e historia antiguas, de las lenguas muertas, no cambiará el nivel de los ingenieros; en cambio, una dosis de humanidades le puede cambiar la vida a muchos. Quizás sea eso lo que no se desea: que los técnicos tengan criterio. ¿No es ésta la idea matriz de la democracia, que necesita ciudadanos educados —todos— para decidir sobre la "res publica"? Al final, si uno lo mira bien, resultará que eliminar el griego y el latín de las escuelas es un atentado contra la democracia.                                              

                            Luis RACIONERO, Republica.com 10-11-2013                                                                                                







Luis Racionero, Memorias de un liberal psicodélico, Barcelona: RBA, 2011, pp. 42-48; 165; 383.

19 de agosto de 2014

En el bimilenario de Augusto

SU nombre era Gayo Octavio, como el de su padre y el de su abuelo. Al ser adoptado por Julio César y aceptar ser su heredero, asumió el nombre de su tío paterno, del que pudo distinguirse por el sobrenombre de Octaviano.

En las luchas por hacerse con el poder en Roma tras el asesinato de César, derrotó a Marco Antonio y Cleopatra en la batalla naval de Accio (uno y otra acabarían suicidándose). 

Tiempo antes, cuando él y Marco Antonio pensaban compartir el poder, éste le pidió la cabeza de Cicerón, que se había convertido en su implacable enemigo en las Filípicas (que contra él esgrimiera como Demóstenes contra Filipo). No le importó dársela en el intercambio de nombres a proscribir, pese al apoyo político que siempre había recibido del famoso orador. 

Cuando llegó al poder, moribunda ya la República, Octaviano realizó un censo y en la lista se colocó el primero a título de princeps, es decir, de primer ciudadano de Roma (de ahí 'principado', el nuevo régimen político). Aparentó devolver poderes al Senado, que le correspondió otorgándole en 27 a. C. el título religioso de augustus ('venerable'). Augusto divinizó a Julio César y se hizo llamar Divi filius ('hijo del Divino'). Además, se antepuso el título de imperator ('comandante') por sus victorias militares, razón por la que el hasta entonces Gayo Julio César Octaviano empezó a ser Imperator Caesar Divi filius Augustus


Augusto inauguró una nueva etapa en la historia de Roma que duró cinco siglos (27 a. C. - 476 p. C.): el Imperio o Principado, del que fue el primer emperador. Concentró en su persona los poderes máximos y realizó un cambio total en las estructuras políticas del Estado. Limitó las funciones del Senado, reorganizó las provincias, fortaleció las fronteras, impulsó la economía y reformó la religión y la moral de Roma. Todo ello en medio de una paz duradera tras cinco guerras civiles.


En estas nuevas circunstancias, muchos partidarios de la República y sus valores de libertad contrarios al poder de una sola persona se plegaron a su pax Augusta. En el campo de la literatura, al amparo de Augusto y de Mecenas (su «ministro de Cultura»), Roma alcanzó una aetas aurea eternamente celebrada. En efecto, los poetas Virgilio, Horacio, Propercio, Tibulo y Ovidio, además del historiador Livio y el tratadista Vitruvio, escribieron las mejores obras de la literatura latina, y por ende universal, bajo este nuevo régimen político.

A la muerte de Virgilio, Augusto ordenó que la Eneida no fuera echada al fuego, como el poeta quería por considerarla inacabada, sino que se publicara sin retoque alguno. En el poema, el héroe Eneas estaba destinado a fundar un imperio para gobernar el mundo y con él podía ser identificado Augusto. A Horacio le había encargado el Canto secular, un himno dedicado a Diana y Apolo para glorificar a Roma. A Ovidio, en cambio, lo mandó al destierro tras publicar el Arte de amar, obra de corte erótico que perturbaba los principios morales que deseaba instaurar. 


Augusto estableció su residencia en el Palatino y embelleció Roma. Se gloriaba de haberla dejado de mármol habiéndola recibido de ladrillo, según dice Suetonio (Urbem... sit gloriatus marmoream se relinquere, quam latericiam accepissetAug. 28). En el Foro Romano terminó la Curia, la basílica Julia y los Rostra. Renovó el templo de los Dioscuros y el de Vesta. Mandó construir el templo del dios Julio. Terminó las obras del teatro de Marcelo. Levantó un nuevo foro junto al de César, el Foro de Augusto, presidido por el templo de Marte Vengador que conmemoraba la venganza obtenida contra los asesinos de César. En el Campo de Marte mandó construir el Ara Pacis Augustae ('Templo de la Paz Augusta').



Augusto murió el año 14 de nuestra Era, el día 19 de agosto. 'Agosto' sustituyó como nombre del mes al primitivo sextilis, sexto mes del año empezando por marzo, que era el primero para los romanos. Según Macrobio (Saturnales I 12), fue durante el sexto mes cuando Augusto asumió su primer consulado, cuando entró en Roma para celebrar sus tres triunfos, cuando sometió a Egipto al imperio del pueblo romano y cuando finalizaron las guerras civiles; y por ello el Senado decidió que el sexto mes del calendario se llamase 'augusto', y de ahí el nombre del mes.

Así es que en este año de 2014 que vivimos peligrosamente se conmemoran los dos mil años de la muerte de este gran personaje de la Historia, César Augusto, cuyo legado sigue vivo en nuestros días tanto en Roma como en España.

En España, en algunas de las ciudades originariamente fundadas por él y que llevan su apellido, como Mérida (Emerita Augusta), Zaragoza (Caesar Augusta) o Lugo (Lucus Augusti), se vienen celebrando variopintos actos culturales conmemorativos de esa fecha destinados al público ávido de conocimientos.

En Roma, el mismo Foro de Augusto está sirviendo de escenario para un audiovisual nocturno all'aperto en el que cobran vida piedras y personajes de la antigua Roma. Por estas fechas, se ha sumado a los fastos del bimilenario de la muerte de Augusto el Museo del Ara Pacis, ofreciendo, superpuestos, los posibles colores originarios de los relieves del Altar de la Paz.