16 de agosto de 2026

Más allá de los libros azules de Gredos (o el canon de la literatura grecolatina)

HEMOS visto el precio desorbitado que alcanzan en el mercado de segunda mano algunos libros de la Biblioteca Clásica Gredos, aquellos primeros «encuadernados en cartoné, con similpiel de color azul oscuro y letras capitales doradas» (Wikipedia). Fue desaparecer esta colección, tras ser comprada la editorial Gredos, a la que pertenecía, por el Grupo RBA en 2006 y dispararse el deseo de tenerlos y el precio pagado por ellos, valorándose su indudable calidad material, editorial y científica, pero, por encima de todo, la escasez de ejemplares disponibles. Esta avidez coleccionista y la exaltación del nivel académico de la colección que vemos en algunos youtubers nos provocan algunas reflexiones.
 
 
Los libros de la BCG siempre fueron caros. Comenzaron su andadura en 1977. En 1995, el volumen que contenía Bucólicas, Geórgicas y Apéndice Virgiliana costaba 3.500 ptas, lo que equivaldría hoy, ajustando la inflación, a 48,50€. Por lo mismo, las Epístolas morales a Lucilio I se venderían hoy por 42,50€. ¿Qué estudiante o profesor o lector actual puede permitirse (o le apetece) pagar 91€ por tan solo dos ejemplares? No eran ni son libros para, a nivel particular, coleccionar o revender, sino para elegir, leer y estudiar. Elegir, en función de múltiples razones. Para tener en la mesilla de noche o llevarse en un viaje cultural, por ejemplo, ¿quién optaría por alguna de las ediciones de «fragmentos» publicadas por la BCG? Nadie, probablemente. Es preferible, desde luego, tener a mano a Horacio o a Marco Aurelio, y para estos y para otros autores canónicos hay magníficas ediciones y traducciones más allá de los libros azules de Gredos.   
 
Su calidad material, ciertamente, era excelente, pero solo hasta el momento de empezar a leer. Entonces el estampado de oro se iba esfumando y había que hacer «algo» para que el título y el número del lomo no desaparecieran por completo. Por no hablar de los bordes del lomo, a menudo desprendidos, como se aprecia tanto en ejemplares restaurados o expurgados de las bibliotecas como en obras mayores (esta vez de color rojo) de la misma editorial, tal la Mitología Clásica de Ruiz de Elvira.
 
Se da la paradoja de que un libro azul de Gredos leído, usado y trabajado, pierde todo su atractivo para los coleccionistas, mientras que un libro nuevo e intacto posee el mayor de los valores, que se incrementa si el libro es raro o difícil de hallar. Con esto llegamos a la gran contradicción: coleccionar sube el precio del libro; leer o estudiar, acaso subrayar, lo baja. Estamos ante coleccionismo y el coleccionismo es pasional e irracional.
 
Es difícil comparar (y en consecuencia elegir) entre distintas ediciones de los clásicos grecolatinos existentes en el mercado, pero, además, injusto, por los estudiosos y profesores que están detrás de ellas y dedicaron un gran esfuerzo a esa tarea; porque cada editorial o colección tiene sus propias características y normas, según el público al que van dirigidas, y estas no dependen de ellos. ¿Qué desea el lector hodierno de clásicos grecolatinos: calidad material del libro, académica de introducciones y notas, o solo de traducción? Si quiere el «tres en uno» y tiene presupuesto, probablemente elija Gredos (eligiera, pues ya no...) y se quita el problema de encima. Pero si quiere una buena traducción que le ponga en contacto con el autor, su colección de clásicos no se verá azul en los estantes de su biblioteca, sino azul, verde (más verde que azul, si quiere cotejar el texto original, griego o latino, en la colección Alma Mater) y, desde luego, blanca y de distintos formatos (Alianza, Cátedra, Akal, Planeta). Y si quiere tener, como debería ser, las traducciones de Homero de Luis Segalá, no las encontrará, que sepamos, en ninguna de las editoriales citadas, sino muy cómodamente, con buenas introducciones y notas, en Austral, que también ha renovado sus traducciones de clásicos.

La BCG concluyó con la publicación de 415 volúmenes. ¿Por qué y para qué tenerlos y leerlos todos? No tiene sentido ni siquiera para un filólogo clásico, que también querrá irse de vacaciones o leer a Dostoievski. Basta, e incluso sobra, con reducir todos esos títulos a un canon: el canon de la literatura grecolatina. El que proponemos suma cien referencias (número simbólico de cualquier colección), 54 griegas y 46 latinas, advirtiendo de que el equilibrio en número de ambas literaturas es solo aparente. «Referencia» aquí incluye autores (ej.: Platón), grupos de autores (ej.: escritores de canto coral; pero Píndaro aparte por su importancia; líricos monódicos, pero Safo aparte por lo mismo) y obras colectivas o compilatorias (ej.: Antología Palatina; novela de amor griega). 
 
Evitamos recomendar ediciones y traducciones concretas (quede ello inter doctos). Sobre estas, puede consultarse —también en internet— el DHTE (Diccionario histórico de la traducción en España), con las escuetas y justas valoraciones que suele hacer de traducciones y traductores.
 
EL CANON DE LA LITERATURA GRECOLATINA 

LITERATURA GRIEGA
(por géneros y cronología)

Épica y didáctica
    1. Homero
    2. Hesíodo
    3. Himnos homéricos
    4. Apolonio de Rodas
 
Lírica
    5. Yambógrafos
            Arquíloco de Paros
            Semónides de Amorgos
            Hiponacte de Éfeso
    6. Elegíacos
            Calino de Éfeso
            Tirteo de Esparta
            Mimnermo de Colofón
            Solón de Atenas
            Jenófanes
            Teognis de Mégara 
    7. Lírica monódica
            Alceo de Mitilene
            Anacreonte
    8. Safo de Lesbos
    9. Canto coral
            Alcmán de Esparta
            Estesícoro de Hímera
            Íbico de Regio
            Simónides de Ceos 
            Baquílides de Ceos 
    10. Píndaro de Tebas
    Poesía helenística        
    11. Arato
    12. Calímaco
    13. Epigramistas helenísticos
              Asclepíades
              Meleagro de Gádara
              Páladas de Alejandría
 
 

    Género bucólico
    14. Teócrito de Siracusa             
    15. Bión
    16. Antología Palatina
 
Teatro (tragedia/comedia/drama satírico)
    17. Esquilo
    18. Sófocles
    19. Eurípides
    20. Aristófanes
    21. Menandro
 
Historia, geografía y biografía
    22. Heródoto
    23. Tucídides
    24. Jenofonte
    25. Polibio
    26. Estrabón
    27. Flavio Josefo
    28. Plutarco
    29. Arriano
    30. Apiano
    31. Filóstrato
    32. Diógenes Laercio
 
Filosofía y ciencia
    33. Presocráticos
              Empédocles
              Demócrito
    34. Platón
    35. Aristóteles
    36. Epicuro
    37. Epicteto
    38. Marco Aurelio
    39. Plotino
    40. Corpus hippocraticum 
    41. Galeno 
    42. Euclides
    43. Ptolomeo
    44. Teofrasto 
 
Oratoria, retórica, gramática, crítica
    45. Lisias
    46. Isócrates
    47. Demóstenes
    48. Dionisio de Halicarnaso
    49. Apolonio Díscolo
    50. Longino
   
Fábula, prosa ficticia y novelesca
    51. Esopo / Fábulas esópicas
    52. Luciano de Samósata
    53. Novela de amor y aventuras
              Caritón de Afrodisias
              Jenofonte de Éfeso
              Jámblico
              Aquiles Tacio
              Longo de Lesbos
              Heliodoro de Émesa
    54. Pseudo Calístenes
LITERATURA LATINA
(por cronología y verso/prosa)

Época arcaica
    Poesía
        Livio Andrónico
        Nevio
    1. Ennio
        Pacuvio
        Accio
    2. Plauto
    3. Terencio
    Prosa
    4. Catón
 
Época clásica     
    Época republicana
        Poesía
        5. Lucrecio
        6. Catulo
        Prosa
        7. César
        8. Cicerón
        9. Salustio
        10. Nepote 
        11. Varrón
    Época augustea
        Poesía
        12. Virgilio
        13. Horacio
        14. Tibulo
        15. Propercio
        16. Ovidio
        17. Manilio
        Prosa
        18. Vitruvio
        19. Tito Livio
 
Época postclásica
    Poesía   
        20. Fedro
        21. Persio
        22. Lucano
        23. Calpurnio Sículo
        24. Silio Itálico
        25. Valerio Flaco
        26. Estacio
        27. Marcial
        28. Juvenal
              Séneca (Tragedias
    Prosa
        29. Séneca el Rétor
        30. Veleyo Patérculo
        31. Valerio Máximo
        32. Curcio Rufo
        33. Séneca el Filósofo
        34. Petronio
        35. Celso
        36. Pomponio Mela
        37. Columela
        38. Plinio el Viejo
        39. Frontino
        40. Quintiliano
        41. Tácito
        42. Plinio el Joven
        43. Suetonio
              Floro
        44. Frontón
        45. Aulo Gelio
        46. Apuleyo 
 
 

____________________
Fernández Corte, J. C. y A. Moreno Hernández, Antología de la literatura latina, Madrid, 2014, Alianza / García Gual, C. y A. Guzmán Guerra, Antología de la literatura griega, Madrid, 2015, Alianza / Howatson, M. C., Diccionario abreviado de la Literatura clásica, Madrid, 1999, Alianza / Kytzler, B., Breve diccionario de autores griegos y latinos, Madrid, 1989, Gredos / Lafarga Maduell, F. y L. Pegenaute Rodríguez, Diccionario histórico de la traducción en España, Madrid, 2010, Gredos
 

21 de julio de 2026

Mitos clásicos en la poesía de Antonio Machado

COMO se vio anteriormente, Antonio Machado estudió en algunas asignaturas de Filosofía y Letras a los clásicos grecolatinos y tenía conocimiento de filosofía y poesía antiguas. Aquí escogemos tres momentos de su poesía en que recurrió a mitos o personajes de la mitología clásica. Sobra decir que ésta tiene un valor anecdótico en su obra. Mucho más importante, en cambio, es su concepción poética y filosófica: «La poesía es la palabra esencial en el tiempo», de raíz heraclitiana, como en «La fuente de piedra / vertía su eterno / cristal de leyenda» (Poesías completas, VIII). El panta rhei de Heráclito figura explícitamente en uno de los poemas al lado de su contrario nada corre (CLXXIII, -III-).    

1. «¡Ah, cuando yo era niño...»    Proverbios y cantares, XVIII (Poesías completas, CXXXVI)

                ¡Ah, cuando yo era niño
                soñaba con los héroes de la Ilíada!
                Áyax era más fuerte que Diomedes,
                Héctor, más fuerte que Áyax,
                y Aquiles el más fuerte; porque era
                el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia!  
                ¡Ah, cuando yo era niño  
                soñaba con los héroes de la Ilíada!
 

Es un breve poema nostálgico de la infancia que evoca a los héroes de la Ilíada mediante una gradación de menos a más fuerte según la consabida tradición: Diomedes, Áyax, Héctor y el más fuerte de todos ellos, Aquiles. Recordarlos, decir sus nombres, jerarquizarlos por su fuerza sin saber por qué, era el pensamiento inocente de aquel niño que soñaba con los héroes de la Ilíada

After killing Hector in hand-to-hand combat as revenge for the death of his friend Patroclus, Achilles drags Hector's body behind his chariot in... 

2. «A la muerte de Rubén Darío»                    Elogios (Poesías completas, CXLVIII)

En algunos poemas de Machado aparecen personajes de la mitología clásica con los que el poeta relaciona a ilustres intelectuales y escritores de su tiempo, con intención meliorativa por sí misma. El contexto es el encomio y en él cuadra la alusión mitológica como timbre de prestigio. Azorín aparece vinculado con Ulises («de la mar de Ulises / viniste»); Narciso Alonso Cortés, con Teseo («el poeta... quiere obrar la hazaña a que no osó Teseo»); un Valle-Inclán de «plúrima barba», con Caronte («tú, Caronte / de ojos de llama, el fúnebre barquero / de las revueltas aguas de Aqueronte»); Rubén Darío, con Apolo y Pan, como vamos a ver.

En «A la muerte de Rubén Darío» Machado pregunta retóricamente al admirado poeta que acaba de desaparecer:

           ¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno           (5)
           y con las nuevas rosas triunfante volverás?

Y concluye con el epitafio del padre del Modernismo:                 

           Pongamos, españoles, en un severo mármol,        
           su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
           nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,          
(15)
           nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

La lira es el instrumento característico de Apolo, el dios griego de la poesía y la música al que nadie podía superar, y la flauta el de Pan, divinidad pastoril. Solo estos dos dioses clásicos de la música están por encima de la poesía de Rubén Darío. Si están en este elogio fúnebre es porque eran patrimonio poético de Darío más que de Machado. Pan, Apolo, Términos barbudos y joviales y muchas otras figuras de la mitología clásica pueblan los poemas de las Prosas profanas (Buenos Aires, 1896) del poeta nicaragüense. En «Palabras de la satiresa», precisamente, están los versos de Darío que Machado recoge para su homenaje: «Y amando a Pan y Apolo en la lira y la flauta, / ser en la flauta Pan, como Apolo en la lira».

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De aquí provienen los ecos mitológicos machadianos y del poema fúnebre por Verlaine titulado «Responso», de las mismas Prosas profanas, que comienza así:

            Padre y maestro mágico, liróforo celeste
            Que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
                    Diste tu acento encantador;
            Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
            Hacia el propileo sacro que amaba tu alma triste,      
(5)
                    Al son del sistro y del tambor! 

            Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
            Que se humedezca el áspero hocico de la fiera,
                    De amor si pasa por allí;
            Que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;                
(10)
            Que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne
                    Y de claveles de rubí.

Tras la primera estrofa de invocación al «maestro mágico» como descendiente de Pan («Panida»), como Pan mismo incluso, sigue el resto del poema en una sucesión de subjuntivos desiderativos, que son los que adoptará Machado al final de su epicedio («nadie esta lira pulse», «nadie esta flauta suene»).

El poema de Machado refleja además ecos léxicos de Rubén:    

'nuevas rosas' ← 'sangrientas rosas' (v. 11)
'severo mármol' 'tumba' (13), 'sepulcro' (7, 20)
'ruiseñor de los mares' Filomena (el ruiseñor mitológico) (16)
'armonía del mundo'  'harmonía sideral' (36)

Darío escribió en la muerte de Verlaine y Machado en la de Darío. Darío llamó a Verlaine «liróforo celeste» y Machado a Darío «jardinero de Hesperia». Los dos poemas están enlazados por estilo y espíritu y tienen como punto de partida al poeta simbolista Verlaine (Simbolismo Modernismo Intimismo romántico).     

3. «Olivo del camino»    Nuevas canciones (Poesías completas, CLIII)

Solo en este poema, que sepamos, Machado utilizó un mito griego extensamente. Se trata del protagonizado por Deméter (Ceres para los latinos), diosa de la agricultura, que se detuvo en Eleusis en su búsqueda por el mundo de su hija Perséfone (Prosérpina), raptada por el dios Hades.  

La fuente clásica en que principalmente se desarrolla este mito es el Himno homérico a Deméter. Deméter, en efecto, recorría el mundo buscando a su hija. Adoptó la figura de una anciana y se trasladó a Eleusis, cerca de Atenas. «Afligida en su corazón, sentóse cerca del camino, en el pozo Partenio, adonde iban por agua los ciudadanos, a la sombra, pues en su parte alta había brotado un frondoso olivo» (vv. 98-100). Se dirigió al palacio de Céleo, rey del país, y entró al servicio de Metanira, esposa de Céleo, en calidad de nodriza. El niño que le confiaron era Demofonte. La diosa trataba de hacerlo inmortal poniéndolo al fuego durante las noches para despojarlo de sus elementos mortales, y aplicándole luego ambrosía ('inmortalidad'). Con esta ayuda divina el niño crecía de manera prodigiosa, hasta que Metanira sorprendió a Deméter y, dando gritos, interrumpió ese acto mágico. Deméter dejó el niño, que quedó entonces como simple mortal, pero con la gloria al menos de haber sido cuidado por una diosa.

El largo poema, de 125 versos, inspirado en el citado himno que Machado leyó en traducción francesa de Leconte de Lisle (así se deduce de las transcripciones de los nombres propios griegos, 'Keleos' aquí, 'Dionysos' en el citado poema a Rubén Darío), consta de siete partes que resumimos en forma de paráfrasis:

(I) Un viejo olivo solitario de ramas descuidadas junto a una fuente en los campos de Córdoba es, a ojos del poeta, semejante a las encinas de Castilla. 

(II) Este olivo quiere ser contemplado con el mismo sentimiento que antaño albergó el poeta hacia las encinas castellanas (paralelismos: olivo/encina, Andalucía/Castilla). A la diosa de ojos glaucos, Atenea, pide protegerlo.

(III) Expresa tres deseos en relación con el olivo: que acoja al suplicante, que sirva de reposo a la diosa Deméter en su paso por Eleusis y que vuelva a florecer el rito del peregrinaje de la diosa (¿simbolismo?). Bajo las ramas de este olivo hospitalario el poeta en su meditación quiere recordar a Homero.

➤ (IV) Llega Deméter disfrazada de humilde criada al palacio del rey Keleos, y la esposa de este la toma como nodriza de su débil hijo Demofón. El niño crece vigorosamente en manos de la diosa. 

(V) Una noche la madre, que espía a la nodriza, descubre que lo tiene envuelto en llamas y, aterrada, pone el grito en el cielo. 

(VI) Deméter se dirige a la escandalizada madre y al niño diciéndoles: a ella, que el fuego utilizado es el divino de una diosa; al niño, que no olvide fue una diosa quien lo crió más sano y fuerte y con el deseo de que fuera eternamente joven.

(VII) Describe todo aquello que en el campo favorece Deméter: el trigo, la siega con los bueyes, los huertos, los árboles frutales, las vides, las aceitunas que maduran. Concluye —en esta misma parte VII y no en una VIII—: Las aceitunas del apartado olivo del camino junto a la fuente (I) no serán cosechadas debido a que serán alimento de zorzales y estorninos. Como en (III), expresa tres deseos: que en las ramas de ese olivo anide el búho de la sabia Atenea; que la sed de una madre angustiada (Deméter) la haga detenerse allí; que con sus ramas pueda el poeta hacerse un fuego en un hogar en el campo junto a un río ✝ mejor que en un pueblo junto al mar (¿simbolismo?).

a single olive tree - olivo fotografías e imágenes de stock

Los críticos han considerado fallido este «Olivo del camino» que encabeza el libro Nuevas canciones (1924). «...Un poema del olivar cordobés, todo mezclado de pagana y exótica mitología (Atenea, Keleos, Demofón, Deméter). Al que viene de la emoción desnuda y traspasada de Campos de Castilla, este poema le produce —salvo destellos aquí y allá— una penosa sensación de acartonamiento», «el campo andaluz en una rígida cartonería mitológica» (D. Alonso). «Poema pesado, arqueológico [...], resulta malo, algo incoherente. Algunos versos al principio, y luego al final, sobre el olivo o las tierras rebosantes de frutos [...] ponen ciertas notas de color, mas en total es un peso muerto en la obra de Machado» (A. Sánchez Barbudo).

Una primera versión del poema —un «ante-texto»— publicada en la revista Índice de 1922 no desarrollaba la historia mitológica de Deméter en Eleusis (IV-V-VI) ni se extendía con los beneficios campestres que produce la diosa de la agricultura (VII). Era así un poema más breve, con «significado personal» y «cierto paralelismo formal con "A un olmo seco"» (J. M. Valverde). La vida del poeta quedaría simbolizada por los dos árboles: antaño, por un olmo seco con un brote de esperanza; hoy, por un olivo solitario, abandonado y apartado del resto. 

Machado había mencionado el mito de Deméter y Demofón tres años antes en el prólogo a la segunda edición de Soledades, galerías y otros poemas, de 1919 (la primera edición era de 1907). En ese texto compara los dos momentos culturales en que se publicaron ambas ediciones: el primero, «sofístico», dotado de «imaginería de cartón piedra»; el más reciente, el preferido por él por traer «una nueva oleada de vida». Y concluye aludiendo al mito de Deméter con la mente puesta en la renovación política y social de España: «Sólo lo eterno, lo que nunca dejó de ser, será otra vez revelado, y la fuente homérica volverá a fluir. Deméter, de la hoz de oro, tomará en sus brazos —como el día antiguo al hijo de Keleo— al vástago tardío de la agotada burguesía y, tras criarle a sus pechos, le envolverá otra vez en la llama divina». 

Con esta declaración y concomitancia con otros versos («divina lumbre») se ha intentado reinterpretar la parte mitológica (simbólica) del poema «Olivo del camino» en clave socio-política (E. Perulero Pardo-Balmonte), conforme a las siguientes correspondencias:

Demofón juventud española
Metanira («tal es, raza mortal, tu cobardía», v. 71) → burguesía
Deméterrenovación. 

Nosotros, en cambio, solo vemos dos:

Demofón burguesía débil
Deméter nueva juventud española (renovación),

pues en la frase «el vástago tardío de la agotada burguesía» la preposición 'de' no nos parece con valor posesivo (el vástago tardío de Metanira), sino explicativo o epexegético (el vástago tardío que es la agotada burguesía). Si es así, la burguesía agotada es Demofón, el hijo débil y tardío de Céleo, que recuperará su vigor cuando Deméter (la «nueva oleada de vida») se haga cargo de ella con su fuego taumatúrgico.

24 de junio de 2026

Formación académica y carrera docente de Antonio Machado

Machado

LA formación académica y carrera docente de Antonio Machado (1875-1939), aunque conocida, puede resumirse como sigue (*).

De niño, estudió en Madrid en la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza que dirigía Francisco Giner de los Ríos, sin libros de texto ni exámenes y al margen del currículum oficial (1883-1889). Tras aprobar el ingreso en el Bachillerato, en el Instituto San Isidro suspendió Latín y Castellano, asignaturas que, el curso siguiente en el Cisneros, tampoco aprobó, ni siquiera en septiembre. Machado solo completaría el Bachillerato en 1900, ocupado como estaba en viajes a París. Ingresar a través de examen en la Universidad de Madrid no supuso completar, ni siquiera proseguir, estudios universitarios.

Por sugerencia de Giner de los Ríos, opositó a una cátedra de Francés en 1906 con el bachillerato como único requisito académico en esa época para poder presentarse a una plaza de Instituto de Segunda Enseñanza. Desde ese momento fue presa de la burocracia que supone la «carrera docente», en aspectos como oposiciones y traslados. Hubo de superar cuatro pruebas ante un tribunal de siete miembros, entre los que estaba el lingüista Julio Cejador y Fragua.

Su primer «destino» fue el Instituto de Soria (1907-1912). En esta ciudad castellana comenzó su andadura por provincias con la intención de llegar algún día a Madrid, donde ya había estudiado y cuya vida política y cultural ansiaba. Fue vicedirector del Instituto. La Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas le concedió, a solicitud, una «beca» de estudios filológicos en París, donde asistió a conferencias de Bergson y a un curso de Meillet de Gramática Comparada. De vuelta en Soria, la muerte de Leonor le empujó a abandonar este su primer lugar de trabajo y buscar otro destino.  

Por mediación de su hermano Manuel, solicitó ayuda —llamémosle «administrativa»— a Giner de los Ríos, con respuesta negativa. Surgió plaza en Baeza, adonde se trasladó, lejos del dolor de Soria (1912-1919). En Baeza, nunca llegó a estar a gusto por falta de vida cultural. Para poder estar en Madrid o bien acercarse, pidiéndole interviniera, escribió a José Martínez Ruiz, «Azorín», a la sazón subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, sin que este pudiera hacer nada para saltarse las normas.

Machado sintió entonces que debía «hacer méritos», esto es, conseguir una licenciatura, y así, a los 40 años, se matriculó por libre en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Entre las asignaturas a las que se presentó para obtener el título estaban el Latín y el Griego. Una carta a Julio Cejador, antes del examen de Lengua Latina, revela la formación autodidacta y perseverancia de Machado en el estudio y práctica de la traducción de algunos autores clásicos:

Deseando allegar medios oficiales para mejorar de fortuna, emprendí los estudios de Filosofía, y llevo, con la de V., cinco asignaturas, entre ellas el Griego. Reducido a mis propios recursos, con la mezquina base del Latín aprendido hace treinta años, gracias a su buen método he traducido la Epístola de Horacio y cuanto tiene V. en su texto, y algo, también, de Salustio y de Cicerón, abarcando cuanto más he podido, y, seguramente, apretando poco. Pero ¿para qué decirle lo que ha de ver? Sólo pretendo declararle mi buen deseo, para recomendarme a su benevolencia y para que no vea en mí al fresco capaz de sonrojar a los amigos, ni tampoco al petulante poeta modernista, pues después de traducir, aunque a trancas y barrancas, versos de Virgilio, el «cur ego salutor poeta» del maestro Horacio es cosa que me digo a mí mismo. Vea V. en mí un caso de anacronismo escolar y a un viejo y desmemoriado estudiante que de todas sus bondades necesita (p. 364↓).

Terminada la carrera, el poeta y profesor se doctoró en Filosofía —sin trabajo de investigación, solo con la defensa de conocimientos de Metafísica— ante un tribunal presidido por su admirado Ortega y Gasset. Después consiguió el traslado a Segovia, al Instituto General y Técnico, destino interesante por su cercanía a Madrid, a tres horas de distancia en tren. En Segovia, colaboró de forma altruista en la recién creada Universidad Popular Segoviana, que ofrecía clases nocturnas y gratuitas. En el Instituto le acumularon la cátedra de Literatura Castellana. Un horario concentrado entre lunes y miércoles posibilitaba que los jueves el poeta amaneciera en la capital.

El 24 de marzo de 1927 Machado fue elegido miembro de la Real Academia Española. Motivo de disgusto para él fue tener que formar parte de un tribunal de oposiciones en el verano de 1930, cuando el tiempo lo tenía ocupado en escribir el discurso de ingreso en la Academia (que nunca llegaría a leer) y la reseña literaria y promoción de un libro de poemas de su «musa y diosa» Pilar de Valderrama

La llegada de la República (14 de abril de 1931) trajo consigo la creación de numerosas escuelas, institutos de segunda enseñanza y las llamadas Misiones Pedagógicas, que aspiraban a llevar la cultura a pueblos olvidados de España. Machado, autor de teatro exitoso en esa época con obras escritas en verso con su hermano Manuel y adepto a las ideas republicanas desde siempre, asumió un puesto directivo en este organismo y en marzo de 1932 se le autorizó oficialmente a residir en Madrid para organizar el Teatro popular. 

Fueron creados, como se ha dicho, en Madrid y otras provincias institutos cuyas plazas se ocuparían interinamente por un año (que es probable llegaran a tres), con lo que, después de trece años en Segovia, Machado accedió al Instituto Calderón de la Barca en Madrid. Aquí tuvo entre sus colegas docentes a Rafael Lapesa, futuro académico. El 1º de abril de 1936 tomó posesión de la cátedra de Lengua y Literatura Francesas en el Instituto Nacional Cervantes de Segunda Enseñanza. 

A comienzos de la guerra civil, intelectuales y científicos prestigiosos, entre ellos Antonio Machado, fueron evacuados de la capital de España con destino Valencia (noviembre de 1936). Una póstuma humillacion burocrática le fue infligida por el Ministerio de Educacion Nacional del nuevo régimen cuando, dos años después de haber fallecido en Colliure en 1939, decidió «la separación definitiva del servicio de D. Antonio Machado con la pérdida de todos sus derechos pasivos».   

Machado se ganó la vida honradamente como profesor no vocacional, como escribió en su 'Retrato', poema introductorio de Campos de Castilla (1912):          

            A mi trabajo acudo, con mi dinero pago                 
            el traje que me cubre y la mansión que habito,                 
            el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.    
 
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 (*) Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Barcelona 2021, 2ª ed.