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17 de abril de 2019

Latín en el Caribe

HOY hace un lustro nos dejaba uno de los grandes escritores en lengua castellana, Gabriel García Márquez (1927-2014), figura indiscutible de la literatura española y universal del siglo XX.


La cultura clásica y el latín no fueron ajenos al Nobel colombiano, como vamos a exponer a vuelapluma en las siguientes líneas que para este momento hemos decidido completar.

En Memoria de mis putas tristes (2004)el nonagenario protagonista sin nombre había sido «maestro de gramática castellana y latín» y consideraba el latín su lengua madre. Se entiende así que cite a Cicerón, aunque no en latín, y busque una máxima, sin hallarla, eCésar y en las obras de sus biógrafos antiguos y modernos (Suetonio y Carcopino). En un rincón de su biblioteca, el anciano atesora una colección de clásicos griegos y latinos, que se niega a vender cuando alguien le ofrece comprársela. 

Esta colección del anciano personaje de Memoria puede tener su referente real en la biblioteca del erudito Gustavo Ibarra Merlano, que García Márquez conoció en Cartagena de Indias y cuyos libros utilizó cuando daba sus primeros pasos como periodista. «Tenía ediciones de los clásicos griegos, latinos y españoles tan bien tratadas que no parecían leídas, pero los márgenes de las páginas estaban garrapateados de notas sabias, algunas en latín», recuerda García Márquez en Vivir para contarla

Al futuro escritor que desdeñaba los clásicos grecolatinos, salvo la Odisea, porque le parecían «aburridos e inútiles», Ibarra le advirtió: «Podrás llegar a ser un buen escritor, pero nunca serás muy bueno si no conoces bien a los clásicos griegos». Y acto seguido le puso en las manos las tragedias de Sófocles, que García Márquez leyó como una auténtica revelación: «Edipo rey se me reveló en la primera lectura como la obra perfecta». 

Crónica de una muerte anunciada (1981) cumple esta aspiración del escritor de lograr una estructura tan redonda como la de Edipo rey. La Crónica está presidida por el fatum o destino ineluctable al que está sometido el héroe trágico, un concepto esencial de la tragedia griega. El destino del protagonista, Santiago Nasar, le es dado a conocer al lector desde la primera línea de la novela, produciendo en él el mismo efecto que la tragedia griega en sus primitivos espectadores, que conocían de antemano –innovaciones aparte– el destino de cualquier personaje mitológico llevado a la escena. Hay que añadir que el Edipo rey será también la base del guion que Gabo hiciera para la película Edipo Alcalde (1996). 

Pero Sófocles estaba ya presente en la primera –y extraordinaria– novela del escritor colombiano, La hojarasca (1955). Allí se partía de una cita de Antígona, clave del argumento y el tema esencialmente sofocleos del individuo enfrentado a la sociedad. El coronel protagonista desafía los intentos de la comunidad de Macondo de malograr el digno entierro de un médico asocial y posiblemente criminal. Escribe García Márquez, en Vivir para contarla, que fue Ibarra quien, tras leer el borrador, le dijo que lo que en esa novela subyacía era el mito de Antígona, y que a raíz de ello, entre feliz y desilusionado por parecerse a Sófocles, hizo algunos cambios e incorporó la cita introductoria. 

En El amor en los tiempos del cólera (1985) no hay influencia confesa ni lectura directa de los clásicos grecolatinos, como en el caso de Sófocles, sino solo asimilación a través de la novela de folletín, a la que el escritor rinde homenaje. Junto a esta, El amor condensa, como ha sido señalado por los estudiosos, diversas influencias culturales –el melodrama, el culebrón, el bolero, la tradición decimonónica francesa, la parodia de la novela rosa–; y, en medio de ellas, son evidentes tópicos de la novela griega y de la elegía amorosa latina, entre los que se pueden enumerar el pacto de amor (foedus amoris), los síntomas de amor (signa amoris), el flechazo a través de los ojos, la esclavitud amorosa (servitium amoris), la locura de amor (insania furor amoris), la amada como diosa, el amor y muerte, los regalos de amor (obsequia amoris), todos ellos característicos de la poesía helenística y la elegía amorosa latina y dispersos por las páginas de esta gran novela de García Márquez.

Como ejemplo de uno de esos tópicos podemos poner el de 'las señales o síntomas de amor', que fueron descritos en la Antigüedad por Safo y Catulo en sendos poemas y que en García Márquez encontramos modificados en versión Caribe:
Cuando Florentino Ariza la vio por primera vez, su madre lo había descubierto desde antes de que él se lo contara, porque perdió el habla y el apetito y se pasaba las noches en claro dando vueltas en la cama. Pero cuando empezó a esperar la respuesta a su primera carta, la ansiedad se le complicó con cagantinas y vómitos verdes, perdió el sentido de la orientación y sufría desmayos repentinos, y su madre se aterrorizó porque su estado no se parecía a los desórdenes del amor sino a los estragos del cólera. [...] Tenía el pulso tenue, la respiración arenosa y los sudores pálidos de los moribundos. (pp. 97-98). 


Además del citado maestro de Memoria, otros personajes de García Márquez, no sólo eclesiásticos, sino también médicos, tienen estudios de latín. En Del amor y otros demonios (1994) destaca Abrenuncio de Sa Pereira Cao, «el médico más notable y controvertido de la ciudad». En su casa tiene una vitrina llena de frascos de porcelana con rótulos en latín y abundan los libros, muchos en latín; entre estos, como rareza bibliográfica, las Cartas filosóficas de Voltaire traducidas al latín («Voltaire en latín es casi una herejía», bromea Cayetano Delaura al ver el ejemplar). Abrenuncio saluda al padre de Sierva María espetándole la fórmula Benedictus qui venit in nomine veritatis, y suele despedirse de él con una sentencia latina, que a veces traduce. Abrenuncio habla consigo mismo en latín y también a su caballo. 

En su encuentro con el padre Cayetano Delaura, bibliotecario de la diócesis y eventualmente exorcista, Abrenuncio se fija en la pureza del latín de la que el cura hace gala cuando conversan, Abrenuncio en su estilo propio, Cayetano en latín clásico: «'Es de una perfección absoluta', dijo asombrado. '¿De dónde es?'. 'De Ávila', dijo Delaura. 'Pues más meritorio aún', dijo Abrenuncio».

Este Abrenuncio, que lee francés (ya se ha visto su dominio del latín), pero «además griego, inglés, italiano, portugués y un poco de alemán», nos parece hecho de la misma pasta que el Aureliano Buendía de Cien años de soledad, que «además del sánscrito, había aprendido el inglés y el francés, y algo del latín y del griego». 

Hemos ido retrocediendo en el tiempo hasta llegar finalmente a los Cien años de soledad (1967), la novela que encumbró a García Márquez al Olimpo de la literatura universal. En boca del fundador de Macondo, José Arcadio Buendía, perdida ya la razón, oímos la explicación que da en latín de por qué levita el padre Nicanor Reyna al tomar chocolate:
Hoc est simplicissimum —dijo José Arcadio Buendía—. Homo iste statum quartum materiae invenit.
El padre Nicanor levantó la mano y las cuatro patas de la silla se posaron en tierra al mismo tiempo. 
Nego —dijo—. Factum hoc existentiam Dei probat sine dubio. 
Fue así como se supo que era latín la endiablada jerga de José Arcadio Buendía.


Latín en el Caribe, como si esta lengua fuera la más cercana a lo maravilloso, al llamado realismo mágico, idónea para curas y acólitos preconciliares que ofician la misa siempre en latín o, como hace el doctor Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera, para enseñar a un loro a responder y citar pasajes del Evangelio según San Mateo.

En Vivir para contarla (2002), Gabo recuerda sus sempiternos problemas con la ortografía. Una vez escribió exhuberante en un discurso y recibió la oportuna corrección por parte del rector del liceo (así se explica que tiempo después en Zapatecas quisiera jubilar la ortografía). Los conocimientos de latín parecen limitarse en Gabo, según confiesa, a sus años de monaguillo en Aracataca, lo que no significa que su prosa caribeña no esté trufada de cultismos puros y duros; en Memoria de mis putas tristes, su última novela, leemos 'honorar', 'sólito', 'tusar', 'disturbar', 'diferendo', 'ineluctable', 'obnubilado', 'frémito'…, cultismos que brillan con luz propia que no recordamos haber hallado en su temprana La hojarasca. Podría ser interesante estudiar la evolución léxica del cultismo desde las primeras a las últimas obras del fabulador colombiano. En Del amor, por ejemplo, aparece 'insulto' como inusitado latinismo semántico («los insultos de la rabia», se dice allí), lo que podría ser un hápax en toda su producción literaria. Aunque estudiar todo esto quizá no nos conduzca a ninguna parte.

Tragedia griega, elegía amorosa latina, personajes imbuidos en latín, cultismos refulgentes. Cuatro aspectos en los que el conocimiento del mundo clásico es asumido y patente en Gabriel García Márquez.

                           

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Memoria de mis putas tristes, Madrid 2004, Mondadori
Vivir para contarla, Madrid 2004, Debolsillo, pp. 359-360, 294
El amor en los tiempos del cólera, Barcelona 1985, Bruguera, pp. 39, 82, 88, 96, 97, 98, 111, 150, 153, 155, 157, 216, 243, 247, 403, 409, 499.
Del amor y otros demonios, Barcelona 1995, Círculo de Lectores, pp. 28, 41, 42, 45, 48, 154, 155.
Cien años de soledad, Madrid 1984, Cátedra, p. 159.


21 de mayo de 2012

Cultura clásica mediterránea

EN el escritor Manuel Vicent la valoración de la cultura clásica no es un hecho ocasional, sino que está presente en sus obras como consecuencia de su propia forma de entender la vida, que, siendo nacido en Castellón, tiene que ver con sus raíces mediterráneas.

Cultura clásica mediterránea es un evidente pleonasmo.

Muchas columnas periodísticas de Vicent (algunas recogidas en el volumen Las horas paganas) contienen referencias a los personajes más significativos del mundo antiguo. La mayoría de las veces son un inevitable punto de comparación, por contraste, con el mundo moderno. Los filósofos griegos, los poetas latinos... aparecen en sus columnas con el mayor de los prestigios. La estima por ellos es total, literaria y culturalmente, o al menos simbólicamente.

Los acontecimientos actuales del presente hacen pensar a Vicent en los clásicos de la Antigüedad. El probador de las tiendas de ropa es la nueva caverna de Platón. Los cuerpos de los atletas de unas olimpiadas modernas se comparan con las estatuas que esculpieron los antiguos griegos. El descubrimiento de unas bacterias corrobora la existencia de los átomos que ya cantó el poeta Lucrecio en el siglo I a. de C. en su obra De rerum natura.

Lucrecio, por lo demás, fue un poeta filosófico que divulgó el epicureísmo, y el epicureísmo vital, el del goce sencillo de los sentidos, es parte esencial de las columnas de 350 palabras de Manuel Vicent. El siguiente texto reactualiza el tópico horaciano (epicúreo) del carpe diem de forma subversiva y escapista.

DESAFÍO
Vamos a estar tanto tiempo muertos que no hay por qué precipitarse. Brindemos, pues, ahora. Tendremos toda la eternidad para soñar que la muerte ha convertido cualquier ambición en polvo de cangrejos. Durante este largo sueño oiremos en el fondo del mar indefinidamente la nana que nos cantaba nuestra madre, e incluso remando allí abajo en la barca de Caronte perderemos la tripa sin necesidad de seguir el régimen de las zanahorias, pero mientras la muerte no llega, al menos que el desdén nos mantenga vivos e ilesos. Ahora los políticos no cesan de recordar que estamos muy cerca del abismo. Una forma de resistencia civil consiste en bailar el tango al borde de ese acantilado que ellos nos deparan. Empieza a ser de mal gusto hablar de crisis en ciertos círculos refinados. Tampoco los rebeldes comentan ya las moscas de Somalia ni las bombas de Sarajevo, aun en el caso en que éstas transforman de repente una panadería en una carnicería. Cada uno tiene su propio refugio dentro de la insolidaridad general. Unos necesitan la ira para sobrevivir; a otros sólo les basta el miedo. Los más sabios han buscado cobijo en el pequeño placer de cada día, cuyo techo está acorazado contra los agoreros que bombardean nuestra existencia con próximas calamidades. Habiendo quedado claro hasta qué profundidad puede llegar la miseria humana, algunos espíritus muy avanzados creen que, encontrando en el interior de uno mismo un poco de dignidad o de belleza, toda la humanidad se regenera, del mismo modo que si uno se siente vivo, toda la vida se salva. Ya no hay infierno. Ahora sólo existe la crisis. Y ésta también tiene sus profetas, que la usan para amedrentarnos. Por todas partes suenan los clamores de nuevas pestes y de inmediatas catástrofes económicas. Las imágenes de hambre y fuego y el horror que ellas sustentan sirven de cobertura a nuestros políticos para que les agradezcamos las dos raspas de sardinas que nos aguardan. Un modo de evadirse de la realidad consiste en seguir viviendo.   
                                         
                                              Manuel  VICENT, El País, 13-09-1992
                                              Las horas paganas (1998), pp. 205-206                                                   

El estilo de Vicent es inconfundible, como el de pocos estilistas de la prensa de papel (Umbral, Millás). No necesita firma para ser reconocido. Típico suyo son las frases breves y solemnes y el contraste irónico de conceptos. No he visto mejor expresada la dualidad del mundo romano (civilización y crueldad) que en estas palabras suyas metafóricas que extraigo de la columna Positivo:
<< Todos los grandes poemas de la antigüedad aún están chorreando sangre. Sin duda, Virgilio y Horacio tenían una extraordinaria sensibilidad. No obstante, podían pasear sin inmutarse por la Vía Apia, llena de reos crucificados, departiendo sobre los recentales. También ellos mismos eran capaces de azotar a cualquier esclavo rebelde hasta desollarlo y a continuación enhebrar el verso más sublime. >>
The Siesta. Escena pompeyana (detalle), Lawrence Alma-Tadema, 1868 (Museo del Prado)