1 de agosto de 2012

Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad

SEAMOS oportunistas y recordemos a la masa insciente o esquiva de la cultura clásica que los Juegos Olímpicos nacieron en la Antigua Grecia en 776 a. C. Se celebraban cada cuatro años (período de tiempo denominado 'olimpiada') en pleno verano, en Olimpia, ciudad de la Élide, región situada al NO del Peloponeso, y en otros lugares de la geografía griega. 

Tenían carácter panhelénico (es decir, participaban todos los Estados de Grecia) y un trasfondo religioso. En Olimpia había un santuario con templos dedicados a Zeus y Hera, gimnasio, palestra, estadio (que recibe el nombre de la prueba que en él se celebraba) y otros edificios, cuyos restos se visitan hoy día en el recinto arqueológico de Olimpia. A Olimpia peregrinaban los representantes de todas las ciudades griegas amparados por una tregua sagrada, y llevaban tesoros a los dioses. Los Juegos no eran sólo atléticos, sino también poéticos y musicales. 

En principio sólo se corría el stadion (carrera de 192 metros: velocidad). Con el tiempo se incorporaron el diaulos (2 estadios: media distancia), el dolichos (24 estadios: larga distancia) y el pentathlon (cinco pruebas eliminatorias: estadio, salto de longitud, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina y lucha). Disciplinas de combate fueron la lucha, convertida en disciplina independiente, el pugilato (boxeo) y el pancracio (suma de las dos anteriores y, por lo tanto, la más brutal). También se practicaron carreras con armas y carreras de cuadrigas y de caballos. El certamen pasó a durar cinco días en lugar de uno.


Participaban en los Juegos los hombres libres, ninguna mujer; aficionados, no profesionales; desnudos. Un jurado vigilaba y castigaba severamente las infracciones. No pensaban en batir récords; sólo en vencer, imbuidos por el espíritu competitivo que se llama agonal, esencial de la mentalidad griega, que les llevaba a luchar en todas las facetas de la vida: en concursos de teatro, en los tribunales de justicia, en la guerra.

Los vencedores recibían como premio una corona de olivo (o de laurel, o de apio, según el lugar), un banquete, una estatua, lujos y honores de por vida. Pero, sobre todo, la gloria de ser ensalzados por poetas como Píndaro (siglos VI/V a. C.), que engrandeció en sus epinicios (odas triunfales) a muchos campeones. La victoria carecía de valor si no la cantaba un poeta. La poesía, mucho más que la escultura, deparaba la inmortalidad al vencedor (Nemea V 1-6):
<< No soy escultor como para modelar estatuas que se alcen en su pedestal para quedar inmóviles. ¡Ponte pues en camino a bordo de un mercante cualquiera o en un barco de vela, dulce canto, desde Egina, para proclamar que el hijo de Lampón, el prepotente Piteas, ganó la corona del pancracio en los juegos de Nemea, cuando no se mostraba aún en su barbilla esa sazón que cría la tierna pelusa de la uva! >> 

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