23 de abril de 2012

'Quid pro quo'

EN El silencio de los corderos, Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) utiliza un latinismo: quid pro quo ('algo a cambio de algo'). Quiere intercambiar información de interés psiquiátrico y morboso con la agente del FBI Clarice Starling (Jodie Foster).



El novelista Thomas Harris parece hacer descender de los Visconti de Milán al psiquiatra caníbal. En la secuela Hannibal encontramos al huído Lecter en Florencia, la ciudad del arte, donde aspira a ser conservador y bibliotecario del Palazzo Capponi por méritos propios (es especialista en Dante y posee «una extraordinaria competencia lingüística, al traducir sin titubeos el latín y el italiano medieval de manuscritos redactados con la letra gótica más enrevesada»). A Lecter, ahora distinguido erudito, lo descubre el inspector Pazzi (Giancarlo Giannini), que tiene la intención de cobrar por él una gran recompensa de un particular.

Las escenas que me interesan en la película de Ridley Scott son las que transcurren en Florencia. El estudio de Lecter, en el ático del palacio, está poblado de obras de arte y códices y un piano al que interpreta de memoria las Variaciones Goldberg de J. S. Bach. Luego, sobrevolando a la bella mujer de Pazzi (Francesca Neri) en una ópera al aire libre, suena el final del precioso Vide Cor Meum de Patrick Cassidy en las voces de Danielle de Niese y Bruno Lazzaretti, ellos mismos en escena. Esta aria, en italiano y latín, está inspirada en un soneto de Dante de La vita nuova.


Antes de deshacerse de Pazzi, Lecter le recuerda cómo fue ajusticiado aquel antepasado suyo que, junto con otros, atentó contra los Medici acabando con la vida de Giuliano e hiriendo a Lorenzo el Magnífico. Un final semejante le tiene preparado al Pazzi actual. 

La exquisitez y erudición impensables van unidas al crimen atroz en el personaje de Hannibal Lecter.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991). 
Hannibal (Ridley Scott, 2001). Thomas Harris, Hannibal, Barcelona: Plaza&Janés, 1999, cap. 21, p. 162.

20 de abril de 2012

Hallada una sandalia de legionario romano

TREINTA y tantas tachuelas encontradas en una zanja en el Raval de Barcelona han servido para reconstruir la sandalia (la suela) de un legionario romano del siglo II. ¿No es increíble? Una humilde huella —nunca mejor dicho— de la antigua Roma en Barcino (Hispania) nos retrotrae a la vida militar de los soldados de a pie romanos, como con entusiasmo contagioso hace el periodista al elaborar esta noticia.



Este tipo de sandalias se llamaban caligae y las llevaban los soldados rasos y los centuriones. Germánico se las ponía a su hijo cuando le paseaba por el campamento entre los soldados; ellos fueron los que apodaron al niño Calígula, sobrenombre con el que la Historia identifica a quien llegó a ser uno de los emperadores más perturbados de Roma.
  
Las tachuelas, apretadas en la suela de la sandalia, permitían no sólo no resbalarse en la refriega, sino también machacar al enemigo a pisotones...

30 de marzo de 2012

Salvó la vida por saber latín

A finales del siglo XVI Londres tenía unos 200.000 habitantes y al menos seis teatros estables (la Fortuna, el Cisne, el Globo, la Rosa, la Cortina y el Teatro), algunos autores eran también actores (como Shakespeare, la figura que se convirtió en la más destacada de esa época y luego de la Literatura Universal) y no pocos actores eran también unos consumados espadachines. En el duelo en el que desembocó una riña, el dramaturgo Ben Jonson mató al empresario teatral Gabriel Spencer, pero este a su vez, dos años antes, ya había apuñalado y matado en una pelea a un tal James Feake...


Jonson fue encarcelado y, tiene gracia, sólo se libró de la horca gracias a saber latín. Se acogió a una ley medieval eclesiástica invocando en latín el llamado neck-verse (salmo 51 del Libro de los Salmos: 'Miserere mei, Deus, secundum misericordiam tuam', «Apiádate de mí, ¡oh Dios!, según tu misericordia»). La causa pasó de civil a religiosa, y fue así como el «bueno» de Benjamin salvó el cuello y la vida. 
 
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James Shapiro, 1599. Un año en la vida de William Shakespeare, Madrid: Siruela, 2007, p. 32.