28 de enero de 2025

Defensor incansable del latín

CUALQUIER adjetivo con el que queramos calificar a Arturo Pérez-Reverte en este blog va a resultar siempre redundante, uno más del rosario de términos relacionados con la extraordinaria libertad de expresión que ejerce el escritor, situada en las antípodas de lo políticamente correcto imperante en nuestros días y vinculada con lo que los antiguos griegos llamaban parresía, para él patente de corso

En muchas ocasiones Pérez-Reverte ha reivindicado en sus airados artículos el latín (la cultura clásica), enfrentándose a los políticos y pedagogos ignorantes con aspiraciones de erradicarlo o arrinconarlo en los planes de estudio de la enseñanza media y superior. He aquí una relación de estos artículos, que pueden seguramente encontrarse libremente en https://www.zendalibros.com/: 
 
  • «Una virtud romana» (XLSemanal, 17-01-2025) 
  • «Más latín y menos imbéciles» (XLSemanal12-07-2020) 
  • «Demasiado lejos de Troya» (XLSemanal, 24-09-2017) 
  • «El adiós de Héctor» (XLSemanal, 01-11-2015) 
  • «La profesora de Arte» (XLSemanal25-07-2011)
  • «Permitidme tutearos, imbéciles» (El Semanal, 23-12-2007) 
  • «Retorno a Troya» (El Semanal, 28-03-2004) 
  • «Carta a María» (El Semanal, 19-11-2000) 
  • «Los yankis, el latín y Maripili» (El Semanal, 29-01-1995) 
 
Entre todos ellos, traemos a nuestra antología de textos elogiosos del latín «Retorno a Troya», donde el escritor nos transmite las profundas resonancias literarias a la hora de traducir un verso del libro II de la Eneida de Virgilio (Nox atra cava circumvolat umbra, II 360), la repercusión en su memoria del estudio de un solo verso, acompañada del recuerdo de su profesor y los apuntes, en un momento irrepetible e irrecuperable de la enseñanza media en España.
 
RETORNO A TROYA
 
Nox atra cava circumvolat umbra. Me despierto con esas palabras en la cabeza, como un soniquete. Latín, claro. Son viejas conocidas. Me ducho repitiéndolas. Nox atra cava, etcétera. Don Antonio Gil, mi profesor del asunto, me las hizo traducir hace más de treinta años: «La noche negra nos rodea con su envolvente sombra». Cojo la toalla. De pronto me detengo, mirando en el espejo el careto de un fulano que ya en nada se parece al muchacho que traducía a Virgilio. «Envolvente» por cava suena raro: «envolvente sombra». ¿Es posible que lo recuerde mal? ¿O que la traducción que hice entonces no fuera buena? Nox atra cava circumvolat umbra. Toda la vida recordándolo así, y ahora dudo. Siempre fue mi fragmento favorito, el verso 360, cuando Eneas y sus compañeros, sabiendo que Troya está perdida, deciden morir peleando; y como lobos desesperados caminan hacia el centro de la ciudad en llamas, no sin que antes Eneas pronuncie ese Una salus victis, nullam sperar[e] salutem que tanto marcaría mi vida, mi trabajo, las novelas que aún no sabía que iba a escribir: «La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna». 

Cava umbra. El enigma me anima el día. Con los dedos hormigueantes voy a la biblioteca, donde el viejo diccionario Spes, maltrecho pero fiel, me recuerda que cavo, transitivo de la primera, significa cavar, vaciar, ahuecar, horadar, ahondar. Envolver, ni por el forro. Estoy perplejo. Don Antonio Gil —tres años de latín en el instituto después de que me expulsaran de los maristas— era un catedrático joven y comprensivo, pero también muy riguroso. Nunca me habría dejado pasar una alegría, pienso. ¿Y si toda mi vida lo he recordado mal? Consulto otras traducciones. La que tengo más a mano simplifica: «rodeados por las tinieblas de la noche». No me vale. Recurramos al canon. Acudo a los estantes de la biblioteca clásica Gredos. Volumen 166. Lo abro: «La negra noche vuela en derredor ciñéndonos en su cóncava sombra». Recristo, me digo. Doctores tiene la materia, pero lo de «volar en derredor» suena pretencioso, libérrimo e inexacto. Aunque lo de «cóncava», la verdad, es más literal que «envolvente». Sólo literal, ojo. Pues lo cóncavo, si estás dentro, envuelve. Y vista la cosa desde la perspectiva de los guerreros troyanos que se disponen a morir en la oscuridad de la noche, que ésta sea cóncava o convexa se la debe de traer a cada uno de ellos bastante floja. Lo que se ven es envueltos, claro. La imagen  no es casual. Caminan envueltos en la noche negra de sus vidas y su ciudad, hacia la muerte. 


Me voy a la parte menos accesible de la biblioteca, desempolvo cajas, pilas de viejos libros desencuadernados y hechos polvo. Y al fin me alzo con el botín: mi Ilíada, mi Odisea y mi Eneida anotadas. «A. P-R. Preu. Letras». Abro el Virgilio: Arma virumque cano. Cuánto tiempo, pardiez. Cuántos años y cuántas cosas. Con emocionada melancolía paso los dedos por las líneas de los hexámetros virgilianos con mis trazos a lápiz marcando cada dáctilo, espondeo y cesura, y con la traducción anotada a bolígrafo junto a cada verso. Y ahí está, en el libro II. Nox atra cava circumvolat umbra: «La noche negra nos rodea con su envolvente sombra». No hay duda. En aquel curso 1968-69, don Antonio Gil dio por bueno el envoltorio que dispuse para los guerreros troyanos. Sonrío, evocador. Luego recuerdo el título de un ensayo de don Manuel Alvar: La lengua como libertad. Sonrío más y me recuesto en la silla, pensando que tengo el privilegio de poseer una lengua, la española, que es una herramienta eficaz y maravillosa. Y qué profunda —envolvente y cóncava—, concluyo, es la deuda con quienes me ayudaron a conocer sus nobilísimas claves y a utilizarla, antes de que ministros y psicólogos imbéciles pasaran a cuchillo la formación de los jóvenes, confundiendo renovación con igualitarismo educativo —igualitario por abajo— y desmemoria. 

Y así estoy, sentado con Virgilio, cuando regresa mi hija de clase, ve el libro y charlamos un rato sobre aqueos, troyanos y peligrosos caballos de madera con soldados cubiertos de bronce ocultos en su vientre. Mi vástaga estudia Historia y Arqueología, pero en su facultad —tiene intríngulis la cosa— no puede estudiar latín ni griego. Debe apañarse con lo que pudo estudiar en el colegio y buscarse la vida por su cuenta. Ya lo definió Virgilio, claro: Nox atra cava circumvolat umbra. A todos.

Hijos de puta, pienso, cerrando la Eneida. Hijos de la gran puta.   
                                         
                                                             
 Arturo PÉREZ REVERTE
 El Semanal, 28-03-2004


Federico Barocci, Eneas saliendo de Troya, 1598


4 de abril de 2024

Una lengua antigua

LOS primeros relatos —no ficticios— de Apuntes del natural (2007), del director y guionista cinematográfico Mario Camus (1935-2021), se remontan a la infancia y adolescencia del autor, los primeros años de 1940 en un pequeño pueblo de apenas treinta casas, Vernejo, al lado de Cabezón de la Sal, en la provincia de Santander. 

Su escritura no ofrece alardes literarios, ya que a lo que aspira es a reflejar con sencillez y cierta intriga, mediante breves narraciones, algunos recuerdos de aquella lejana época. 

Antonio López Torres: Niños jugando a las bolas (1946)
Nos llama la atención la ausencia casi total de situaciones dramáticas y de personajes terribles en estos relatos iniciales, si tenemos en cuenta el momento histórico en el que transcurren. De este modo los niños van a la escuela y se ilusionan con el nuevo maestro con el que aprenden («Los primeros amigos»), los jóvenes jugadores de baloncesto quedan fascinados por un entrenador contratado por el colegio («El entrenador»), y el latín... es agradable de oír y algo útil y vivo y no una lengua muerta sino antigua («A vueltas con una lengua antigua»).
Siempre me gusta oír el latín. El hermano Gregorio suele leer durante la clase párrafos de La guerra de las Galias y fragmentos de los discursos de Cicerón. El cura que dice la misa diaria en el colegio, se vuelve hacia nosotros y canta sin alzar demasiado la voz: Credo in unum Deo... [sic] El sonido, el cuidado que requiere cada palabra, su música, el significado que adivinas muy próximo aunque la mayoría de las veces no lo entiendas, y el tono claro y siempre ceremonioso que se emplea al leerlo lo hacen especialmente atractivo
Así comienza el relato (p. 29) en el que el latín del colegio no sólo sirve para traducir a César o Cicerón o para rezar, sino también para comunicarse como lingua franca entre un viejo profesor inglés y el cura del pueblo. En la estación de trenes de Cabezón, un grupo de escolares ingleses que ha llegado para acampar en Comillas es objeto de la curiosidad de la gente. La idea de entenderse en latín en esa parte del mundo es ocurrencia del profesor inglés, que pide con un dibujo buscar al cura del pueblo. 

Resuelto ya el problema de comunicación, en el recuerdo de este episodio oímos la puntilla de uno de los alumnos más aventajados de la clase: «Locus aestiva castra... Se veía venir...».
 
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 Mario Camus, Apuntes del natural (2007)

8 de septiembre de 2022

Las termas de Caracalla

ENTRE las termas más conocidas, no las únicas, de la Roma imperial se encuentran las termas de Agripa, las de Nerón (o alejandrinas), las de Caracalla (o antoninianas), las de Diocleciano y las de Constantino. Entre las supervivientes y mejor conservadas, las de Diocleciano y las de Caracalla; de estas traemos la información procedente de los paneles explicativos que allí pueden leerse.
 
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https://archeologiavocidalpassato.com/wp-content/uploads/2017/12/roma_terme-caracalla.jpg 

Las Termas de Caracalla

Estamos en la zona de las Termas de Caracalla, uno de los complejos termales más grandes y sugerentes de la Antigüedad. Marco Aurelio Antonino Caracalla (188-217) las construyó a partir del 212 d. C. en un barrio suburbano en la parte sur de la ciudad. Fueron cinco años de trabajo y 9.000 trabajadores para excavar las laderas del Aventino y construir el gigantesco complejo.

En el siglo V fueron consideradas una de las siete maravillas de Roma, por la majestuosidad de su arquitectura, la abundancia de decoraciones y obras que las embellecían y la gran cantidad de personas que podían albergar.

Las Termas se utilizaron hasta el 537, año en el que el rey de los godos Vitiges cortó los acueductos de abastecimiento de la ciudad.

Entre los siglos VI y VII la parte central del edificio se utilizó como hospicio gratuito para peregrinos y forasteros (xenodochium) y la zona circundante como cementerio. Desde entonces, toda la zona fue abandonada y reutilizada para albergar viviendas y viñedos, mientras que la parte arquitectónica siguió utilizándose como cantera de materiales reciclados. 

Bajo el pontificado del papa Pablo III Farnese (1534-1549), en la antigua zona termal y en los alrededores del Circo Máximo, se inició una excavación durante la cual se encontraron muchas esculturas antiguas importantes, entre ellas el grupo colosal llamado Toro Farnese, hoy exhibido en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Desde finales del siglo XIX se ha rehabilitado todo el recinto, recuperando los antiguos trazados viarios y creando nuevos espacios verdes.

Desde 1937, las ruinas de las Termas han sido el evocador telón de fondo de la temporada de verano de la Ópera de Roma. Entre 1935 y 1939, en el área que da a la monumental exedra noroeste del complejo balneario, se construyó el Stadio delle Terme di Caracalla, llamado así en 2004 en honor al reportero de radio y televisión Nando Martellini. En 2011, con motivo del 90 aniversario de la Fundación Cavalieri di Colombo en Roma (1920-2010), el área entre Via Antonina y Viale delle Terme di Caracalla recibió el nombre de Largo Cavalieri di Colombo.

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Historia y contexto urbano 

Las Thermae Antoninianae, uno de los complejos termales más grandes y mejor conservados de la Antigüedad, fueron construidas íntegramente por iniciativa del emperador Caracalla a partir del año 212 d.C. Las termas se construyeron en la parte sur de la ciudad. El área había sido embellecida previamente por la dinastía Severa con la construcción de la Via Nova —que discurría frente al lado norte de las nuevas termas— y el Septizodium, un grandioso ninfeo construido por Septimio Severo, levantado en las laderas de la colina Palatina como un telón de fondo monumental al principio de la Via Apia. 

El diseño del complejo termal se desarrolló en tres grandes terrazas inclinadas, para salvar la diferencia de altura entre la pequeña colina del Aventino y el Valle de las Camenas. Nueve mil obreros trabajaron diariamente durante aproximadamente cinco años para construir una enorme plataforma cuadrangular de más de 300 metros de lado (337 x 328 m), sobre la que se levantaría el edificio. Los baños fueron inaugurados en el año 216 d. C., pero las obras continuaron hasta después de la muerte de Caracalla (217 d. C.), cuando los últimos emperadores de la dinastía de los Severos, Heliogábalo y Alejandro, completaron el recinto exterior del complejo. 

El suministro de agua estaba asegurado por un ramal especial del acueducto Aqua Marcia, llamado Aqua Nova Antoniniana: en el lado sur de las termas sobreviven los restos de las cisternas que garantizaban el flujo de agua necesario. Restaurado varias veces, el complejo termal dejó de funcionar en el 537 d. C., cuando Vitiges, rey de los godos, durante el sitio de Roma, cortó los acueductos para tomar la ciudad por sed.  

Los recorridos, los subsuelos, los sistemas hidráulicos

La planta rectangular es típica de las grandes termas imperiales. La orientación del edificio termal era la dirección Noroeste-Sureste para el aprovechamiento de la luz solar. En la disposición planimétrica de los baños, las salas termales se colocaron en un solo eje, mientras que los vestuarios y gimnasios se duplicaron simétricamente; esto permitió una gran fluidez (entrada y salida libremente de manera constante) en los recorridos de más de 6.000 bañistas. Los muros circundantes albergaban tiendas (tabernae) en el área norte y, al sur, dos bibliotecas, una de las cuales aún hoy se conserva. La entrada actual conduce directamente al edificio principal, ya que la plaza moderna ya está dentro de las antiguas murallas. Desde las antiguas entradas principales que dan a la piscina (natatio), los bañistas podían acceder a los vestuarios y luego al gimnasio.

Después de los ejercicios deportivos, los visitantes podían entrar en una de las laconica para un baño de vapor, a fin de preparar el cuerpo para el baño caliente que iba a seguir en el caldarium, una gran sala circular cubierta por una enorme cúpula, con bañeras en los nichos de las paredes. Un potente sistema de hipocausto (con aire caliente bajo el suelo) calentaba la sala. Desde aquí, a través del tepidarium se pasaba al espacio interior más grande y fresco, el frigidarium, la sala más grandiosa y fresca de los baños, cubierta por una majestuosa bóveda de triple crucería. En el nivel subterráneo, un entramado de grandes galerías transitables, se encontraban los depósitos de leña, el sistema de calefacción —hornos y calderas— y también, en el interior de pequeñas galerías, las conducciones de plomo del sistema de agua. Durante las excavaciones de principios del siglo XX, salieron a la luz un molino de agua y un Mithraeum, un santuario dedicado al culto de Mitra, una antigua deidad solar de origen oriental.

Small group Tour: Caracalla Roman baths - Photo 1 of 13

La decoración y las obras de arte 

Las Termas de Caracalla estaban adornadas con columnas, pavimentos y decoraciones de paredes en mármoles preciosos, mosaicos de pasta de vidrio en las bóvedas, estucos pintados y cientos de estatuas y grupos escultóricos colosales. En la Edad Media, las Termas se convirtieron en una valiosa cantera de materiales: los capiteles labrados se reutilizaron en la catedral de Pisa y en la iglesia de Santa María en Trastevere. Las excavaciones del siglo XVI, a instancias del papa Pablo III Farnese (1534-1549), sacaron a la luz numerosas esculturas que acabaron en las grandes colecciones de antigüedades de la época, entre ellas la de los Farnese. 

Entre las obras de arte más célebres recordamos el Toro Farnese, un grupo colosal, y el Hércules en reposo, hoy conservados en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, porque Elisabetta, la última de los Farnese, trajo la colección como dote a su marido Felipe V de Borbón. Desde 1563, en Florencia, en la Piazza Santa Trinità, a instancias de Cosimo de’ Medici, se encuentra una de las altísimas columnas de granito de la piscina (natatio), mientras que los dos espléndidos estanques de granito gris del frigidarium se reutilizaron en el siglo XVII como fuentes en la Piazza Farnese en Roma. En 1824 se descubrieron los mosaicos del suelo con atletas que decoraban los gimnasios, hoy en los Museos Vaticanos, pero en los últimos años se han producido hallazgos excepcionales, como la estatua de Artemisa descubierta en un 1996 y que se encuentra en el Museo Nacional Romano, en el Aula Ottagona. 


La palestra occidental 

Las palaestrae, excavadas en 1870, eran dobles y simétricas. Los pavimentos estaban hechos de teselas de mosaicos de mármol de colores, con un extenso uso de pórfido verde y mármol amarillo (giallo antico). Tenían motivos muy variados y originales, con diseños curvilíneos y un hermoso motivo de voluta en el centro realizado en pórfido verde. Durante las excavaciones de 1824, en los dos ábsides se encontraron los famosos mosaicos con los atletas que en 1963 fueron trasladados a los Museos Vaticanos, donde en la década de los 70 fueron reensamblados en  su orden original y forma semicircular primitiva. Los pisos estaban delimitados con molduras negras y divididos internamente en paneles rectangulares, cuadrados e irregulares: el primero contenía retratos de tamaño natural de atletas o jueces, el segundo representaciones de bustos de atletas de mayores dimensiones, y el tercero, por último, contenía representaciones de los equipos y premios para los atletas. La desnudez distingue las figuras de los atletas de las de los jueces: pueden reconocerse los vencedores, que portan la palma y la corona, los boxeadores, los lanzadores de jabalina y los luchadores. Los pisos de los niveles superiores estaban decorados con procesiones marinas, nereidas, tritones, delfines, cupidos y monstruos marinos. Medían unos 300 metros de longitud. Se derrumbaron y ahora yacen en grandes fragmentos apoyados contra las paredes de las dos palestras.La palestra oriental

 

La espléndida decoración de las Termas incluyó suelos de mármol de colores orientales, mosaicos de pasta de vidrio, paredes decoradas con mármoles, pinturas en estuco y cientos de estatuas en nichos en las habitaciones, salones y jardines. Algunas estatuas estaban hechas de bronce, pero la mayoría eran de mármol pintado. La primera colección sistemática de estas esculturas la realizó el papa Pablo III Farnese, quien, entre 1545 y 1547, durante las excavaciones de las Termas, las recogió para decorar su nuevo palacio. 

El hallazgo del llamado Toro Farnesio, probablemente en esta palestra, suscitó gran emoción entre sus contemporáneos. El famoso grupo colosal se talló a partir de un solo bloque de mármol y representa la tortura de Dirce atada a un toro por Anfión y Zeto, que vengan a su madre Antíope, que observa la escena. Debido a su considerable tamaño, el Toro Farnese se colocó en el patio del Palacio Farnese en la via Giulia. Luego fue transportado a Nápoles en 1788, al igual que gran parte de la colección Farnese, dejado como dote al último miembro de la familia Farnese, Elisabetta, quien se casó con el rey de España Felipe V. Posteriormente la estatua pasó a manos de su hijo, Carlos de Borbón, rey de Nápoles. En 1826 fue trasladado al Museo Arqueológico de Nápoles, donde todavía se puede admirar junto con muchas otras obras maestras de las Termas.

'Frigidarium' (I) 

El frigidarium era una gran sala, de 58x24 metros, cubierta por tres bóvedas de crucería que descansaban sobre ocho colosales columnas de granito egipcio gris. Dentro de cuatro grandes nichos, en los extremos de los largos muros, se colocaron los depósitos de agua fría. El vestíbulo tenía suelos de mármol con incrustaciones de opus sectile

Dos de las estatuas más famosas encontradas en las termas son el llamado Hércules Farnese y el Hércules Latino, descubiertos en el frigidarium. La fama de estas estatuas fue tan grande que fueron reproducidas en todas las dimensiones, desde las estatuas actuales de tres metros hasta copias en terracota de unos pocos centímetros. Hércules era amado por la familia Severa y, por lo tanto, era retratado con frecuencia en las Termas, donde también se encontró en el propio frigidarium, uno de los capiteles labrados (figurativos) más famosos de la Antigüedad: el semidiós representado en reposo apoyado en su garrote. 

         The "Farnese Hercules" part of the Farnese collection part of the permanent collection of the MANN Archaeological National Museum of Naples site of... 

'Frigidarium' (II) 

El frigidarium era una sala monumental similar a una basílica que inspiró la arquitectura de muchos edificios públicos posteriores, como las termas de Diocleciano y la basílica de Majencio, pero su influencia no se detuvo en edificios imperiales: los arquitectos que diseñaron, en el siglo XIX, la Union Station de Chicago y la Pennsylvania Station de Nueva York copiaron su arquitectura a la perfección. 

El frigidarium servía de punto de encuentro para quienes frecuentaban las termas, que luego se dirigían a una de las salas del complejo termal, del cual, gracias a su céntrica ubicación, el frigidarium era el punto de apoyo. A su vez, esta gran sala contenía cuatro baños fríos cubiertos, dos de los cuales comunicaban con la natatio, en el lado norte, a través de un juego de cascadas de agua. En este lado hay restos del suelo de una gran fuente circular entre dos grandes estanques de ladrillo (dibujo de Viollet Le Duc). Los estanques de las dos fuentes de la Piazza Farnese son de granito y proceden del frigidarium.

La 'natatio' 

La natatio, auténtica piscina olímpica al aire libre, debió ser una sala de gran impacto monumental: su fachada norte estaba dividida en tres partes por gigantescas columnas de granito gris; cada parte contenía seis nichos para estatuas, tres para cada uno de los dos niveles, divididos en dos órdenes: el más bajo con tambores de mármol caristio, el más alto con granito del Foro. En la hilera de hornacinas de la planta baja aún son reconocibles los conductos de agua que alimentaban la piscina en cascadas. La sala era de dimensiones imponentes (50 x 22 metros) y con paredes de más de 20 metros de altura; por los lados cortos se entraba, por medio de una escalera, a la tina, que no debía ser muy alta y por lo tanto poco apta para bucear. 

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Es posible una comparación estilística de esta sala con las fachadas de los teatros helenísticos, pero sobre todo con un monumento también muy cercano topográfica y cronológicamente, el Septizodium construido por el padre de Caracalla, Septimio Severo, en las laderas del monte Palatino. En uno de los escalones originales de la natatio aún es visible y se conserva hoy en día un antiguo juego romano para adultos y niños que consistía en una mesa de madera o, como en nuestro caso, grabada directamente en los escalones de un edificio público. 

'Tabula lusoria'


A los romanos les gustaban los juegos de mesa que jugaban en tableros de varias formas. Estos juegos, sin embargo, no se practicaban exclusivamente en una mesa, ya que, un poco por todas partes, en las diversas ciudades del Imperio o en las calles, se han encontrado tabulae lusoriae (tableros de juego) talladas en los pavimentos de basílicas, foros y, como en nuestro caso, al borde de una gran piscina donde jugaban sentados en el agua. Entre los juegos favoritos de los romanos también estaba éste, llamado tropa o juego de los hoyuelos, que se jugaba con canicas, nueces o nudillos. El juego consistía en dejar caer uno de ellos, según una secuencia establecida (en un orden predeterminado), en todos (cada uno de) los hoyuelos, hasta llegar al último cruzando la línea (como el minigolf moderno). En algunos casos el último hoyo era rectangular para marcar el final del recorrido. En nuestra tabula lusoria reconocemos algunas letras latinas, probablemente grabadas por los jugadores que frecuentaban las termas. Parece decir: NESCIS / PLORAS / AGIS / CAVEBIS (VE en enlace). «No sabes, lloras, haces, estarás atento». Estas son probablemente bromas que intercambiaban los oponentes durante el juego.



EL Toro Farnese y el Hércules en reposo están, como se ha dicho anteriormente, ubicados en el MANN (Museo Arqueológico Nacional de Nápoles), adonde desde Roma debe uno trasladarse para contemplar estas dos esculturas y, en la Sala XIII, completar la información sobre las Termas de Caracalla que pudimos recabar in situ.

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Historia del monumento 

El complejo termal, ubicado en el monte Aventino (en la Regio XII, Piscina Publica), es uno de los más grandes y mejor conservados de la Antigüedad. Concebido por Septimio Severo, fue inaugurado en el año 216 d. C. por su hijo Marco Aurelio Antonino Basiano, conocido como Caracalla. Así lo relata Elio Espartiano en su Vida de Caracalla, pero otros autores atribuyen su finalización a sus sucesores Heliogábalo (218-222 d. C.) y Alejandro Severo (222-235 d. C.). Aureliano promovió su restauración tras un incendio. Diocleciano financió las obras del acueducto que aseguraba el suministro de agua (Aqua Antoniniana). Constantino modificó el caldarium añadiendo un ábside semicircular, obra que consta en una inscripción conservada en el sótano del edificio. En el siglo V d. C., Polemio Silvio incluyó las Termas entre las siete maravillas del mundo, demostrando que, en aquel entonces, eran plenamente funcionales y reconocidas por la belleza de su decoración y la magnificencia de su mobiliario.

En el año 537 d. C., los godos, bajo el mando de Vitiges, sitiaron la ciudad y cortaron las redes de acueductos para obligar a los habitantes a rendirse. Tras este suceso, el complejo fue abandonado; gradualmente se fue deteriorando, en parte debido a la peligrosidad del lugar, ahora descentralizado respecto al nuevo trazado urbano. Se transformó en un cementerio para el entierro de los peregrinos que se refugiaban en el cercano xenodochium de los Santos Nereo y Aquiles.

A partir del siglo XII, el monumento se transformó en una cantera de materiales para la decoración de iglesias y palacios. Sin embargo, el recuerdo del lugar nunca se perdió, ya que los registros notariales del siglo XIV mencionan «palatium Antoninianum». En aquella época, la zona se destinaba a viñedos y huertos, entre los que destacaban las imponentes ruinas, que despertaban el entusiasmo de visitantes ocasionales, como Poggio Fiorentino.

A principios del siglo XVI, durante el pontificado de Julio II, la parte central del complejo aún era accesible y los elementos decorativos se conservaban en gran parte in situ. El desmantelamiento sistemático del monumento comenzó en 1545 con el inicio de las excavaciones promovidas por el papa Pablo III Farnesio. 

Arquitectura y programa decorativo 

Las termas ocupan una superficie rectangular de aproximadamente 337 x 328 m. El cuerpo central (220 x 114 m) presenta la estructura típica de los edificios termales de la época imperial: el eje central está formado por una secuencia de caldarium, tepidarium, frigidarium y natatio; las demás estancias (apodyteria, sphaeristeria y, quizás, laconica) se ubican simétricamente a los lados, alrededor de dos palestras.


Los servicios no directamente relacionados con las termas se ubicaban dentro del recinto (337 x 328 m). En el lado opuesto a la entrada se encontraban enormes cisternas, ocultas a la vista por una grada con forma de estadio, posiblemente para competiciones atléticas, y flanqueadas por dos salas rectangulares. A los lados se encontraban dos gigantescas exedras, cada una con tres estancias. La grandeza del complejo no se reflejaba únicamente en el tamaño de sus edificios, sino también en su magnífica decoración. Las paredes estaban revestidas de mármol policromado y los pavimentos, de mosaicos. Cientos de estatuas adornaban las diferentes estancias. A juzgar por los nichos de los muros, se ha calculado que la sección central de las Termas debía contener unas cien estatuas, y al menos cuarenta se ubicaban alrededor del recinto.

Durante las diversas excavaciones de las Termas, se descubrieron alrededor de cuarenta esculturas. Estas permiten reconstruir, aunque parcialmente, el programa decorativo. Muchas de ellas se realizaron antes de la construcción de las termas y posteriormente se reutilizaron allí. Otras —generalmente estatuas y grupos colosales— se encargaron expresamente para las Termas. Comparten una predilección por temas mitológicos raros y dramáticos, como el castigo de Dirce y el asesinato de Troilo, o bien transforman, a través de sus proporciones gigantescas y la acentuación de la musculatura, figuras que de otro modo serían familiares, como las de Hércules y Asclepio.

Historia de las excavaciones

Las primeras excavaciones registradas se llevaron a cabo bajo el papado de Sixto IV (1471-1484). En esa ocasión, se descubrió una de las dos pilas de granito, ahora en la Piazza Farnese, así como un grupo de mármol perdido, que posiblemente representaba a Escila y los compañeros de Ulises.

En 1545, Pablo III Farnese promovió nuevas excavaciones en la Antoniana, impulsado por la necesidad de encontrar materiales de construcción para el Palacio de Campo de' Fiori y quizás también por el deseo de adquirir más esculturas para la naciente colección de antigüedades. Los descubrimientos superaron todas las expectativas, y todas las esculturas desenterradas en esta ocasión, traídas al Palacio, constituyeron una fuente de admiración y asombro para los visitantes durante más de dos siglos.

Cuando la colección se trasladó a Nápoles, algunos objetos, incluidos algunos procedentes de las Termas, permanecieron en el Palacio Farnese y posteriormente, tras complejos acontecimientos, acabaron en diversos museos italianos y extranjeros. Una dispersión similar se produjo con las esculturas y fragmentos colosales encontrados durante las excavaciones realizadas durante el siglo XIX.

Las esculturas

El episodio crucial que más impactó la estructura de la colección y su futuro ocurrió entre 1545 y 1546. Se desenterraron esculturas excepcionales durante las excavaciones ordenadas por Pablo III en las Termas de Caracalla, entonces conocidas como «la Antoniana», para recuperar materiales para la construcción del palacio de la ciudad. Su fama, parte de la estatuaria del monumental edificio antiguo, quedaría a partir de entonces inextricablemente ligada al nombre de la familia Farnesio.

Entre la multitud de mármoles recuperados, destacaron dos estatuas colosales de Hércules, una firmada por el escultor Glykon (inv. 6001), otros dos colosos que representan imágenes heroicas y, sobre todo, el grupo que representa el castigo de Dirce en las laderas del monte Citerón, la «montaña de mármol» posteriormente conocida universalmente como el Toro de Farnese (inv. 6002), una obra única nunca antes vista en las colecciones romanas.

Con la excepción de esta última, singularmente destinada a no encontrar nunca un lugar definido dentro de la colección, todas las esculturas de gran formato se exhibieron, con la intención específica de celebrar la dinastía, bajo los arcos del patio del Palacio Farnese y junto a otras dos estatuas colosales de procedencia diferente y aún desconocida: la Flora Mayor (inv. 6409) y la Flora Menor (inv. 5978), así como el «Lare», anteriormente ubicado en Villa Madama (inv. 5975).

El mobiliario de las Termas también incluía estatuas de mármol gris, como la Niké (inv. s.n.) y la Ménade, ahora en el Museo Arqueológico Regional de Palermo, y un par de copas colosales de fuente en pórfico, una de las cuales, mejor conservada, se exhibe en el patio del Museo.