Rusia ordena arrestar a Kaspárov. Kaspárov rechaza legitimar a un campeón del mundo (Gukesh) que no es el número uno del mundo. Carlsen (el número uno del mundo) acusa a Niemann de hacer trampas sobre el tablero. Niemann cuando gana solo comenta «el ajedrez habla por sí mismo». Nepómniashchi colapsa al ser vencido por Ding Liren en el campeonato del mundo; Nepo, un día comparte trofeo con Carlsen, otro se burla de Giri. Giri ofrece tablas a Carlsen en la cuarta jugada. Rapport se enfada si comparan su físico con el de Kurt Cobain. Nakamura deja de ganar dinero lejos de su pantalla de youtuber. Ding Liren está en crisis de juego tras perder su título contra Gukesh. Krámnik acosa a presuntos tramposos on-line y se dedica a mostrar estadísticas. Naroditsky es hallado muerto en su casa. Solo el primer aserto de este párrafo es reciente, no así el lema en latín de la FIDE, Gens una sumus, que desde su primer presidente, Alexander Rueb, bajo el icono del globo terráqueo y la figura de un caballo, une a todos estos nombres ilustres del ajedrez de distintas nacionalidades (rusa, india, noruega, estadounidense, neerlandesa, húngara, china...) en una sola nación: la nación del ajedrez.
Desde hace décadas, el mundillo del ajedrez poco se parece a aquel, podríamos llamarlo romántico, de Bobby Fischer y «el mago de Riga», Mijaíl Tal, quien entre las volutas del humo del tabaco maquinaba el sacrificio de piezas en aras de la belleza del juego. Pues sin duda en el ajedrez hay belleza, no solo en las propias piezas, sino también en las bellas combinaciones, los sacrificios y las redes de mate.
Hoy, los ajedrecistas de élite no se forman en los libros, descifrando las páginas y moviendo las piezas staunton sobre un tablero físico o, en equipo, sobre uno de pared, sino en los módulos, que calculan y ofrecen millones de variantes en un instante (de ahí la promoción actual del Fischer Random que inventara Bobby Fischer para, al barajarse las piezas de la primera fila, desactivar los primeros 20-25 movimientos memorizados de las aperturas). Es un mundo nuevo en el que un jugador se hace llamar Rey Enigma y oculto tras un disfraz de escaques desafía a quien sea en los parques de las ciudades, un niño prodigio de doce años derrota a los maestros más sesudos, un comentarista radia las partidas relámpago con la misma emoción y riesgo que un partido de fútbol, y los streamers ganan en un mes lo que un campeón clásico en un año.
Son una reliquia los relojes analógicos en su caja de doble esfera con la manecilla roja amenazando el final de la partida. Los grandes maestros no se presentan a los torneos oficiales en traje y corbata, la vestimenta antaño apropiada para el pensamiento de altos vuelos; como jóvenes que son, hoy llevan elegantes sudaderas con capucha o vaqueros de marca, como Magnus Carlsen, que el año pasado por estas fechas decidió abandonar el campeonato del mundo de rápidas al no permitírsele usar esa prenda prohibida por el reglamento.
Entonces alguien ingenioso retocó el viejo logo de la FIDE escribiendo Jeans una sumus y los 200 dólares de la multa. Fue un gesto oportuno, sin duda, llamando a la actualización de las normas, y en el hecho de sustituir la gens ancestral por los problemáticos jeans puso de manifiesto la nueva comunidad ajedrecística, unida ahora por el estilo vaquero. Fue también «gracioso», pero como el corazón que el turista graba en un sillar del Coliseo o la mancha de spray que el grafitero deja en el muro de una catedral, por no pensar que, como el trigo del poema de Ezra Pound, el latín es sagrado. Molesto se podía haber sentido Alexander Rueb de haber visto su divisa convertida en un meme de internet...
Este mismo año, con chinos o con vaqueros, Magnus ha vuelto a ganar el campeonato del mundo de rápidas y blitz en Doha, en un increible ejercicio de resiliencia después de caérsele la Dama al suelo, dar un puñetazo de rabia sobre la mesa, además de un empujón a un cámara, y de perder una partida contra Martirosyán porque se llevó por delante varias piezas a solo cuatro segundos del final. Si Carlsen son los jeans, Martirosyán y Abdusattórov en la imagen inferior son la gens: uno armenio, otro uzbeko (a la postre plata en la modalidad relámpago), ambos riéndose relajados tras haber llegado a tablas en una de las partidas del torneo. Por encima de fronteras y rivalidades, reflejan a la perfección el zaherido lema de la FIDE.


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