20 de junio de 2015

La catáfora como metáfora

«DEFINA brevemente, en un máximo de treinta palabras, el término catáfora y aporte un ejemplo que aclare su definición».

Tal es la terrible pregunta que han hecho estos días en el examen de Selectividad de Lengua Castellana en Cataluña. Frustrados, los estudiantes pusieron el grito en el cielo y a la salida del examen se lanzaron a las redes sociales a lamentar el suceso. «Una catáfora destroza media cataluña», tuiteó uno de ellos escribiendo Cataluña con minúscula, puesto que Twitter debe de ser un territorio comanche en el que no rigen las normas de ortografía. ¡Ah, si hubieran sabido algo de griego!

¿Catáfora...?
El prefijo kata- significa 'hacia abajo', y el abstracto -phora deriva del verbo phero 'llevar'. Catáfora es, en simples palabras a partir de su etimología, la referencia de un término a otro que aparece después, anticipándolo, en un texto. Verbigracia: 'Eso es lo que me gusta de ti, que nunca te enfadas'. La anáfora, en cambio, remite a un elemento aparecido con anterioridad (ana- 'hacia arriba'). Ambas forman parte del sistema de referencias del discurso, a veces con valor retórico. 

Explicaciones al margen, puede ser disculpable no saber qué es una catáfora. Pero la «catáfora», en los tiempos que vivimos, no es sino la «metáfora» de lo mucho que el sistema educativo español permite ignorar en relación con las lenguas clásicas. (Metáfora: otra palabra de origen griego; meta 'cambio'). Estudiantes de Medicina lo comprobarán con el griego al llegar ahora a la Facultad, estudiantes de Derecho con el latín, por no hablar de los estudiantes de Filologías y de Lingüística. 

Ignorar qué es una catáfora no es cuestión tan baladí. 

4 de abril de 2015

'Ben-Hur', el clásico de Semana Santa

TODOS o casi todos los años por Semana Santa ponen en televisión el Ben-Hur que dirigiera William Wyler en 1959. Esta vez no será menos, con la particularidad de que su emisión televisiva coincidirá con el reestreno (4 y 5 de abril) en dieciséis cines españoles de una versión remasterizada.

Ben-Hur, el clásico por excelencia —junto con el Espartaco de Stanley Kubrick (1960)— de estas fechas, es un drama histórico bíblico. La industria y crítica norteamericanas lo encuadran en un género llamado 'épico', dando a esta palabra el sentido secundario de «grandioso»; esto es, película de gran presupuesto, espectacular, dotada de un argumento apasionante y una duración extraordinaria. (Así, también serían «épicas» Lo que el viento se llevóLawrence de Arabia o Titanic, sin que nada tengan que ver con la épica primitiva). 

También se le ha podido aplicar a Ben-Hur la etiqueta de 'peplum', por su localización en la Antigüedad clásica. (Un péplum de lujo en todo caso, pues los péplums originarios, nacidos en Italia a finales de los años cincuenta, eran de bajo presupuesto). Y por añadidura se le pueden yuxtaponer los calificativos de cine histórico y cine bíblico. 

La película está basada en la novela Ben-Hur. A Tale of the Christ, del general Lewis Wallace (1827-1905), publicada en 1880, que tuvo un enorme éxito de ventas y fue llevada al teatro —hizo giras por Europa y Australia— y al cine en una versión muda y en b&n (Fred Niblo, 1925), producida por la Metro Goldwyn Mayer. 

La versión de Wyler surgió para salvar de una crisis económica al estudio MGM. La pujanza de la televisión a finales de los años cincuenta amenazaba la industria del cine en EE UU, y una forma de combatirla era incorporar a la gran pantalla lo que no podía tener la pequeña: la Panavisión y el Technicolor y la mayor espectacularidad posible. Ben-Hur requirió seis años de preparación, se rodó en Italia a lo largo de diez meses y costó 40 millones de dólares, con lo que se convirtió en una de las películas más caras de todos los tiempos.

El argumento, extraído de Filmaffinity, es el siguiente:
Antigua Roma, bajo el reinado de los emperadores Augusto y Tiberio (s. I d.C.). Judá Ben-Hur (Charlton Heston), hijo de una familia noble de Jerusalén, y Mesala (Stephen Boyd), tribuno romano que dirige los ejércitos de ocupación, son dos antiguos amigos, pero un accidente involuntario los convierte en enemigos irreconciliables: Ben-Hur es acusado de atentar contra la vida del nuevo gobernador romano, y Mesala lo encarcela a él y a su familia. Mientras Ben-Hur es trasladado a galeras para cumplir su condena, un hombre llamado Jesús de Nazaret se apiada de él y le da de beber. Después de salvarle la vida al comandante de la nave (Jack Hawkins), recupera la libertad. Más tarde, conocerá a un jeque árabe (Hugh Griffith) que participa con sus magníficos caballos en las carreras de cuadrigas.


Con una duración cercana a las tres horas y media, Ben-Hur es el espectáculo cinematográfico por excelencia. Estos días es buen momento de revisar este clásico y sus dos secuencias más famosas, el hundimiento de las galeras y la carrera de cuadrigas en el circo. 

Ben-Hur (1959)  

22 de marzo de 2015

Ecos clásicos en 'Blade Runner'

EL 18 de marzo se ha vuelto a proyectar en 35 cines españoles Blade Runner, película de ciencia-ficción realizada en el lejano 1982 por Ridley Scott, que a lo largo del tiempo ha ido mereciendo los calificativos de película de culto, mítica, clásica, precursora, visionaria, obra maestra del género, icono cultural…


Blade Runner apenas recibe influencia de la cultura grecolatina, lo que ya es un mérito, pues es difícil escapar de los más importantes argumentos universales de la literatura, que son gran parte de ellos de origen clásico; así, temas como 'la búsqueda del tesoro', 'el retorno al hogar', 'la venganza', 'la creación de la vida' y tantos otros, encarnados en los héroes Jasón, Ulises, Orestes y Prometeo.

Pero hay algo en ella que, sin duda de forma involuntaria, recibe remotos ecos de la mitología clásica. 

En primer lugar, sucede con Blade Runner lo mismo que con los mitos griegos: que tiene varias versiones, al menos dos importantes (la versión del productor y la del director). Esto es anecdótico si se quiere, pero ahí está.


En Blade Runner, como es sabido, hay unos seres androides llamados replicantes: Leon, Batty, Zhora, Pris, Rachael; quizás el propio Deckard. Son prácticamente humanos, salvo que carecen de pasado, recuerdos y emociones. Su diseñador, su creador, es la Tyrell Corporation. En esta idea no existe influencia directa del mito clásico, si bien Tyrell recuerda la creación de los seres humanos por parte del titán Prometeo. 

No hay referencias explícitas, sino continuaciones o variaciones del mito. Por ejemplo: los replicantes son vida artificial, y vida artificial aparece en la Ilíada de Homero. Tetis acude a Hefesto para pedirle que fabrique una armadura especial para su hijo Aquiles y en su visita encuentra al dios artífice rodeado de unas doncellas de oro: «Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas de oro, semejantes a vivientes doncellas. En sus mientes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses», dice Homero (XVIII 417-20).


Parecen autómatas creadas por Hefesto, igual que los muñecos que el diseñador genético con síndrome de Matusalén J. F. Sebastian ha fabricado y tiene en su apartamento como única compañía.

Autómata era Talos, un gigante de bronce que había sido creado también por Hefesto (según una versión; por Dédalo, según otra). EApolonio de Rodas (Argon. IV 1636 y ss.) vigilaba y protegía la isla de Creta.

Otro ejemplo, memorable gracias a Ovidio (Met. X 243 y ss.), de vida artificial lo tenemos en la escultura de mujer esculpida por el rey de Chipre Pigmalión. Enamorado de su propia obra, suplicó para sí una esposa como ella, petición que Afrodita le concedió insuflando vida al bello marfil. 

Vida artificial, humana, creada por Prometeo, Hefesto o Afrodita, del mismo modo que Tyrell creó casi humanos a los replicantes. Esto es lo que se atisba de cultura clásica en Blade Runner, película de culto, mítica, clásica, etc.

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En la novela de Philip K. Dick en que se basa Blade Runner (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de 1968) hay un «veterinario» de animales eléctricos, Hannibal Sloat, que solía decir la frase Mors certa, vita incerta (cap. 2). Su empleado, John Isidore, se la ha oído muchas veces, pero apenas intuye su significado; lógico –piensa–, pues si un cabeza de chorlito como él pudiera aprender latín dejaría de ser un cabeza de chorlito.