Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas

6 de agosto de 2022

Elegir Clásicas

HA traído cola la noticia de que un estudiante de nombre Gabriel Plaza, que ha obtenido la mejor nota en las pruebas de Selectividad de Madrid (13,96 puntos sobre 14), haya declarado a los medios de comunicación su deseo de estudiar Filología Clásica y ser profesor de Latín, por lo visto una cosa menor y despreciable.

Ha sido por cuatro gatos de Twitter que, con mensajes y pulgares arriba que lo dicen todo de sí mismos, se han lanzado a la yugular del joven haciendo gala del ingenio habitual de quien cree poner el dedo en la llaga y al mismo tiempo meterlo en el ojo. Los argumentos de este acoso y derribo (pues el chico ha tenido que cancelar su cuenta), han sido básicamente dos, típicos y tópicos. Y aunque han salido en apoyo del estudiante muchos periodistas y escritores de renombre, como Sergio del Molino («La ambición de Gabriel»), y hasta un editorial de El País y por supuesto muchos otros internautas, damos aquí nuestra personal respuesta a los críticos de Gabriel faltos de cerebro. Estos han venido a decir, más o menos:

1. «Para cursar esa carrera solo necesitabas un cinco; has empleado mal tu tiempo; con un diez deberías aspirar a mucho más». 

Es verdad que para entrar en carreras de Humanidades puede bastar un simple cinco, pero este argumento no deja de tener una cortedad de miras alucinante. En cualquier circunstancia, o por lo menos en esta de superar una prueba (el ejemplo del deporte lo entiende todo el mundo), no conformarse con lo mínimo o lo suficiente nos parece digno de elogio. El afán de hacerlo bien, para su propia satisfacción (y también, ¿por qué no decirlo?, la de sus profesores, anónimos pero esenciales en este caso), honra a este futuro estudiante y docente de Clásicas. Poco grato es, creemos, ir chapoteando en la mediocridad.

En tiempos lejanos se descubrió la escasa preparación que exhibían los aspirantes a maestros precisamente en la Comunidad de Madrid. La sociedad y los políticos se llevaron entonces las manos a la cabeza y propusieron soluciones para los futuros enseñantes: aparte lo ya exigido por Bolonia (grado de cuatro años, es decir, más tiempo de estudio que anteriormente), miraron a otras latitudes y empezaron a pensar en una mayor exigencia para ingresar en especialidades como Magisterio y en un MIR de profesores que sería la panacea. Ahora que alguien desea acceder a una carrera con intenciones de docencia no con un cinco, sino con un catorce, le reprochan que, con tal grado de excelencia, se limite a ser un simple profesor. ¿No exigían algunos que a la docencia deberían ir los mejores, para deshacer el tópico de que «el que no sabe, enseña»? Vivir para ver.

                                                   La felicidad preferible al éxito seguro

2. «Esa carrera (de filología) que has elegido no tiene salidas; acabarás en el paro o de camarero». 

Si hay carreras que no tienen salida es porque la sociedad y los políticos, estos pendientes solo de los votos y de su medro personal o de partido, las rechazan tachándolas de improductivas. No producen, no generan trabajo. No están arriba en las listas de empleabilidad. Con esta mentalidad cerrada, economicista y utilitarista acerca de las salidas de determinadas especialidades (no solo Filología Clásica), cercenan la demanda y, la poca que pueda haber, la abortan. Olvidan que no son las carreras las que tienen o no salida, sino las personas concretas que con esfuerzo, talento o constancia la posibilitan.

Acerca de los estudios y sus salidas ocurren hechos sorprendentes. La carrera de Filosofía ha experimentado una notable demanda en los últimos años y una reevaluación de sus expectativas de futuro. A raíz de la polémica de estos días en torno a la Filología Clásica, alguien ha ido a los datos y nos informa de que, al menos en lo que se refiere a sueldo, está por encima de otras especialidades más llamativas. 

En definitiva, elegir Clásicas es una gran opción para un estudiante excelente que prefiere la felicidad al éxito seguro.

13 de abril de 2022

Una larga lucha (sin final)

UNA nueva ley educativa está completando sus pasos, la LOMLOE, llamada «ley Celáa», la octava de la democracia. Antes ha habido otras siete leyes y, para dejar en ellas su nebulosa impronta, veinte ministros y ministras cuyo nombre, olvidado ya pero consultable en la Wikipedia por quien quiera, ha quedado vinculado para siempre al calamitoso sistema educativo español. 

Ninguno de esos nombres alcanzará el reconocimiento en su campo que tuvo el no hace mucho fallecido Francisco Rodríguez Adrados (1922-2020) en la defensa del estudio del Latín, el Griego y la Cultura Clásica en la enseñanza secundaria. Quien fue el helenista más importante de España y profesor de Instituto durante quince años y de Universidad, además de desarrollar una inabarcable actividad investigadora y docente, dedicaba mucho tiempo a entrevistarse con las autoridades ministeriales de turno para intentar salvar la situación cada vez más precaria en que caían las lenguas clásicas en el Bachillerato con cada nueva ley educativa.
 

Rodríguez Adrados batalló contra la deriva política y pedagógica desde las páginas de los periodicos, en artículos luego recogidos, hasta 2002, en el libro Humanidades y enseñanza. Una larga lucha. Extraemos ahora algunas ideas, sin apostillas por nuestra parte, de este libro, en realidad ya antiguo, en su larga lucha en favor de las Humanidades, en favor de todos nosotros, a veces como vox clamantis in deserto. Lo que sigue es una relación sincrónica de los frentes abiertos, vigentes hasta hoy mismo, después de veinte años, de los estudios clásicos frente a la Administración educativa. 
 
*        *        *  
 
Las lenguas clásicas en el Bachillerato

La decadencia del bachillerato se aprecia en la progresiva reducción de cursos, hasta llegar al actual de dos años. Un «mini-bachillerato» de dos años no es homologable en Europa, no se da en parte alguna, salvo en Suecia. No se pueden proponer años de facilidad y luego, abruptamente, un Bachillerato especializado de dos años (p. 69). 

La decadencia continúa con la eliminación o reducción drásticas de las materias consideradas «difíciles», entre ellas muy singularmente las lenguas clásicas, que, junto con la Literatura, la Historia y la Filosofía, son materias humanísticas. La lengua española que se estudia no es sino un instrumento para la vida corriente, sin mayor relación con la literatura y la cultura. ¿Qué historia del español u otras lenguas románicas –se pregunta Adrados– va a hacerse sin las lenguas clásicas? Sin embargo, entran en el currículum de las enseñanzas medias asignaturas (Economía, Sociología, Psicología, Pedagogía), que han sido siempre disciplinas universitarias. «Mientras no se cree un Bachillerato de cuatro años ni las Humanidades Clásicas ni lo demás tienen futuro» (p. 185). El descenso de las Humanidades en la Enseñanza Media es, pues, un síntoma de la decadencia de ésta.

La Universidad

La Universidad está en conexión con las enseñanzas medias: si en estas el nivel de exigencia y de estudio de las lenguas clásicas desciende hasta lo impensable, se pregunta Adrados qué sentido tiene formar ampliamente a los alumnos universitarios. 

La facultad de Filología la han constituido siempre las lenguas clásicas y las modernas. Pero ahora se asiste a su fragmentación en numerosas facultades, a las que se añaden titulaciones como la llamada «de Humanidades»; piensa Adrados que las Universidades crearon demasiadas secciones de Filología Clásica, así es que muchas están en declive, con escasos alumnos (p. 235).

La importancia del latín y el griego

Muchas veces el defender la importancia de las lenguas y culturas clásicas requiere poner ejemplos que la Administración sea capaz de entender, caiga en la cuenta del error y rectifique en el tratamiento de estas asignaturas en los planes de estudio.

De Grecia provienen los conceptos de Ciencia, Democracia, Enseñanza para todos y el vocabulario científico en general. «Fueron los griegos los que inventaron el término cosmopolita, 'ciudadano del mundo'. Fueron los romanos los que dieron el modelo de toda organización supranacional, de toda comunidad entre las más varias naciones», señala el profesor Adrados, para quien el latín es una disciplina relacionada con todas las Humanidades, materia central de la cultura y tan universal que ha llegado a Rubén, Unamuno, Altolaguirre, Cernuda, Gil Albert, Lorca, Miguel Hernández, Pérez de Ayala, Baroja (su Zalacaín tiene temas de la Ilíada). «Sin el Humanismo clásico no se comprenderían el Renacimiento, la actitud del hombre europeo ante América, la Revolución Francesa, la misma idea de Europa» (p. 123). Colón no hubiera descubierto América si no hubiera sabido latín, afirma Adrados (p. 73).

El valor universal de los estudios clásicos queda recogido en este párrafo: «Las Humanidades Clásicas no son sólo para unos pocos especialistas, son también para los cultivadores del Derecho, la Historia, la Filosofía, la Sociología, el Periodismo, Ciencias de la Información, Políticas, la Literatura. Y, en la medida que sea, las Ciencias: su espíritu es griego y su vocabulario sigue siendo, en lo esencial, griego y latino» (p. 187).

Defensa social de las Humanidades

Las lenguas clásicas han estado necesitadas de apoyos y adhesiones. Adrados consigna el 'Congreso de la Unión Latina' de 1990 del que se hizo eco El País, diario muy significado a la hora de defender el latín (editorial de 24-IV-1985); o el 'Manifiesto por las Lenguas Clásicas' de 1997, de gran acogida entre personalidades de letras ajenas al gremio de los latinistas, que en esos momentos de tribulación para las clásicas escribían en la prensa artículos de recuerdo y elogio del latín, lo que lleva a decir a Adrados: «Está mucho menos muerto de lo que se decía: mueve pasiones» (p. 50).

Políticos y pedagogos

El político no lee mucha literatura, dice Adrados; y es ante él ante quien hay que esgrimir los argumentos («alguien ha de hacer la tarea», p. 133) que salven la posición o aminoren el recorte al latín y el griego en los planes de estudio de los diferentes gobiernos. Aparecen a lo largo de estos artículos nombres de ministros, partidos políticos y posturas ideológicas: la retórica pedagogizante y antihumanística de los pedagogos, las promesas de Javier Solana, el gobierno del Partido Popular que se limitó a gestionar la anterior legislación (p. 160). Con las Autonomías llegó la desnacionalización de la enseñanza (p. 41) y el ascenso de diecisiete «ministros» de educación («Los ministros van a más y los maestros a menos, pese a las etimologías», p. 133).    

Auge de traducciones clásicas

El panorama educativo para el latín, el griego y la cultura clásica es desalentador. Pero, paradójicamente, sucede todo lo contrario en el mundo editorial y del público lector. Las traducciones al español de los clásicos se han renovado a lo largo de los últimos años, tanto que toda editorial de divulgación de conocimientos generales que se precie tiene en su catálogo una colección de clásicos grecolatinos. El Tucídides que Adrados tradujera en 1952-1955, por ejemplo, se puede conseguir en otras varias traducciones más aparecidas recientemente en poco tiempo.

17 de mayo de 2013

Sin fines de lucro

LA paradoja o el sarcasmo quiso hacer coincidir en el tiempo y el espacio (lato sensu: 2012, Oviedo) a Martha C. Nussbaum, filósofa estadounidense, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2012, con José Ignacio Wert, sociólogo, a la sazón ministro de Educación y Cultura del decadente Reino de España, siendo como son dos figuras antagónicas.

Una, profesora en universidades norteamericanas prestigiosas, ensayista de numerosa obra, influyente en cuestiones de ética, educación y ciudadanía a nivel mundial, pese a quien pese; además, conocedora del pensamiento griego y galardonada con el premio Príncipe de Asturias por «su contribución a las humanidades, la filosofía del derecho y de la política, y por su concepción ética del desarrollo económico».

El otro, sociólogo de una universidad española, ministro de educación sin escaño, tertuliano, político tocado por el falible y arbitrario dedo de un presidente de Gobierno para, con poderes absolutos (democráticos, cierto), irrumpir como elefante en cacharrería en la educación de la sociedad española.

El preámbulo del primer anteproyecto de la LOMCE (25-09-2012) auspiciada por el ministro Wert contenía el siguiente disparate educativo neoliberal (posteriormente eliminado), que podemos situar en las antípodas del pensamiento de la filósofa premiada:  
La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global. 
El cambista y su mujer (detalle), Quentin Massys
Martha Nussbaum critica en un reciente ensayo, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010), los sistemas educativos que persiguen el beneficio económico. «Las sociedades democráticas que buscan la rentabilidad producirán generaciones de máquinas utilitarias», advierte (p. 20). Aboga por la presencia de materias de artes y humanidades en los planes de estudio universitarios y de enseñanza secundaria. Son estas materias, sin desdeñar las científicas y tecnológicas, las que dotan de pensamiento empático y crítico al estudiante y le blindan contra la retórica y la demagogia de los políticos; las que ayudan a vigilar y mejorar la salud de la democracia, formando ciudadanos que, como Sócrates, cuestionan la autoridad y no son fácilmente dóciles y obedientes.


Pero además de esto, los estudios en humanidades, dice Nussbaum, no están exentos de oportunidades en el mundo de la empresa: «En repetidas ocasiones, las empresas eligen contratar a las personas que tienen una formación de grado en disciplinas humanísticas antes que a las que cuentan con una formación preprofesional más estricta, precisamente porque consideran que las primeras poseen la flexibilidad y la creatividad necesarias para prosperar en un ámbito empresarial más dinámico» (p. 152), idea ésta concordante con la expresada por la actual presidenta y CEO de Yahoo!, Marissa Mayer.

Las últimas páginas del libro, sin embargo, revelan la decepción de Nussbaum ante Barack Obamaun político que, a pesar de haberse formado en humanidades (en el Occidental College y en la Universidad de Columbia), una vez en el poder viene insistiendo en un programa educativo típicamente tecnócrata y economicista. 

Este desolador panorama, de relegación de las humanidades en los EE UU, es el que últimamente ha empujado a Gerald Conti a presentar su renuncia como profesor de Historia y Humanidades en el instituto de Westhill de Nueva York después de nada menos que veintisiete años de docencia. El suyo ha sido un gesto que rebasa lo meramente personal para convertirse en simbólico, en el símbolo de la derrota ante una clase política (lo mismo da neoliberal que socialdemócrata) y una sociedad idiotizada que vuelven la espalda a los estudios humanísticos, en un tiempo que mercantiliza la educación y que por ello sólo podrá traernos «decadencia moral e intelectual».     

24 de marzo de 2013

Arrepentidos de no haber estudiado latín


EN aquellos tiempos en que los políticos (entonces socialistas) desalojaban al latín de la enseñanza media, Antonio Muñoz Molina confesó en un artículo estar arrepentido de no haber aprendido el suficiente latín para poder sumergirse en los versos de Virgilio, la prosa de Tácito o los poemas amorosos de Catulo.

El artículo, elegante y culto (si omitimos el paréntesis final, pues amén no es palabra latina, sino hebrea), comienza valorando poéticamente (y por ello con mayor fuerza que de otro modo) las virtudes lingüísticas y culturales del latín. Luego, una transición autobiográfica a la adolescencia, típica del autor, le lleva a recordar al profesor ciego y atrabiliario que amargaba la vida de los escolares como él con las clases de latín. 

El deseo de un retorno del latín a la enseñanza media, por último, le inspira a Muñoz Molina profetizar en el artículo —puro wishful thinking— la llegada de un ministro de educación que concedería al latín el valor que se merece. Ha transcurrido el tiempo, y veinte años después, más o menos, el ministro profetizado sólo puede ser José Ignacio Wert. Sin embargo, el reconocimiento anhelado no se ha producido por obra y gracia del citado ministro, quien en el lance se inhibe y pone en manos de otros el latín que el escritor admira, arrepentido de no haberlo estudiado en su momento. En este detalle de suma importancia la predicción, desgraciadamente, ha fallado.

Si entonces los políticos socialistas a Muñoz Molina le parecían ignorantes, por su menosprecio del latín, ¿qué le pueden parecer los neoliberales y tecnócratas que actualmente están en el poder y tienen el propósito de reducir a la mínima expresión todas las disciplinas humanísticas en la enseñanza secundaria?

He aquí, en fin, el texto del que estamos hablando: 
  
PALABRAS EN LATÍN
 
En el bachillerato español el estudio del latín desaparece como asignatura obligatoria. En el bachillerato francés, mientras tanto, se le agrega un curso más, porque después de años de abandono y de desprecio se va comprendiendo que el latín es no sólo la médula de nuestros idiomas, sino un alimento poderoso y vigorizador para la inteligencia, un tesoro deslumbrante de plasticidad y precisión. "El trigo es sagrado, el latín es sagrado", dice Ezra Pound. Las palabras latinas nos parece que nombran más las cosas, que contienen nuestras palabras españolas y las de todos los idiomas que nos son próximos, y cuando gracias a lo que estudiamos hace muchos años encontramos en una palabra habitual la evidencia de su etimología latina es como si encontráramos el fragmento de un tesoro, una palabra igual de brillante y nítida que un guijarro pulido por el agua. El latín siempre tiene algo de salmodia y conjuro para quienes aún nos acordamos de las últimas misas en latín, cuando nuestra madre nos llevaba de la mano a la iglesia y el sacerdote oficiaba de cara al altar, dándoles la espalda a los fieles, como dedicándose a una tarea misteriosa y privada de la que a nosotros solo nos llegaban sus palabras, doradas y herméticas como los ornamentos y los gestos. 

Decía Borges que los católicos creen en la vida de ultratumba, pero que no se interesan por ella, y que a él le ocurría exactamente lo contrario. Los católicos, a diferencia de los incrédulos ilustrados, no parece que se hayan interesado mucho por las manifestaciones visuales de su religión, y del mismo modo que ahora uno lamenta que la música que se escucha en las iglesias esté por lo común más cerca de José Luis Perales que de J. S. Bach, también echa de menos la sombría majestad del latín, y comprende a aquel católico converso, reaccionario y beodo que fue el gran Evelyn Waugh, quien lamentó hasta el final de su vida el abandono del latín en las ceremonias religiosas. (Pero es que el trato entre la Iglesia católica y la modernidad, cuando no es conflictivo, resulta desastroso: para salir de la Capilla Sixtina hay que atravesar, como una perversa penitencia, las salas de una cosa llamada Museo Vaticano de Arte Moderno, que es una apoteosis de la vanguardia eclesiástica de los años sesenta, un shock comparable al de ver una escultura de Botero después de haber visto un Miguel Ángel o escuchar el Capricho ruso de Luis Cobos a continuación de la Pavana de Fauré). 

La sintaxis latina tiene la plasticidad ascética de una columna o de un busto romano, y cuando uno lee en voz alta una inscripción en una estela funeraria le parece que esas palabras resuenan muy lejos y muy hondo, que lo aluden aunque no las comprenda, que contienen un máximo de nobleza y de severidad moral igual que el retrato en bronce o en mármol de un senador desconocido contiene una plenitud de identidad humana que sobrevive intacta al olvido y al paso de los siglos. En los corredores con estatuas del Vaticano, en el Museo Romano de Mérida o en el Metropolitan de Nueva York una cabeza romana es tan imperiosa como una palabra o una inscripción latina, irradia una sugestión personal de verdad más ineludible que la de un rostro de Velázquez o una fotografía de Cartier-Bresson. Lee uno a Montaigne, que usa tantas citas latinas, y por culpa de su ignorancia tiene que acudir siempre a las notas a pie de página, y comprueba siempre que lo que en latín es un verso o una sola línea en la traducción es un párrafo premioso, un circunloquio lento que no alcanza nunca la síntesis musculada y desnuda de las palabras originales. 

De quien sabía mucho se decía hace tiempo que sabía latín. En una de las obras más grandes de Valle-Inclán, Divinas palabras, basta una frase declamada en latín para que el mundo casi se detenga, para que una muchedumbre vengativa y cruel quede sometida a la inmovilidad. En los siniestros colegios de curas de mi adolescencia el latín era una cosa penitenciaria y clerical que todos odiábamos, una aridez y una monotonía de declinaciones que rondaba siempre con el castigo y nunca con la alegría de descubrir y aprender. A los trece años, en un aula grande y sombría en la que siempre era invierno, nos daba clase de latín un hombre ciego y colérico que pasaba lista recorriendo con sus dedos blandos unas hojas amarillas en braille y que tenía sobornados en secreto a unos cuantos alumnos para que espiaran a los otros y le contaran luego lo que él no podía ver. Había medido en pasos exactos las dimensiones del aula, la anchura de la tarima, la longitud de las filas de pupitres y la distancia entre ellas, y cuando algún interno malvado quería vengarse de una mala calificación lo único que hacía era cambiar de sitio unos centímetros su banca: entonces el profesor, al pasearse entre ellas leyendo nuestros nombres en braille, chocaba con un obstáculo imprevisto, y el duro canto de madera se le clavaba justamente en las ingles. Se quedaba callado, apretando los labios, no decía nada, pero se le dilataban las aletas de la nariz, y los ejercicios de gramática latina se volvían más incomprensibles y crueles. 

Con el paso del tiempo, de lo que uno se arrepiente sobre todo es de las cosas que no hizo cuando tuvo ocasión. Yo me arrepiento ahora de no haber aprendido latín, de no poder sumergirme como en un continente de maravillas y prodigios en los hexámetros de la Eneida, en los epigramas amorosos de Catulo, en la prosa de Tácito. En los institutos españoles, y gracias a la enérgica vocación de ignorancia de los gobernantes socialistas, el latín se va convirtiendo en un saber casi clandestino, en una de esas aficiones vergonzantes que desacreditan a los ya fracasados. Que ahora vuelvan a vindicarlo en el bachillerato francés nos deja, sin embargo, una posibilidad de esperanza. Los cerebros pedagógicos españoles copian siempre las modas francesas o norteamericanas, sólo que con dos décadas de retraso. Dentro de veinte años, aunque ahora parezca inconcebible, un ministro de educación español descubrirá las virtudes del latín. Amén. (Que en latín quiere decir: así sea).   
                                         
                              Antonio MUÑOZ MOLINA, El País, 11-01-1995
                                                                                     

24 de marzo de 2012

Sagrado latín

   

ESTOS son los textos que merecen ser coleccionados para componer una posible antología en defensa del latín: los de escritores y personajes que nada tienen que ver con el gremio de los latinistas. Y para encabezar esa colección, ningún texto mejor que el Sagrado latín de Juan Manuel de Prada

Me doy cuenta de que he escrito «defensa» en lugar de «alabanza», pero es que los tiempos están para defender, más que otra cosa, las lenguas y culturas clásicas. Antes se hacía a capa y espada en los despachos de los ministros socialistas pedagogizados o de los conservadores pusilánimes; ahora, habrá que volver a hacerlo ante la amenaza de los ultraliberales y los tecnócratas economicistas. En cualquier caso, siempre en peligro, como una especie no protegida a punto de extinguirse. 

Yo la vindicación o propaganda del latín la haré a mi manera —con cosas del pasado y del presente— en este blog, uno más entre los más de cuatrocientos sobre el tema que ya pululan por la Red.  

Para empezar, elogiando el artículo de De Prada. Me parece muy intenso, en su típico estilo grandilocuente (grandilocuente, pero preciso); un artículo lleno de nostalgia, emoción y gratitud. Una pequeña obra maestra del género del encomio.
        
SAGRADO LATÍN
Con legítimo orgullo, puedo decir que pertenezco a esa última generación de españoles que frecuentaron el latín en la escuela, antes de que un puñado de pedagogos o esbirros de la estupidez lo relegaran al desván de los cachivaches inservibles. Con legítimo orgullo, puedo asegurar que, sin el latín, yo jamás habría aprendido la minuciosa aritmética del idioma, esa melodía exacta e infalible que algunos llaman sintaxis, ese orden interior sin el cual la escritura sería un galimatías, una jerga sin leyes, sometida al capricho de los ignorantes. Con legítimo orgullo, puedo confesar que, si el latín no hubiese intervenido en mi adolescencia, jamás habría aprendido la vida íntima de las palabras, las conexiones sutiles que entablan, sus jerarquías secretas, su química indestructible, esa sagrada resonancia que las impregna, esa belleza trémula que las recorre y alimenta. Con legítimo orgullo, puedo afirmar que adquirí la música del idioma gracias al latín; luego, escuchando la verborrea de tantos políticos, he comprendido las razones que los impulsaron a desterrar el latín a un arrabal de olvido: no les convenía que ese fuego sagrado que habían dejado extinguir alumbrase a los demás. Tuve maestros que me infundieron el entusiasmo del latín y me contagiaron su arquitectura irreprochable. 

Tuve maestros que me ayudaron a escandir un hexámetro, a respetar las concordancias y distinguir un ablativo absoluto, estrategias que los zafios creen inservibles, pero a las que aún recurro, inconscientemente, cada vez que elaboro una frase. Tuve maestros que me iniciaron en la liturgia del latín y me descubrieron su herencia: ahora sé que nuestro idioma, esa argamasa dúctil que moldeo cada día al despertarme, no sería posible si no existiese un armazón previo que lo justificara, una relojería puntual que lo sostuviese. Por eso me sublevan quienes reducen al latín a la categoría de las reliquias, cuando su reino es –y seguirá siendo– el de la vida. 

Aún recuerdo el escrupuloso placer que me reportaba desentrañar una égloga de Virgilio, un discurso de Cicerón, un pasaje bélico de César; de repente, lo que a simple vista parecía una sopa de letras, adquiría esa claridad cegadora de las revelaciones, y uno se sentía capaz de seguir explorando el mundo, con el bagaje riquísimo de las declinaciones. Aún recuerdo aquel júbilo que me producía el hallazgo de un adjetivo solitario que concordaba con un sustantivo casi oculto, dos hexámetros más abajo. El latín tenía esa grandeza iniciática. El idioma surgía ante nosotros, incólume y sin embargo familiar, como una estatua de carne. Hoy contemplo con vergüenza esa labor destructiva que han emprendido algunos pedagogos, so pretexto de modernidad, hasta convertir esa estatua de carne en un montón de ruinas, y me pregunto: ¿Hasta cuándo la barbarie?                                            

                                        Juan Manuel de PRADA, ABC, 24-01-1997
                                       Reserva natural (1998), p. 173